Signos de la Iglesia en China

Por: Revista Criterio

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Los últimos papas han intentado consolidar la situación de la Iglesia católica en China. Los informes que nos llegan sobre la vida religiosa en ese subcontinente no siempre son coincidentes. Por eso, es interesante conocer la opinión del jesuita Joseph Shih, de 90 años, originario de ese país, en un reciente reportaje que le efectuó el director de la revista La Civiltà Cattolica, Antonio Spadaro, también jesuita, publicación muy cercana al Vaticano.

El padre Shih realizó estudios en Europa y los Estados Unidos. Visitó los países de África para observar los efectos de la descolonización y recorrió una amplia región de América Latina. Es un hombre de visión universal, que trasciende los límites de la cultura china. Según nuestro informante, la Iglesia católica en China es considerada por el Gobierno como una influencia externa, pese a la larga tradición de desarrollo en ese país.

En los últimos años, los fieles de todas las creencias han aumentado y la católica es ahora una de las cinco grandes religiones. Como los valores del socialismo tradicional son compatibles con el Evangelio, es indispensable llegar hoy a un punto de tolerancia recíproca entre la Iglesia católica y las autoridades. El papa Juan Pablo II promovió la reconciliación pero, por su papel en la caída del comunismo en Europa, en 1991, el Gobierno chino no se fiaba mucho de él. Benedicto XVI escribió una carta a los católicos de China muy comprensiva. Afirmaba que no hay allí dos Iglesias, la “patriótica”, que responde al Gobierno, y la tradicional, fiel a Roma, sino una sola Iglesia, con dos comunidades. Los obispos ordenados sin la autorización del Papa en principio estaban excomulgados. Pero Benedicto no los trataba como tales. A los que le manifestaban su deseo de estar en comunión con él, les respondía afirmativamente, sin imponerles ninguna penitencia. Y a los católicos de la comunidad tradicional les sugería que, cuando no encontraran un sacerdote disponible, acudieran a uno de la otra comunidad, es decir, la “patriótica”.

Acuerdo de tolerancia

En los últimos años China ha experimentado un desarrollo impresionante. Esto ha repercutido en la vida de la Iglesia. Los católicos vivían en su mayoría en áreas rurales. Hoy los jóvenes van a buscar trabajo a las ciudades. De ese modo las aldeas se vacían. Las iglesias pierden a sus parroquia.

Los fieles católicos están dispersos. Los chinos en general se han vuelto más ricos. Esto ha despertado en ellos la preocupación por brindar una buena educación a sus hijos y asegurarse una vejez digna. Surge así en forma espontánea el interés por lo religioso. Esto ha ocasionado el aumento del número de fieles en todas las religiones, incluida la católica.

En donde vive hoy este jesuita, cerca de Shangai, se celebran los domingos siete misas en la iglesia de San Ignacio, y el templo está siempre lleno. El padre Shih es optimista sobre el futuro de la Iglesia en China, no sólo por su fe en Dios sino también por el desarrollo del actual proceso. Se habla mucho de las conversaciones entre la Santa Sede y el Gobierno chino, buscando un acuerdo de mutua tolerancia, aunque no de plena coincidencia.

El Gobierno reconoce sólo cinco grandes religiones, y a todas les impone sus leyes. Pero no todos los católicos aceptan esta realidad. Entre las dos comunidades católicas hay frecuentes disputas, pero no por motivos de fe. Las dos partes han comenzado a reconciliarse. Prueba de ello fue la ordenación de un obispo, ya en 2005, con acuerdo de ambas partes. Pero no todos adhieren a esta reconciliación y acentúan la oposición entre las dos “Iglesias”. Podemos prever que el régimen continuará siendo comunista durante mucho tiempo. La Iglesia debe tener alguna relación con él. Vemos tres formas posibles. Una, de oposición, que sería un suicidio. Otra, en el extremo contrario, de compromiso, aceptando todas las imposiciones oficiales, lo que haría perder a la Iglesia su propia identidad. La tercera, la más sensata, de tolerancia recíproca. Esto supone que la Santa Sede no se oponga al Gobierno. De hecho, la Iglesia existe y funciona en China, lo cual es un signo de tolerancia. Sin embargo, la reconciliación entre las dos comunidades también atraviesa momentos difíciles.

En 2012 fue ordenado un obispo con acuerdo de ambas partes. Éste renunció después a la Iglesia “patriótica” para no tener que concelebrar con un obispo de ese sector. Por tal motivo, el Gobierno no le permitió ejercer su ministerio. Posteriormente se manifestó arrepentido de su renuncia y aceptó celebrar con un obispo “ilegítimo”, no aprobado por Roma. En los medios occidentales se comenzó a hablar entonces de traición. Pero nuestro informante, que lo conoce bien, no considera que se haya rendido sino más bien que “ha despertado”. Es un obispo con un sano realismo. De momento continúa con arresto domiciliario. Está intentando un acercamiento a las autoridades y es de esperar que la Santa Sede se lo permita. Conociendo al papa Francisco, creo que no lo desautorizará.

La oposición a Francisco

Son muchos los católicos tradicionales que han sufrido persecución en ese país. El padre Shih, con una visión espiritual, considera que por los méritos de esos mártires, la Iglesia en China goza hoy de una cierta paz y ha crecido el número de practicantes. Este jesuita desea y espera que la Santa Sede no desafíe al Gobierno con un ideal “demasiado alto y carente de realismo”, lo que obligaría a los católicos a elegir entre Roma y Pekín, o Beijing. Ahora bien, no todos los dirigentes de la Iglesia en China van en esa dirección, en la búsqueda de un acercamiento.

El ex cardenal de Hong Kong, Joseph Zen, de 86 años, desató hace poco la polémica al criticar los esfuerzos que está realizando el Vaticano para mejorar las relaciones con China, incluida la controvertida solicitud a uno de los obispos reconocidos por Roma para que se retire y deje su puesto a otro prelado que sólo es reconocido por las autoridades de Pekín. El cardenal Zen viajó al Vaticano para plantear allí personalmente sus preocupaciones al papa Francisco. Aunque todos los papas han expresado su esperanza de restablecer lazos diplomáticos con el país más poblado del mundo, se abre la posibilidad de que esto ocurra bajo el mandato de Francisco o de su sucesor.

En realidad, no es indispensable establecer relaciones diplomáticas. Con los Estados Unidos de América, los vínculos oficiales comenzaron recién hace cuarenta años, disfrutando antes la Iglesia de una completa libertad. Para lograr ese acuerdo, las negociaciones comenzaron hace unos dos años, pero parece que están estancadas por la delicada cuestión de saber quién designará a los obispos. El Vaticano considera que ésta es una prerrogativa del Papa pero para Pekín sería una injerencia en su soberanía. Sin embargo, durante muchos siglos la Iglesia ha aceptado que los obispos sean designados por los reyes católicos, aunque se requería la autorización del Papa para proceder a su ordenación.

Así, santo Toribio de Mogrovejo, que no era sacerdote, fue elegido por el rey Felipe II para ser arzobispo de Lima. En general, los papas no ponían objeción a esos nombramientos reales. Cuando no estaban de acuerdo, demoraban la firma de la Bula, aunque no disponían de mucho margen de maniobra. En la Argentina, antes del Concilio Vaticano II, el Senado de la Naciónenviaba oficialmente una terna para la designación de un obispo, terna que, en general, era acordada previamente. Estos hechos de la historia nos permiten inferir que es posible un acuerdo con Pekín. Se le podría conceder a éste una especie de derecho de veto, bajo la forma elegante de “reparos”.

El jesuita Matteo Ricci

Hace poco se realizó en Roma una Conferencia Internacional sobre el cristianismo en China. Es interesante el planteo realizado, en el discurso inaugural, por monseñor Paul R. Gallagher, secretario de la Santa Sede para las Relaciones con los Estados. Su primera observación es que China continental se encuentra en el centro del interés político, económico y cultural. Se ve a sí misma como un cruce de caminos. En la política exterior está adoptando un nuevo enfoque sobre los equilibrios internacionales y también está consolidando su presencia en los países en desarrollo.

En la política interna, China promueve programas a largo plazo encaminados  a brindar a un número considerable de ciudadanos la posibilidad de superar la pobreza. Al mismo tiempo, el sistema cultural chino impulsa con decisión las áreas de la investigación científica y tecnológica. Señala también el expositor que China está insistiendo en su identidad propia. Busca dar “características chinas” a la globalización.

El poseer una posición central en el mundo ya lo previó el jesuita italiano Matteo Ricci cuando trazó un mapa geográfico con Pekín en el centro, tarea encargada por el mismo Emperador en 1608. Lamentablemente en Roma no se vio con buenos ojos la inserción del cristianismo en la cultura china, lo cual frenó el deseo, en la clase dirigente, de adoptar el cristianismo. En esa época, en Europa, se hablaba de “convertirse”, pero los chinos vivían esa experiencia como una profundización y enriquecimiento de sus tradiciones. Según el sacerdote jesuita Federico Lombardi, asesor de los últimos papas, “la comunidad católica nace, crece y aporta su contribución en el contexto chino no por causa de un vínculo externo y extraño, sino como el fruto de la semilla del Evangelio que fue plantada en la tierra y la cultura de China y se desarrolla de una manera que corresponde a su identidad genética”. Así, esta semilla produce sus frutos al obtener sustento y asumir las características propias de la cultura local en la que se siembra. Es como sucede con muchas plantas que producen fruta que comemos todos los días y que consideramos como nuestras durante siglos, mientras que, en realidad, fueron introducidas en estas tierras en el pasado y desde lugares lejanos.

Ignacio Pérez del Viso
Profesor emérito de la Facultad de Teología de San Miguel

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