Francisco en su hora más difícil

Por: Sergio Rubin

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Al compás de las altas temperaturas en el hemisferio norte, el ambiente en el Vaticano parece muy caldeado. Varios episodios con ribetes escandalosos se juntaron para convertir a la curia romana en un hervidero. El cuadro acaso constituya un punto de inflexión en la transformación que encabeza el Papa Francisco tal como fue el deseo de la gran mayoría de los cardenales cuando, en los plenarios previos a la elección papal, coincidieron en que el nuevo pontífice debía tomar el toro por las astas, poner las cosas en su lugar y, como si todo eso fuese poco, presentar una Iglesia más abierta y comprensiva, revitalizada. Para semejante desafío eligieron, si se quiere, a un oustsider: Jorge Bergoglio, el primer pontífice no europeo en siglos, el primero latinoamericano y jesuita.

Pues bien: a más de cuatro años de la elección de Francisco la Santa Sede se zarandea de lo lindo por cuestiones como la pedofilia, el manejo de las finanzas y la resistencia a una mayor apertura. Hay mucho de herencia y algo de nuevo con sabor a viejo. Pero el Papa salió a enfrentar todo. La saga reciente comenzó con la imputación al ministro de Finanzas del Vaticano, el cardenal australiano George Pell, de cometer abusos en su país cuando era sacerdote y mirar para otro lado cuando era obispo. Pese a haber sido el responsable del nombramiento de Pell, seguramente creyendo en su inocencia, y de ser este una pieza clave de los cambios económicos, el Papa dejó el futuro del purpurado australiano –como debe ser- en manos de la justicia.

Francisco, además, decidió  no renovarle el mandato al prefecto para la congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Gerard Müller, cuestionador de la actitud comprensiva del pontífice hacia los divorciados en nueva unión. Lo hizo sabiendo que corría el riesgo de que el sector más conservador reafirme su resistencia y Müller, eventualmente, se convierta en su principal líder. Algo de eso está sucediendo. Desde su salida el ahora ex prefecto hizo declaraciones sugestivas por el contexto en que fueron dichas como afirmar que lo normal en estos casos es la renovación del mandato y pedir “no caer en la adulación” o en “la afectada subordinación” porque “no todo lo que hace el Papa es de por si perfecto e insuperable”.

El cuadro se completó con el inicio de un juicio –que el Papa permitió- a los ex presidente y tesorero del hospital pediátrico del Vaticano por supuestamente haber malversado fondos de su fundación para destinarlos a la remodelación del departamento del cardenal Tarcisio Bertone, ex secretario de Estado de la Santa Sede. El purpurado siempre negó ese aporte (unos 400 mil euros). Y hasta donó 150 mil euros al hospital ante la denuncia. Lo cierto es que vive en un departamento mucho más amplio y lujoso que el cuarto de la residencia de Santa Marta de Francisco. Semanas atrás había renunciado sorpresivamente el auditor de las cuentas del Vaticano por causas desconocidas.

Por si todo esto no fuera suficiente, una presunta orgía homosexual con drogas de un funcionario vaticano en un apartamento de Roma perteneciente a la Santa Sede estremeció los ámbitos eclesiásticos.  Y, aunque extra curia romana, la confirmación de centenares de maltratos y decenas de abusos en un coro de Ratisbona, Alemania, entre las décadas del '50 y '90 que durante años dirigió el hermano de Benedicto XVI, completó el inquietante panorama. El padre Georg Ratzinger admitió conocer sólo los maltratos y su versión fue respaldada por la comisión investigadora. Pero quien era obispo de Ratisbona al momento de las denuncias, en 2010, el otrora cardenal Müller, está siendo acusado de no haber actuado con firmeza. 

Es fácil caer en la tentación de no separar a las personas de la institución, especialmente aquellos que siempre detestaron a la Iglesia y a la religión en general. Pero también es verdad que la acumulación de hechos – si bien la justicia aún debe pronunciarse- revela un estado de cosas que exige una purificación. No es que no se haya hecho nada en todos los frentes. Benedicto XVI inició un enérgico combate contra la pedofilia –más allá de que no podía ser de otra manera-, que Francisco profundizó. Pero es evidente que resta mucho por hacer, sobre todo en cuanto a cambiar una cultura corporativa porque, si bien muchos se encolumnaron detrás de las nuevas medidas, algunos parecen resistirse.

Otro tanto puede decirse de las finanzas. Francisco avanzó notablemente en su transparencia. Hasta se revisaron una por una las cuentas del Vaticano y muchas se cerraron por ser poco claras o sus titulares no miembros del clero. Incluso el pontífice exigió una vida austera a los miembros de la curia romana. Por lo demás, sus esfuerzos por mostrar una Iglesia más abierta y comprensiva están a la vista. Acaso lo más destacado sea su decisión, tras dos consultas mundiales y dos sínodos, de permitir comulgar a los divorciados en nueva unión luego de un proceso de discernimiento caso por caso.

Finalmente, Francisco debe maniobrar en un ambiente donde proliferan las lecturas conspirativas en su perjuicio. Por ejemplo, las que buscan enfrentarlo con Benedicto XVI.  El secretario del Papa emérito, monseñor Georg Gänswein, debió salir a aclarar el elogio que Joseph Ratzinger hizo del cardenal Joachim Maisner –uno de los cuatro purpurados que firmó una carta crítica hacia la actitud aperturista del Francisco- en un mensaje con motivo de su fallecimiento en el que destacaba su ortodoxia.  “No fue un ataque”, dijo Gänswein.

Pero, evidentemente, los escándalos, las sospechas, las resistencias y las lecturas conspirativas revelan que los desafíos son más que arduos (en rigor, tal como se preveía al inicio del actual pontificado). Pero -aparte de lo condenable de todo esto- lo bueno es que las denuncias están saliendo a la luz y no se las está tapando. Francisco deberá apelar a sus condiciones de líder –es reconocida su gran capacidad política- y a su enorme popularidad –que está a la vista- para llevar la barca a buen puerto. Para eso fue elegido.

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