El cambio que la Iglesia quiere tras las elecciones

Por: Sergio Rubin

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La Iglesia anhela que tras los comicios legislativos de octubre disminuya la tensión política –caracterizada por una fuerte polarización entre kirchneristas y antikirchneristas- y el gobierno avance en la búsqueda de consensos sobre los grandes desafíos que tiene el país.  Las recientes elecciones primarias arrojaron una buena perspectiva para el oficialismo, pero sin que se vaya a modificar sustancialmente el escenario legislativo. Por lo tanto, seguirá sin tener mayoría en el Congreso, lo que implica que deberá, necesariamente, retomar la búsqueda de acuerdos, interrumpida por la campaña electoral.  Pero los obispos aspiran a más: menos confrontación, más diálogo y concreción de grandes acuerdos.

El anhelo de los obispos no tiene nada de novedoso. Lo vienen expresando desde la tremenda crisis de 2001, cuando tendieron una mesa de diálogo que fue socialmente contenedora –lo cual no resultó poco-, pero no fue más allá. Lo novedoso ahora es que se percibe un mayor consenso entre los dirigentes sobre la necesidad de bajar la tensión y avanzar en políticas de estado en cuestiones como la pobreza, el gasto público, la presión impositiva, el narcotráfico y la calidad educativa, entre otros aspectos. Así, creen, el país tendría más posibilidades de recuperarse porque, como suele decirse, los retos de la Argentina son tan grandes que requieren del concurso de todos los sectores.

Además, un mejor clima político y social abriría las puertas de una demorada visita del Papa Francisco a su patria. Es sabido que la tristemente famosa grieta dificulta su venida. Uno de los obispos que mejor conoce a Jorge Bergoglio, el rector de la UCA, monseñor Vìctor Manuel Fernández, lo acaba de decir: “Argentina está pasando por un momento de excesiva polarización y crispación y se teme que su presencia pueda ser utilizada para exacerbar aún más esta división”, declaró al diario La Voz, de Córdoba. Algo no muy distinto había dicho semanas atrás al diario Clarín el canciller de la Academia de Ciencias del Vaticano, el arzobispo argentino Marcelo Sánchez Sorondo.

La duda principal es si el gobierno, efectivamente, buscará con la oposición y los demás actores del quehacer nacional los consensos. Pese a que había manifestado su disposición en ese sentido durante la campaña presidencial, el macrismo, ya instalado en la Casa Rosada, desistió. ¿Ahora retomará su idea original? Hay posiciones a favor y en contra en su seno. ¿Laudará el presidente por los grandes acuerdos? ¿Optará por entendimientos puntuales y acotados? En cambio, es más seguro que procure bajar el nivel de confrontación por su propio estilo –muy diferente del kirchnerismo- y porque –como se dijo- necesita retomar la senda de los acuerdos legislativos.

En la oposición, las posiciones son diversas. Existe, por caso, un peronismo muy favorable a los grandes consensos liderado nada menos que por el presidente del poderoso bloque de senadores del PJ, Miguel Angel Pichetto. Pero el kirchnerismo rechaza los acuerdos. De hecho, la llegada a la cámara alta de la ex presidenta Cristina Kirchner promete ser un factor de gran complicación. Salga primera o segunda en la votación de octubre, todo indica que ejercerá una oposición cerril, potenciada por el acecho de las causas judiciales que se le siguen. Pero seguramente no tendrá el mismo predicamento entre sus colegas peronistas si sale primera o segunda. 

El obispo de San Francisco, Sergio Buenanueva, interpretó el sentir del Episcopado al decir en su blog: “Pasada la lid electoral, con sus ganadores, también con sus heridos y magullados (ojalá que superando resentimientos), que nuestra dirigencia política, alentada por buena parte de la ciudadanía, se siente a la mesa de los que buscan consensos". Y completó: "Un país donde una tercera parte de los argentinos es pobre, implica que todos somos pobres; esa es la grieta verdadera y más dolorosa”.

Así de claro, pero también así de ambicioso -a juzgar por la retlcencia histórica de la clase política- el cambio de actitud que la Iglesia espera para después de las elecciones. ¿Utopía? Puede ser. Pero vale la pena intentarlo ante tantas décadas de frustración.

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