Gaudete et exsultate: el fin de una era

Por: Revista Criterio

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La reciente exhortación apostólica del papa Francisco Gaudete et exsultate (“Alégrense y regocíjense”) sobre el llamado a la santidad en el mundo actual ha recibido una acogida entusiasta entre muchos de sus tempranos lectores. “Su mejor documento”, “me llegó al corazón”, fueron comentarios intercambiados con frecuencia, incluso entre personas que expresaban reservas críticas sobre otros documentos. Esta recepción positiva se refiere sobre todo a aquella parte del documento que, adoptando un lenguaje llano y efectivo, se dirige directamente a cada lector: “No tengas miedo a la santidad” (31).

Una primera tarea es, entonces, preguntarse cuáles son los contenidos que el Papa ha decidido comunicar de esta manera. Pero no es suficiente. Otras partes del documento están escritas en un estilo técnico, con complejas reflexiones sobre el “gnosticismo” y el “neo-pelagianismo”, y eruditas referencias, como sobre el Concilio de Orange, propia de los tratados sobre la teología de la gracia. Es claro entonces que hay otros destinatarios y otras motivaciones que no se pueden pasar por alto. Y, finalmente, debe prestarse atención a lo que no dice el texto, un silencio que no puede ser sino una opción deliberada: en efecto, no se menciona ni una sola vez el documento precedente sobre el tema, que guió la enseñanza de la Iglesia durante los últimos 25 años, y que pretendió en su momento fijar las coordenadas de la santidad cristiana en la Iglesia en forma definitiva: la encíclica de Juan Pablo II Veritatis splendor. ¿Qué significa esta omisión?

Los santos “de la puerta de al lado”

Sin duda Gaudete et exsultate acierta en identificar una poderosa dificultad que experimenta el creyente en relación con la santidad: la idea de que es un fenómeno absolutamente raro y extraordinario. Sin embargo, puede estar presente en la vida y la lucha cotidiana de los hombres y las mujeres más humildes (6-9). Y esta constatación permite entender que todos estamos llamados a la santidad, aunque cada uno a su manera, sea consagrado o laico, no sólo en lo extraordinario sino en lo ordinario de la propia existencia, bajo el impulso de la gracia divina (10-18). Así, la vida del creyente, en la medida en que se configura con Cristo, se revela como una misión, ordenada a la construcción del Reino de Dios (19-25).

Tal como había hecho Amoris laetitia con el texto de 1 Corintios 13 sobre la caridad, el capítulo III de la última exhortación de Francisco presenta un comentario meditativo y personal sobre cada una de las bienaventuranzas de Mateo 5, que “dibujan el rostro del Maestro” y constituyen “el carnet de identidad del cristiano” (63). Se señalan de este modo las actitudes profundas –y profundamente “contracorriente” (65)− que definen el estilo de vida del creyente. Las diversas bienaventuranzas se condensan en Mateo 25 −la parábola del Juicio Final−, en el “gran protocolo” (95) en el cual Jesús retoma y expande la bienaventuranza de la misericordia: “Felices ustedes (…) porque tuve hambre y me dieron de comer…”.

Esta santidad y las actitudes que la concretan, deben revestir hoy una fisonomía especial para responder a grandes desafíos del mundo actual: aguante, paciencia y mansedumbre contra ansiedad nerviosa y violenta; alegría y sentido del humor contra negatividad y tristeza; audacia y fervor contra la acedia cómoda; espíritu comunitario contra individualismo; y oración constante hecha de silencio y contemplación del rostro de Jesús, contra cualquier falsa espiritualidad (112-157).

El documento se cierra (cap. V) con una exhortación al combate espiritual contra el Maligno, y una invitación a desarrollar el hábito del discernimiento, para aprender a distinguir a la luz de la fe lo que procede del Espíritu Santo y lo que es obra del Espíritu del Mal (166-173).

Los “enemigos de la santidad”

Sin embargo, otras partes del documento adoptan un tono diferente, más teológico y combativo. Ante todo critica el “gnosticismo actual” producto de “mentes sin encarnación”, faltas de sensibilidad, que con sus teorías pretenden “domesticar” el Misterio de Dios, en busca de una total claridad (36-46). Por otro lado están los “neo-pelagianos”, que exaltan las capacidades de la voluntad prescindiendo de la gracia, y no logran comprender que “no todos pueden todo” (49), y que la gracia obra no de un modo abrupto sino progresivo. Estos últimos han olvidado, en el fondo, que nadie se puede justificar por sus propias fuerzas y que incluso la cooperación con la gracia es un don de la gracia misma (52-58). Frente a unos y otros, el documento afirma que sólo la primacía de la caridad puede abrirse paso en medio de “la selva tupida de las normas” (61).
Esta condena se hace extensiva a quienes caen en el “nocivo e ideológico error” de sospechar del compromiso social de los demás, considerándolo algo “superficial, mundano, secularista, inmanentista, comunista, populista”, los mismos que defendiendo la vida del no nacido, se olvidan de las esclavitudes que oprimen a los ya nacidos, o consideran como un tema menor la situación de los migrantes (101-102). Es imposible no ver estas acusaciones como una respuesta a los críticos de Amoris laetitia, o más precisamente, de la interpretación avalada por el Papa que abre el acceso a la comunión a los divorciados y vueltos a casar.

¿Requiem para Veritatis splendor?

En su encíclica Veritatis splendor Juan Pablo II diagnosticaba una crisis de la moral católica cuya raíz identificaba en la tendencia de la cultura moderna a relativizar las normas morales, tendencia cuya influencia en el interior de la Iglesia se veía acrecentada por cierto sector de la teología proclive a ceder al espíritu del tiempo. Su respuesta consistía en reiterar la importancia central de los mandamientos divinos −expresión de los imperativos absolutos del bien− como presupuesto indispensable y, a la vez, camino abierto hacia la santidad. El diagnóstico de Gaudete et exsultate no podría ser más discordante: el problema, a su juicio, son los grupos rigoristas que absolutizan los mandamientos mostrándose insensibles ante la debilidad de tantos creyentes, y su respuesta es rescatar a estos últimos de “la selva tupida de las normas” −imagen de inconfundibles resonancias dantescas−. Pero a diferencia de Dante, que encontraría su camino a Dios con la guía segura de Virgilio y de Beatriz, el creyente sólo contará con su propio discernimiento, sin las referencias claras que la Iglesia hasta hace poco pretendía ofrecerle. ¿Comienza una nueva era? No lo sabemos todavía, pero algo parece seguro: una era concluyó.


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