Iglesia, levadura para el mundo.

Por: Felipe Medina

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Cuando comienzo a escribir, surgen del interior,  frases, palabras, problemas, se insinúan miles de temas en los que podría opinar, reflexionar, ahondar en su médula, desde la filosofía o a la teología, o simplemente, del menos común de los sentidos.

Pero hoy quiero compartir con ustedes una pasión, una preocupación, fuente de alegría y dolor al mismo tiempo, fuente de consuelo y esperanza.

La Iglesia. Ese misterio presente en el mundo ha sido y es mi pasión.

Antes, la iglesia era sinónimo de curas, rezos, novenas, promesas, procesiones, y retos del cura a los que iban a misa por los que no iban.

El Concilio Vaticano II, en 1965, proclamaba  y quería una Iglesia Renovada, no encerrada en sí misma, en sus problemas, en su organización, en sus intereses o  en sus normas. Quiso una Iglesia que dialoga con el mundo, con la sociedad, con la cultura de nuestro tiempo: “el gozo y la esperanza, el dolor y la angustia de los hombres de este tiempo, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos, son también, el gozo y la esperanza, el dolor y la angustia de los discípulos de Cristo”. Se iniciaba una etapa marcada por la opción preferencial por los pobres, sin exclusiones; la difusión de la lectura de la Biblia, sobre todo, los Evangelios, la practica de la caridad, ya no como simple beneficencia, hoy conocida como teoría del derrame, sino a partir de un amor comprometido y la justicia.

Esta Iglesia postconciliar albergó a la Madre Teresa de Calcuta, quien escuchó la voz de Dios en el  llanto del mísero, del descartado. Ellos son la expresión de la pobreza que se expande por todo el universo, de la mano de un sistema perverso de exclusión.

Esta Iglesia postconciliar albergó al Padre Santiago Alberione, que desafiando el estilo de su tiempo se lanzó por el mundo a difundir la lectura de Biblia “Si San Pablo viviese hoy utilizaría todos los medios modernos de comunicación, radio, televisión, Internet, para anunciar la paz y la justicia.

Esta es la Iglesia que sueño, la que se volvió mi alegría y mi dolor constante. Dolor, por las discordias que en ella surgen y alegría por, aún a pesar nuestro, sigue transitando por el mundo con una antorcha vigorosa, la llama del amor que procede del sacrificio de la Cruz.

La Iglesia que sueño  es la de los Hechos de los Apóstoles en el capitulo 2, 42:
Comunidad que se reúne en torno a la Palabra, comparte el pan, y comparte la vida, sufrimientos y alegrías.

Iglesia con una jerarquía, que tenga autoridad, no solo poder, que se sepa y  se sienta Pueblo de Dios y servidores, Iglesia con un Pueblo de Dios que sepa y sienta que es un pueblo sacerdotal, un pueblo de reyes, un pueblo de profetas.

Una Iglesia que proclame y promueva los valores dentro de la sociedad, respetando la autonomía de las instituciones sociales y políticas, sabiéndose servidora del bien común.

Una Iglesia que sea la voz de lo que no tienen voz. Sueño con una Iglesia con obispos servidores, que caminen entre la gente  y con la gente. Sueño con una Iglesia de sacerdotes alegres, serenos, transparentes, confiables,  los hombres de la última palabra, capaces de iluminar todas las realidades terrenas con la luz del amor de Dios. Laicos que tengan mayor participación y poder de decisión en la construcción de la Iglesia. Laicos comprometidos, generosos, capaces de poner sus dones espirituales y materiales al servicio de los pobres.

Sueño con una Iglesia que no discrimine por géneros, ni por condiciones sociales o por pensar diferente. Sueño con una Iglesia que  sea la casa de todos y todos puedan exclamar: miren cómo se aman.

Sueño con una Iglesia donde políticos y empresarios, coordinadores y dirigentes sociales, siguiendo el ejemplo de Cristo, se entreguen al servicio de los más humildes, con espíritu creativo para sacar adelante a un país sentenciado a la explotación, a la exclusión y a la desintegración.

El Papa Francisco fue la respuesta de Dios a este sueño escrito en el año 2005 en el libro “La provincia de Salta, enfoques y perspectivas I” del Grupo Salta, cuando ocho años después proclamara ante el mundo, “quiero una iglesia pobre para los pobres”.

* El autor es licenciado en Ciencias Religiosas.

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