La crisis de la Iglesia. Fracaso u oportunidad

Por: Felipe Medina

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Años atrás viajábamos con un grupo de jóvenes de barrios humildes que se preparaban para misioneros, y mientras atravesábamos un gran bulevar, el rostro de uno de ellos palideció, y el resto comenzó a reír con burla. En una esquina de la popular avenida, debajo de unos árboles estaba parada su mamá un tanto ligera de ropa. Juan –para ponerle un nombre al muchacho-, comenzó a llorar. Había quedado en evidencia un rostro  que se mantenía como secreto de familia.

Mi reacción fue rápida, en ese momento; detener la burla y permitir que Juan se expresara. Quien era él para juzgar a su madre, que con sus ganancias lo puso en el mejor colegio del pueblo junto a sus otros hermanos, tratando de que sus hijos pudieran superar la difícil situación de ser una mujer abandonada.

Cuando salen a la luz muchos pecados y delitos que estaban ocultos en la iglesia, cuando se siente la burla y el ensañamiento del mal, cuando se siente el escándalo farisaico de muchos hermanos en la fe y se percibe la debilidad de los creyentes que comienzan a abandonar a Dios y a su iglesia, entiendo el dolor de Juan. Es motivo de una gran tristeza y preocupación. Pero es un momento de gran esperanza, ya que Dios se manifiesta, a veces completo de ternura, otras con la furia de los celos y del amor por su obra, siempre para mostrarnos un camino de conversión.

Durante el Concilio Vaticano II se acuñó es frase que repetimos hasta el cansancio y que nos cuesta entender, “la iglesia es santa y prostituta a la vez”. Una verdadera paradoja, la misma paradoja con la que se mueve el hombre en el mundo. Un día pide a gritos ser levantado del abismo y cuando está en la cumbre, se deja seducir y pide regresar a  las profundidades.

La crisis que atraviesa la iglesia en nuestro país no empaña su misión ni la labor de muchos miembros de la iglesia, que sin pertenecer al clero, como simples laicos o religiosos y religiosas, siguen construyendo el reino sirviendo a los pobres de la Patria. La iglesia avanza en su labor entre luces y sombras, y lo mejor es que las sombras se puedan iluminar. Y si hay delitos que sean juzgados donde corresponde. Y si alguien ha pecado, Dios no se cansa de perdonar. Pero el delito no es un simple pecado que se diluye con los sacramentos. Todo pecado tiene culpa y pena o penitencia, Dios perdona la culpa y el hombre debe reparar o pagar el daño.

No es un tiempo de oscuridad, es un tiempo de luz que ha despertado una gran preocupación en los pastores de la Conferencia Episcopal. Como si sobreviniese un gran temporal. Se pusieron de manifiesto caras ocultas, que todos, en cierto modo, las tenemos. Pensemos en nuestro país, donde ha quedado en evidencia una gran cadena de corrupción que involucra políticos, empresarios, dirigentes gremiales, deportistas, e incluso, eclesiásticos.

No es la iglesia, la gran meretriz que pretenden algunos burlonamente. Es una crisis general de las instituciones que, en los tiempos de grandes cambios, sucumben y deben reciclarse o morir. Es una verdadera oportunidad de cambio para el país y para la iglesia.

El temporal que comenzó a vivir la iglesia en nuestro país requiere de pilotos adecuados para timonear la barca, y un cambio profundo de mentalidad. Un comité de crisis, que le permita limpiar la casa por dentro y dar batalla en un verdadero campo minado.

Soltarse de las manos de un estado en aquellas cuestiones que no son necesarias como el sueldo otorgado a los obispos por el gobierno dictatorial del general Videla sería un gesto de libertad personal e institucional.
Exigir el sostenimiento de las obras apostólicas, donde la iglesia acompaña la labor social del estado en materia de educación, alimentos, salud, etc., que la misma realiza en la patria, es de verdadera justicia, por razones históricas y porque es un auténtico servicio a la comunidad.

Y pedirle a sus fieles bautizados que asuman su responsabilidad como iglesia es también un llamado a la propia conciencia, y más allá de juzgar y burlarnos de toda la institución, deberíamos –como creyentes-, ponernos frente a Dios, cara a cara, y sin mentiras  reconocer que tenemos un corazón mezquino y un bolsillo bien cerrado a la hora de apoyar las obras de la iglesia. Somos en general, rápidos para conmovernos con el dolor y el sufrimiento, pero lentos para responder desde nuestro compromiso y desde nuestra propia realidad. Somos rápidos para juzgar y condenar, y lentos para mirarnos hacia nuestro propio interior y poder perdonarnos y perdonar.

Bendita crisis que se avecina, tiempos de grandes cambios, y lo que es pecado, Dios lo perdona; lo que es delito debe salir a la luz y ser juzgado donde corresponde. Al final, en cierto modo, todos somos Juan, el hijo de la meretriz.

* El autor es licenciado en Ciencias Religiosas

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