Los mártires argentinos: Angeleli, Murias, Longueville y Pedernera

Por: Felipe Medina

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Cuando éramos jóvenes estudiantes de teología compartíamos nuestra casa de estudios en Tucumán con riojanos, catamarqueños y santiagueños. Desde el año 1978 comencé a escuchar hablar del obispo de la Rioja Enrique Angelelli, quien había muerto en un accidente, según el relato oficial, cuando regresaba de celebrar una misa en memoria de dos  sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville y del laico Wenceslao Pedernera, asesinados en La Rioja en 1976. Entre mis compañeros de estudios estaba el joven, hoy sacerdote de Chepes, Gonzalo Llorente, quien había dejado años antes la comodidad de su Buenos Aires natal para trabajar con don Wenceslao Pedernera. Gonzalo era  un testigo sólido junto a otros riojanos de lo acontecido dos años antes en La Rioja.

En ese tiempo post conciliar, para una iglesia sumida en la gran turbulencia del aggiornamento y para una América Latina, no menos turbulenta; que alternaba débiles democracias con gobiernos tiránicos y con  gobiernos cívico-militares,  bajo la nefasta doctrina de la seguridad nacional; un hombre como el joven obispo Enrique Angelelli se tornaba peligroso, o al menos, sospechoso.  Recuerdo que los seminaristas riojanos amaban a Angelelli, pero para un sector de la iglesia él era un obispo progre, zurdo, que por algún motivo murió o fue asesinado. Una época donde ante cualquier crimen, respondíamos “algo habrá hecho”, en “algo andaba”. Las autoridades eclesiásticas de ese tiempo, tal vez, por una mal entendida prudencia institucional, prefirieron callar. Hubo una complicidad con un  silencio totalmente antievangélico.

Se derramó mucha sangre de hermanos argentinos, sean montoneros, erpianos, militares, civiles, empresarios y obreros. Y el poder quedó en un sector que no encontró mejor solución que hacerles un muro a los pobres para cubrir las villas miserias y para otros,  paredones donde fueron asesinados todo aquellos que pretendieron levantar su voz y clamar por la paz y la justicia.

Cuando se cumplieron treinta años del asesinato del obispo Angelelli y de los sacerdotes Murias y Longueville y del laico Wenceslao Pedernera, el Cardenal Primado de la Argentina Jorge Bergoglio presidió las celebraciones en La Rioja, allá por el año 2006. En la noche del asesinato, dijo el Cardenal Bergoglio,  que monseñor Enrique Angelelli, "derramó su sangre por predicar el Evangelio" y se convirtió así, en la primera voz institucional, la máxima en ese momento,  en poner en dudas la versión del accidente. “Angelelli era un hombre de encuentro, de periferias, que pudo vislumbrar el drama de la Patria", dijo Bergoglio con la presencia de más de 14 obispos de todo el país, "estaba enamorado de su pueblo”. La iglesia riojana "se fue haciendo sangre y se llamó Carlos, Gabriel y Wenceslao", sentenció el Arzobispo de Buenos Aires. Sin hacer mención explícita de la participación de la dictadura militar en la muerte de Angelelli, Bergoglio dijo que el obispo «removió piedras que cayeron sobre él por proclamar el Evangelio, y se empapó de su propia sangre”.

¿Qué había cambiado en la Iglesia para que el Santo Padre declarara mártires a los evangelizadores de La Rioja, al obispo Angelelli, a los dos sacerdotes y a un laico, que años atrás eran vistos como activistas políticos de izquierda?
Nada había cambiado, se derribaron prejuicios en una iglesia que hacía una opción preferencial por los pobres y trabaja preferencialmente por los poderosos. Opción mencionada en todos sus documentos episcopales que ya, en algunas iglesias locales,  comenzaba a hacerse carne. Había situaciones de injusticia, marginalidad y uso abusivo del poder que los pastores no podían ni debían callar. La defensa de los pobres no era sólo una tarea de beneficencia para repartir las sobras, sino la búsqueda incansable de una economía de solidaridad y sentido de justicia que les permitía a los pobres gestionar su propio futuro.  Se había iniciado un lento pero seguro camino de retorno al Evangelio de Cristo, a la iglesia de los Hechos de los Apóstoles.
 
El Concilio Vaticano II fue un severo llamado de atención a toda la iglesia para que comience a retornar a sus propios orígenes. Eso hizo Angelelli. Dios lo llamó a volver a las fuentes de la fe, esa es la clave. Las fuentes son la Palabra de Dios, el Magisterio vivo de la Iglesia, el Concilio Vaticano II, Medellín, Puebla, Santo Domingo, Aparecida, el Evangelio escrito, el Evangelio vivido, el Evangelio en tensión por practicarse. “Un oído en el pueblo y el otro Evangelio”, era el leitmotiv de monseñor Enrique Angelelli.

El Papa Francisco lleva el Concilio Vaticano II en su mente y en su corazón, e intenta mostrar al mundo aquello que difícilmente pueda entender, que de nada  sirven los discursos bonitos ni las grandes predicaciones, sino van acompañados de acciones concretas por aquellos, a quienes deben pastorear como guías y compañeros de ruta a la vez. La pronta beatificación del Obispo Angelelli y sus compañeros mártires muestra un estilo de iglesia en comunión, con proyectos en armonía con el Evangelio de Cristo, en sintonía con la iglesia de Roma y alejada del poder temporal, a quien sólo debe iluminar con su palabra y su ejemplo.

* Lic. en Ciencias Religiosas

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