Argentinos, a las grietas

Por: Revista Criterio

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Por Virginia Bonard

Vivimos en una Argentina que desde hace muchos años se debate entre grieta y grieta, antinomias coyunturales y estructurales, muchas veces mezquinas, que nos ocupan en pequeñas cosas y que como sociedad nos mantienen entretenidos y ocupados, mientras que lo que verdaderamente importa e influye con determinación en nuestras vidas pasa en otros ámbitos, tiene otros actores y hace resonar argumentaciones bien distintas.


La Argentina violenta de las décadas del ‘60 y el ‘70 aún nos divide, provoca desacuerdos, despierta voces agrias, hace caminar en filas tabicadas a compatriotas que idealizaron tan opuestos proyectos de país. Pareciera que un recorrido de análisis común, maduro y simultáneo, no fuera posible. La Iglesia argentina no es ajena a este planteo; es más: en ella hubo militantes de distintos signos, con y sin armas, en las cúpulas y en el llano, religiosos y laicos, con y sin poder real, que formaron parte de ambos dicotómicos proyectos de país. Qué difícil es abordar esta porción de nuestra historia sin colisionar, sin profundizar heridas, sin evocar los miedos, el dolor, las incertidumbres y las ausencias.

Sin embargo, en la última Asamblea Plenaria del episcopado (2 al 6 mayo de este año) el tema fue propuesto desde un ángulo renovador, que impulsó dinámicas dialogales entre los obispos a partir de la escucha de testimonios concretos de familiares de víctimas de los citados terrorismos. Con ese objetivo y sólo ese, Graciela Fernández Meijide, Cristina Cacabelos y Daniel D’Amico le pusieron voz a sus tan traumáticas historias. Se buscó desatar reflexiones entre el casi centenar de purpurados presentes, dar y recibir experiencias (recordemos que varios obispos perdieron familiares y amigos en aquella época), incorporar al tema –a través de vivencias palpables– a los jóvenes obispos, quienes, por una cuestión de edad, estaban bien lejos de comprender aquella pintura que retrata parte de un pueblo en armas y la represión ilegal.

Esta instancia de intercambio que sucedió el miércoles 3 de mayo en la casa de retiros El Cenáculo-La Montonera (casi una ironía pero se trata simplemente de una cuestión de denominaciones de otro tiempo de una Argentina en ciernes), ubicada en la localidad bonaerense de Pilar, levantó polvaredas varias en emblemáticos referentes de organismos de Derechos Humanos.

Vale aclarar que el mismo 3 de mayo, los argentinos fuimos sorprendidos con una noticia que atravesó como elefante en un bazar el tema de esta nota; así lo contaba Ámbito Financiero: “Por decisión de la mayoría de sus integrantes, la Corte Suprema de Justicia de la Nación declaró aplicable el cómputo del 2×1 para delitos de lesa humanidad. De esta manera, la ley 24.390 (conocida como 2×1), que estuvo vigente entre los años 1994 y 2001, y reduce el cómputo de la prisión, será aplicada a la categoría de crímenes cometidos en contra de la humanidad”.

Es decir: mientras que el episcopado estaba tratando de generar un espacio de escucha y diálogo que, sin plazos ni exigencias, fuera abonando una tierra de mayor comprensión ad intra, el fallo en torno al 2×1 de la Corte Suprema entró en la escena mediática propiciando especulaciones de tenores diversos.

Estela de Carlotto, Nora Cortiñas y Adolfo Pérez Esquivel, entre otros, elevaron su opinión en contra de ese supuesto pedido de reconciliación de la Iglesia (así trascendió en los medios), atado a la citada decisión del máximo tribunal, que confluyeron en tiempo y espacio tan sólo porque, como dirían las viejas, el diablo metió la cola.

“Con todo respeto, salió publicado en todos los grandes medios… pareciera que ‘alguien’ de ustedes explicó mal intencionalmente o en forma involuntaria, pero es raro que todos los grandes medios hayan interpretado mal el sentido de este diálogo interno que ustedes dicen estar teniendo. Y llama la atención la coincidencia en el tiempo. Visto desde afuera pareciera que la Iglesia sabía algo de lo que iba a hacer la Corte, se adelantó en el tiempo y fueron en la misma línea. Por ahí me equivoco…”, le comentaba el periodista Adrián Ventura a Jorge Lozano al aire en el programa radial de Magdalena Ruiz Guiñazú, el sábado 6 de mayo. “Nosotros no sabíamos de este fallo de la Corte, ni siquiera que se estaba estudiando el tema, así que para mí ha sido una infeliz coincidencia. Y lo otro será un error de comunicación que tendremos que revisar nosotros para ver qué es lo que hemos dicho mal o en forma ambigua y no se entendió bien”, respondió Lozano.

Además, la cuestión semántica jugó un rol casi al modo de un flash back: la palabra “reconciliación” se analizó de tal manera en los medios de comunicación que remitió directamente a aquellas expresiones eclesiales de otros tiempos que tendían a resolver con el perdón graves cuestiones que primero debían pasar por la justicia. Porque en la Argentina –esto ya es una verdad irrefutable– hubo desapariciones y torturas, apropiación de bebés y alteraciones de la identidad, clandestinidad y violencia de aquí y allá. En otros términos: delitos de lesa humanidad. Muy claramente al respecto se refirieron Oscar Ojea, obispo de San Isidro y presidente de Cáritas Nacional, y el ya citado Jorge Lozano, arzobispo coadjutor de San Juan y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social. “Los obispos, llamados a vivir la cultura del encuentro, iniciamos un proceso al interno de la Iglesia, es decir, hacia nosotros mismos, para poder examinarnos. (…) Ha habido un profundo malentendido; la decisión nuestra ha sido simplemente escuchar y hacer un examen de conciencia de nosotros, los obispos, no de intervenir en ninguna propuesta. (…) Ha sido una necesidad nuestra de escuchar, no hemos querido poner en una mesa a personas para que entre ellas dialogaran, sino que nosotros hemos querido escuchar a cada una, recibir su testimonio y trabajar nosotros a partir de eso”, dijo Ojea en declaraciones radiales y televisivas.

En tanto que Lozano se expresó desde las pantallas de C5N y TN, y en casi una decena de radios: “Nosotros no estamos buscando, a partir de la palabra ‘reconciliación’, dar lugar al olvido o dar marcha o vuelta de página; buscamos que quienes tengan datos de bebés apropiados y lugares clandestinos de sepultura los den a conocer. En noviembre del 2012 elaboramos una declaración en ese sentido (1). Lo que sí hemos hecho es invitar a aquellos que han sufrido la violencia en la década del ’70 y ayer escuchamos tres testimonios; a partir de allí conversamos entre nosotros acerca de cómo hemos vivido cada uno aquel período. (…) Lejos de nosotros está pensar en indultos, amnistías y cerrar los juicios por la verdad, ni tampoco convocar a una mesa de diálogo en la cual puedan sentarse represores y víctimas. (…) Yo no leí los fundamentos del llamado 2×1, sé que ha sido un fallo dividido y bastante reñido y cuestionado. Hay dos principios que parecen estar en conflicto: uno el que tiene que ver con la igualdad ante la ley, y el otro, el estatuto jurídico de los crímenes de lesa humanidad que, según algunos juristas que han opinado por estas horas, no deberían ser alcanzados por este beneficio. El esclarecimiento de la verdad no tiene que ver necesariamente con esta conmutación de penas”.

Una canción dice con simples palabras: “Debes amar el tiempo de los intentos / Debes amar la hora que nunca brilla / Sólo el amor alumbra lo que perdura / Sólo el amor convierte en milagro el barro”. El tiempo dirá si estos intentos que buscan conocer(nos) para comprender(nos) llegarán a puerto con buenos vientos, navegando en nuestra Argentina agrietada y en búsqueda de aquellos otros con los que compartimos identidad como pueblo y destino como país.

* Virginia Bonard es periodista, autora de La Virgen de San Nicolás y Nuestra fe es revolucionaria. Jorge Mario Bergoglio. Papa Francisco (ambos de Grupo Editorial Planeta).

NOTA

1. Se refiere al documento “La fe en Jesucristo nos mueve a la verdad, la justicia y la paz”.
http://www.episcopado.org/portal/component/k2/item/732-carta-al-pueblo-de-dios-la-fe-en-jesucristo-nos-mueve-a-la-verdad,-la-justicia-y-la-paz.html

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