Miércoles 24.05.2017

“Creyó” (Jn 20, 1-18). La virtud teologal de la fe

Por: Revista Criterio

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Este bellísimo texto de Juan que la liturgia proclama con inmensa alegría la mañana del domingo de Pascua nos brinda la ocasión de ahondar en la teología de la fe.

Nocturno

La acción comienza, apropiadamente, cuando aún hay tinieblas. Esta situación de oscuridad es apropiada por varias razones. En primer lugar porque las tinieblas, en el contexto juánico, dicen sobre todo referencia al mal (13,30)1y desde el punto de vista de los hechos ocurridos el viernes (santo) ha triunfado el mal sobre el bien. Al mismo tiempo, la situación de tinieblas se aplica para describir la situación del no creyente. En efecto, la Luz ha venido al mundo para que nadie que crea en Él permanezca en tinieblas (12,46). Y por último en este contexto de muerte, donde se pone a prueba la fe de los discípulos, la oscuridad nos dice semejanza con una de las notas características de la virtud teologal de la fe: su nocturnidad, la fe como “hábito cierto y oscuro” (Juan de la Cruz S 2,3).

Andante ma non troppo

En esta oscuridad, María Magdalena “va” al sepulcro. Este “ir” en tiempo presente (ἔρχεται) pertenece a nuestra condición de homo viator, de peregrinos haciendo experiencia cristiana, y muchas veces, como en este caso, la experiencia es tan oscura que parece que no hay ninguna luz y que no es posible la fe. María Magdalena no “cree” aún en Jesús ya que, si no, no iría a buscarlo “entre los muertos” pero, al menos ha salido de sí, “va” hacia Cristo. El dolor no ha apagado en ella el deseo; por el contrario la Cruz (19,25)2 ya está comenzando a ejercer su atracción (12,32)3.

Al llegar ve la piedra corrida. Hay aquí un primer “signo” –la tumba vacía– que invita a pensar. Cuando Santo Tomás trata sobre la virtud de la fe, afirma que es “pensar con asentimiento” (cum assensione cogitare) (II-II q2.a.1), lo cual como veremos implica tanto el entendimiento como la voluntad. Pero el creer es inmediatamente acto del entendimiento, pues su objeto es la verdad, acto propio de aquél (q.4 a.2), es decir que propiamente es una operación del intelecto que busca la verdad. En esta instancia, María Magdalena piensa (reflexiona sobre el signo) y llega a una conclusión: “alguien” se llevó el cadáver del Maestro. Esto no desentona con la tradición sinóptica que es unánime en destacar la dificultad de comprender la resurrección. La pregunta para hacernos es si al ver este signo María Magdalena podría haber “creído”, si podría haber realizado un acto de fe. Preferimos dejar la respuesta para el final.

Presto

María corre a avisar a Simón Pedro y al discípulo amado. Ellos también corren y llegan hasta la tumba. Este correr para comprobar que la tumba está vacía es también común a la tradición sinóptica. Indica –nos parece– asombro, incomprensión, perplejidad, ¿esperanza?

Largo

Los dos discípulos, Pedro y el “amado del Señor”, entran al sepulcro. Ambos contemplan el mismo signo: lienzos, sudario, vendas, todo prolijamente colocado en su lugar. La acción se detiene y hay un pensar, un cogitare de los dos. Según Santo Tomás, pensar es precisamente el movimiento del que delibera cuando todavía no ha llegado a la perfección por la visión plena de la verdad (q.2 a.1). Luego de este pensar, el discípulo amado “vio y creyó” pues –sigue diciendo el texto– “hasta entonces [ellos] no habían comprendido que según la Escritura, Jesús debía resucitar de entre los muertos” ¿Creyó porque comprendió o comprendió porque creyó? Aquí interviene el cum assensu. En la ciencia, el asentimiento se da posteriormente al cogitare, en cambio en la fe se dan simultáneamente. Y ello ocurre porque “el entendimiento del que cree está determinado hacia una cosa no por la razón sino por la voluntad. Por eso, el asentimiento se considera aquí como acto del entendimiento determinado hacia una parte de la voluntad” (II-II q.2 a.1 ad 3). El discípulo amado hace –con libertad– un juicio de credibilidad. La libertad viene expresada en que los otros dos testigos, ante el mismo signo, no creen. No hay evidencia en el objeto, ni tampoco relación insoslayable entre escritura y tumba vacía. El discípulo amado ve algo que los otros no ven, lo ve con otra luz, con otra profundidad: cree que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios (20,31)4. Se pueden ensayar explicaciones, todas a la sombra de la cruz. La primera es que, respecto a Pedro, el discípulo amado estuvo más cercano a la cruz (19,26), por lo cual ella ejerce su atracción (12,46) con más fuerza. Es, de algún modo, un círculo virtuoso: porque fue amado estuvo junto a la cruz, al estar junto a la cruz está más atraído por ella y por lo tanto ama más. Y como ama, cree. Hay más gracia, más participación en la vida divina. Que por otro lado es el propósito de la fe: creer para tener vida [eterna] (20,31). Al mismo tiempo, este pensar la cruz es una de las antinomias de la fe: en esta tremenda oscuridad se revela el Amor como supremamente creíble y, supremamente atractivo. Aquí, estalla el lenguaje porque es una experiencia profunda del exceso de Dios. Y sobre el exceso mejor es callar. Por ello, el discípulo amado no dice nada: regresa a su casa en silencio (20,10).

Allegro

¿Y María Magdalena? Como reflexión de esta parte del texto cuyo denso misterio tantos artistas han intentado penetrar, quisiera señalar dos categorías bíblicas que iluminan la reflexión antropológica sobre la fe. Ellas son la de encuentro y la de transformación. En la Biblia, Dios sale al encuentro del hombre: Abraham, Moisés, Agar, Samuel, Isaías, Amós son sólo algunos ejemplos del Antiguo Testamento. En el Nuevo Testamento tenemos a María, José, Leví, la Samaritana, etcétera. A estos varones y mujeres Dios los llama por su nombre, y ellos, al responder, quedan transformados.

En esta instancia Jesús sale al encuentro de María Magdalena. Ella le hace preguntas que él no contesta. Simplemente, el Buen Pastor la llama por su nombre y María reconoce su voz. El noli me tangere es una invitación a cambiar su situación de oyente de la Palabra por otra de anunciante de nuestra –ahora– condición de hijos: “Diles: subo a mi Padre y vuestro Padre”. Y dice el texto griego en una bellísima inclusio que muestra la transformación que va del principio al fin: María Magdalena va (ἔρχεται) y anuncia (ἀγγέλλουσα): “¡He visto al Señor!”.

Coda: La fe como experiencia del Dios que es Amor

El pasaje nos muestra tres testigos: María Magdalena, Pedro y el discípulo amado. Cada uno de ellos haciendo una experiencia de Cristo que es única y personal ya que Él sale al encuentro de cada uno de ellos en su particular situación, revelándoles su amor. Y, a su debido tiempo y modo, cada uno dirá su creo como respuesta esperanzada al Amor que encontraron, ya que sólo el amor es digno de fe.

NOTAS

1 Todas las citas son del evangelio según San Juan. “Y en seguida, después de recibir el bocado, Judas salió. Ya era de noche”.

2 “Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena” (Jn 19,25).

3 “y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,46).

4 “Estos [signos] han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre”.

Autor: Luisa Zorraquin

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