La misericordia artesanal

Por: P. Ignacio Pérez del Viso

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Al concluir el Jubileo de la misericordia, el papa Francisco ha escrito una carta, Misericordia et mísera, cuya reflexión es válida para los creyentes de todas las religiones. El título se inspira en san Agustín, quien dice que, en el episodio de Jesús con la mujer acusada de adulterio (“El que esté sin pecado que tire la primera piedra”), se encontraron la Misericordia divina y la miseria humana. Yo me pregunto si me siento identificado más con Jesús, procurando ser misericordioso, o con la mujer, necesitada de misericordia. Tal vez deba comenzar por ella y, una vez recuperada la paz interior, ayudar a otros a realizar el proceso.

En ese evangelio, dice el papa, “no aparece la justicia legal, sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona”. ¿Desprecia acaso Jesús la justicia legal? De ningún modo. Al contrario, le da un sentido más profundo. La justicia no consiste en un castigo sino en una rehabilitación del culpable, no en tirarle una piedra sino en ayudarlo a levantarse. Sin justicia, la misericordia no sería auténtica. Y al acompañar al culpable no nos sentimos mejores que él, ya que todos necesitamos gestos de misericordia.

El papa distingue dos dimensiones, una, más objetiva, que pone de manifiesto la moralidad o inmoralidad de un acto, pongamos el del aborto, otra, más subjetiva, que contempla el drama de la conciencia en la realización de ese acto. Aquí sí, todos los ministros religiosos podemos ayudar a discernir si se ha cometido un pecado y la gravedad de éste. Muchas chicas que abortan lo hacen bajo tal presión, familiar y social, que no disponen de la libertad requerida para cometer un pecado grave. Y si han cometido un pecado, estamos llamados a ejercer la misericordia, a ejemplo de Jesús, de modo que la penitencia requerida no sea vivida como un castigo sino como una ayuda para retomar el camino del amor.

En el evangelio mencionado, Jesús responde con el silencio a los acusadores. Este silencio, dice Francisco, ayudará a escuchar mejor la voz de Dios, que nos habla al corazón. Antes de acusar a alguien, guardemos un tiempo prudencial de silencio para permitirle escuchar la voz de Dios e iniciar el camino del arrepentimiento, porque “La misericordia, dice el papa, tiene también el rostro de la consolación”. “No nos dejemos robar nunca la esperanza”, exclama.

“Estamos llamados a hacer que crezca una cultura de la misericordia, basada en el redescubrimiento del encuentro con los demás: una cultura en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando vea el sufrimiento de los hermanos”. En síntesis, dice, “Las obras de misericordia son «artesanales»: ninguna de ellas es igual a otra; nuestras manos las pueden modelar de mil modos, y aunque sea único el Dios que las inspira y única la «materia» de la que están hechas, es decir la misericordia misma, cada una adquiere una forma diversa”.

* Jesuita. Profesor en la Facultad de Teología de San Miguel.

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