Francisco, el cuarto increíble

Por: Revista Criterio

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Lo increíble no es que el Papa no viaje a la Argentina. Lo increíble es a quiénes escucha el Papa. Ciertamente, la cultura popular es increíble.
“Y he aquí que tenemos ya tres cosas increíbles que, sin embargo, fueron realizadas: es increíble que Cristo resucitase en su cuerpo y que subiera con ese cuerpo al cielo; es increíble que el mundo haya creído una cosa tan increíble; es increíble también que hombres desconocidos, de ínfima calidad, en número tan reducido, hayan podido persuadir tan eficazmente de cosa tan increíble al mundo, incluso a sus sabios. De las trescosas increíbles, estos filósofos con quienes discutimos no quieren admitir la primera; la segunda se ven forzados a verla; y no descubrirán cómo se ha realizado si no creen la tercera” (San Agustín, De Trinitate, Libro XXII, Capítulo IV.)
Francisco, el cuarto increíble, en la Plaza de Armas de Lima describe a los primeros increíbles: “Moisés era tartamudo; Abrahán, un anciano; Jeremías, era muy joven; Zaqueo, un petiso; los discípulos, cuando Jesús les decía que tenían que rezar, se dormían; la Magdalena, una pecadora pública; Pablo, un perseguidor de cristianos; y Pedro, lo negó, después lo hizo Papa, pero lo negó… y así podríamos seguir esa lista”. Increíblemente, el mensaje de Francisco se replica en todo el mundo. A quienes lo consideran un actor político antes que un pastor, les aseguro que he escuchado con mis oídos la música del pueblo, replicada en las palabras de Francisco, y de sus pastores en salida, desde Lima hasta Scottsdale, y desde Boston hasta Sarajevo.
Algunos doctos se escandalizan ante tamaña provocación pontificia, la de encender en el pueblo el gozo y la esperanza evangélica por un mundo más humano. En consecuencia argumentan científicamente contra la sapiencia popular, esa que cree cosas increíbles, como que el Reino de los Cielos es de los que sufren o que para entrar allí hay que vender todo y dárselo a los pobres, porque eso, como dice San Agustín, salió de la boca de “pescadores faltos de toda erudición liberal, incultos en esas artes, imperitos en las letras, sin armas dialécticas, sin recursos retóricos; y así se pescó cantidad inmensa de peces de todas clases, algunos de categoría tannotable como fueron los mismos filósofos”. Puede considerarse, a la ligera, que cuando la verdad es dicha por doctos y poderosos, se difunde; pero cuando es dicha por los pobres, es increíble. Sin embargo, dos mil años de cristianismo, y un Papa del Pueblo, muestran que los insignificantes a la larga son creíbles. Hombres que hablaban un solo idioma fueron creíbles, porque no es cuestión de idioma sino de hablar el lenguaje del pueblo.
Los verdaderos pastores –los que tienen olor a oveja– dicen cosas increíbles, que escuchan de boca del pueblo increíble. Persuaden de cosas increíbles, como, por ejemplo, que la cultura popular es sapiencia, que en ella está la verdad como un ethos mítico-histórico. Pueden acumularse testimonios notables de doctos, sabios y poderosos que han creído el discurso increíble del pueblo, como los teólogos del pueblo, que no parten de principios universales para luego ir y decir, sino de la demanda por necesidades vitales de los que más sufren. Su principio hermenéutico es el de la inculturación, que admite encontrar encarnada, en la práctica cultural de los increíbles, laPalabra de Dios. No obstante, la apología de una pastoral quienes deberían decidir qué es la verdad? Claro que sí, sólo que la verdad hace al teólogo, y no al revés. El teólogo del pueblo no dice qué es la verdad mirando las ideas, sino viendo en el rostro de los que sufren increíblemente, donde se refleja la imagen de Cristo crucificado y resucitado, la única verdad. Pero la verdad no depende, para los doctores de los medios, de qué se juzga, sino de quién juzga. Finalmente, al margen del proyecto moderno tecnocrático y secularista, parecería que todo termina siendo cuestión de fe, y que en las creencias estaría tanto la causa como la solución de toda decisión. Resulta que ahora el teólogo, el encargado deque aquellos que están en falta, porque no tienen nada para contar, ni con palabras, ni con los dedos –ya sean bienes, tierras, apellidos, títulos nobiliarios o universitarios, historias de victorias y tradición familiar–, esos que en muchos casos, enmudecidos por la opresión del trabajo, la falta de espacio público para hablar, de lenguaje refinado, de modales y hasta de virtudes, puedan decir al ilustrado qué es la verdad? Señores, Pilatos ya hizo esa pregunta hace más de 2000 años, y la respuesta fue un hombre sufriente. La irónica pluma de Agustín permite comprender lo que desde Juan Carlos Scannone, pasando por toda la teología latinoamericana de la liberación hasta el papa Francisco, dicen: ciencia y sapiencia son dos cosas distintas, aunque no contradictorias, como algunos pretenden instalar. El catolicismo no critica la modernidad sino el modo obsceno de juzgar –por cuestiones de espacio no puede analizarse aquí el Syllabus de la Encíclica Quanta Cura–. El pobre es lo dicho. Esta allí, de manera increíble. Francisco en el Palacio de la Moneda dijo que es preciso escuchar a los desempleados, a los pueblos originarios, a los migrantes, a los jóvenes, a los ancianos, a los niños. ¿Cómo un Papa que envía a escuchar la verdad de boca de los increíbles puede ser creíble?

Emilce Cuda, 
Doctora en Teología Política, investigadora y profesora universitaria

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