Aportes desde la fe a los desafíos del G20

Por: Revista Criterio

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A fines de septiembre se realizó en Buenos Aires el Foro Interreligioso G20 de 2018, cuyo lema fue “Construyendo consenso para un desarrollo equitativo y sostenible: la contribución de las religiones para un futuro digno”. El objetivo fue reflexionar cómo pueden contribuir las perspectivas de fe a la Cumbre del G20 en nuestro país (que abordamos en un artículo publicado en esta misma edición) y, en el largo plazo, al logro de los objetivos propuestos por la Agenda para el Desarrollo Sostenible 2030.

Los organizadores locales del Foro Interreligioso fueron el Consejo Argentino para la Libertad Religiosa (CALIR), la Comisión Nacional Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal Argentina, CREAS y PIDESONE, junto con instituciones internacionales.

Fue abierto por la vicepresidenta de la Nación, Gabriela Michetti, y participaron varios ministros, lo que significó un salto de relevancia con relación a ediciones anteriores. Las valiosas contribuciones y propuestas que se expusieron durante la Conferencia están siendo ahora ordenadas para ser entregadas a los gobiernos.

Mientras tanto, al término de las deliberaciones, una declaración final sintetizó parte de lo conversado, y como gesto significativo fue leída por representantes de distintas confesiones religiosas. Allí se destacó el valor no sólo del diálogo sino del trabajo conjunto entre las comunidades religiosas y su aporte específico para mejorar la calidad de vida de personas y poblaciones; la necesidad de garantizar la libertad religiosa; la preocupación por los efectos del cambio climático y el modo en que afecta a los más vulnerables; y el compromiso compartido en el cuidado de la casa común a partir de una mirada integral que abarque lo ambiental, lo social, lo económico y lo cultural. Al hacer referencia a la necesidad de atender a los valores éticos también se señaló la administración financiera de las propias comunidades religiosas, así como el compromiso compartido en la defensa de los derechos humanos y en la lucha contra las brechas escandalosas de desigualdad que comprometen el futuro de la humanidad.

En este Foro, prestigiado por figuras como el anterior arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, y el cardenal peruano Pedro Barreto, pudo comprobarse que el papa Francisco, criticado acá por razones de política doméstica, es respetado y admirado más allá de las fronteras religiosas por su apertura a las relaciones interconfesionales, ya desde su ministerio en Buenos Aires y mucho más al tomar dimensión mundial gestos como el abrazo católico-judío-musulmán ante el Muro de los Lamentos. Su encíclica Laudato Sì sobre el cuidado de la casa común es unánimemente aceptada como una hoja de ruta valiosa, y fue permanentemente citada en las sesiones del G20 Interfaith Forum.

Francisco dirigió a la asamblea reunida en Buenos Aires un saludo que trascendió lo formal: fue una invitación apremiante al diálogo interreligioso, al trabajo en común, a la valoración del otro y a que las religiones se comprometan seriamente en el cuidado de la creación y de los más vulnerables.

Al ser consultado por la forma en que las religiones pueden contribuir a superar estos desafíos, Francisco destacó al menos dos aportes: en primer lugar, la capacidad de mostrar la fecundidad del diálogo constructivo para encontrar, juntos, las mejores soluciones a los problemas que afectan a todos; en segundo lugar, la capacidad de ofrecer una manera nueva de mirar a los hombres y la realidad, ya no con afán manipulador y dominante, sino con respeto de su propia naturaleza y de su vocación.

En un mundo en el que los conflictos identitarios lejos de ceder, parecen reafirmarse, el Papa invita a un diálogo “que significa (…) estar dispuestos a salir al encuentro del otro, a comprender sus razones, a ser capaces de tejer relaciones humanas respetuosas, con el convencimiento claro y firme de que escuchar al que piensa de modo diferente es ante todo una ocasión de enriquecimiento mutuo y de crecimiento en la fraternidad. Porque no es posible construir una casa común dejando de lado a las personas que piensan distinto, o aquello que consideran importante y que pertenece a su más profunda identidad”.

En efecto, la Argentina pudo testimoniar la fortaleza y profundidad de las relaciones ecuménicas e interreligiosas, que a nosotros nos resultan naturales, pero que llaman poderosamente la atención a los visitantes extranjeros. Es un tesoro que debemos cuidar y cultivar, un campo en el que podemos decir que somos ejemplares para el mundo, como se manifestó en el Foro.

En los últimos cincuenta años las confesiones religiosas en nuestro país, superando suspicacias e incomprensiones, avanzaron en el camino del ecumenismo, en la relación con el judaísmo, y luego con el Islam y otras expresiones de fe. La Argentina asumió la necesidad de ser una sociedad pluralista, con diferencias pero exenta de rivalidades y confrontaciones religiosas. Más allá de las fronteras confesionales, en muchos católicos caló hondo el compromiso irreversible del Concilio Vaticano II así como la enseñanza y acción de los sucesivos papas con el diálogo ecuménico, con el judaísmo e interreligioso en general.
En síntesis, a partir de la fe de cada cual, se hizo posible el testimonio común ante todo de la dimensión trascendente del hombre, el trabajo por la paz, la afirmación de los derechos humanos y de la libertad religiosa en particular, el afianzamiento del sistema democrático y el servicio a los más necesitados. Por parte del Estado, con inevitables matices, puede constatarse el apoyo y promoción de la convivencia interreligiosa con carácter de algo que no abunda entre nosotros, una política pública.

* Consejo de redacción

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