La canonización de Monseñor Romero y Nazaria Ignacia en tiempos difíciles.

Por: Felipe Medina

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Cuando vamos caminando, marcando huellas, recorriendo toda la geografía existencial, tarde o temprano nos topamos con una encrucijada que nos plantea opciones y nos obliga a elegir. Le sucede  a las personas en la vida, le pasa a las instituciones, a los movimientos, a todo grupo humano que tiene un dinamismo interior que va exigiendo un cambio, una adaptación al devenir del tiempo. La iglesia católica, con su estructura milenaria y piramidal no escapa a ésta dinámica, y a lo largo de los años fue interpelada por el propio pueblo a cambiar, en otros momentos, severas crisis internas la obligan a dar un volantazo inesperado e imprevisto. Dios le pide hoy un cambio profundo, “revertimini ad fontes”,  como decía el Papa Juan XXIII, “retornemos ahora mismo a las fuentes”, razón fundamental por la que convocó el Concilio, hoy llamado Vaticano II.

Hace unos días, un jesuita joven le preguntó a Francisco como sostener al Papa en su misión, a lo que el Pontífice le respondió: «Si quieres ayudarme, actúa de tal manera que saques adelante el Concilio en la Iglesia. Y ayúdame con tu oración. Necesito tanta oración».

El Concilio Vaticano II cumplió ya 50 años de su promulgación bajo el pontificado del Papa Pablo VI, hoy declarado Santo por Francisco. Y su puesta en práctica le ha costado a la iglesia católica algunos cismas o divisiones internas que está tratando de sanar.

Los primeros años de la reforma fueron  tiempos difíciles, lo que llevó a Pablo VI a implorar por la iglesia, y a afirmar duramente, “el humo de Satanás penetró a la iglesia, por alguna grieta. Humo que aún no acaba de esfumarse por las divisiones internas y todo un sistema de corrupción que Francisco intenta desmantelar, dentro de la Curia Romana  y en no pocas iglesias locales. Una verdadera encrucijada.

Dios nos está pidiendo un cambio, dirá Francisco, acongojado, mientras no se cansa de pedir perdón. Es necesario, dirá,  una renovación espiritual profunda que reconecte a la iglesia con el Evangelio de Cristo, despojándola de los vicios del fariseísmo, fruto genuino del clericalismo. El clericalismo es una ideología que defiende la influencia del clero en los asuntos políticos de una sociedad, una ideología  que se identifica con la vieja política de un liberalismo trasnochado y caciquil, incapaz de deshacerse de los frenos del clericalismo y del militarismo.

El magisterio de los últimos pontificados, hablo con firmeza de  la tentación del “clericalismo” —como un deseo de señorear sobre los laicos—,  que implica una separación errónea y destructiva del clero, una especie de narcisismo que conduce a la mundanidad espiritual. Aunque parezca una paradoja, en este sentido, el clericalismo y la secularización del clero van de la mano. Y sus frutos están a la vista.

Hay también, una tendencia hacia un clericalismo laical, lo que el magisterio ha denominado la “clericalización del laicado”; se trata de una complicidad pecadora: el cura clericaliza y el laico le pide por favor que lo clericalice, porque en el fondo le resulta más cómodo (Cardenal Bergoglio).

El Papa Francisco ha dedicado muchas de sus intervenciones a ambos temas, en continuidad con su magisterio como cardenal-arzobispo de Buenos Aires: «Clericalizar la Iglesia es hipocresía farisaica». «No a la hipocresía. No al clericalismo hipócrita. No a la mundanidad espiritual». «Que Dios nos conceda esta gracia de la cercanía, que nos salva de toda actitud empresarial, mundana, proselitista, clericalista, y nos aproxima al camino de Él: caminar con el santo pueblo fiel de Dios; éstas fueron sus consignas de Cardenal, hoy son sus metas como Pontífice Máximo.

Aplicar el Concilio implica reconocer una nueva forma de vivir la iglesia, un nuevo modo de hacer iglesia, a partir de un cambio conceptual en la definición de la misma, ya no como sociedad perfecta, creada por Dios, de organización monárquica, sino  como Pueblo de Dios jerárquicamente constituido. En este concepto, todos somos iglesia, miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo.

En este contexto de cambios y en este largo proceso de transformación de la iglesia católica, el Papa Francisco pone a la devoción de los creyentes, a los primeros santos del Concilio Vaticano II. San Pablo VI y San Oscar Romero, obispo y mártir de El Salvador, asesinado el 24 de marzo de 1980. De las posiciones cómplices de no pocos eclesiásticos con las dictaduras latinoamericanas en los duros años 60 y 70,  al compromiso idealista y la opción por el camino de la revolución de sacerdotes como Camilo Torres en Colombia o Néstor Paz Zamora en Bolivia, emerge en El Salvador una nueva  figura, un nuevo modo de construir la iglesia, la figura de un obispo de línea aparentemente conservadora, y cuyo nombramiento tranquilizó a los sectores tiránicos  y militares, frente al avance de la teología de la liberación. Romero asumió como obispo de San Salvador,  y dejó transformarse por su pueblo, dejó interpelarse por los pobres y asumió el compromiso de su defensa desde el Evangelio, desde la no violencia, pero con la valentía propia de los apóstoles, que llenos del Espíritu Santo daban la cara y enfrentaban sin miedos los contratiempos. San Oscar Arnulfo Romero, hombre tímido y sencillo, de cuya humanidad Dios se valió para regalar a su iglesia a un mártir con mayúsculas. Un camino a contemplar y a imitar.

Otra propuesta del Papa Francisco, que llamó la atención fue la canonización de Nazaria Ignacia, una monja española por nacimiento pero criada en Buenos Aires, y fundadora de una nueva congregación para servir a las mujeres y a los pobres más pobres de la Bolivia de fines del siglo XIX, en una sociedad clasista y feudal.  Curiosamente, esta santa fundó en el vecino país el primer sindicato de mujeres trabajadoras y no dudó en marchar al frente en los enfrentamientos y protestas obreras. Taconeó los barrios de Buenos Aires y varias regiones de Bolivia hasta desfallecer en su afán por ver a la gente superar sus propias miserias y la pobreza. Dos propuestas muy claras que marcan el estilo de una iglesia que busca una nueva identidad, o mejor, volver a la fuente genuina de las bienaventuranzas. El cambio de la iglesia hoy, pasa por poner en el centro de su preocupación y ocupación a los pobres y descartados de éste mundo, mantenerse alejada de los poderosos, y siempre promoviendo el camino del diálogo, la tolerancia y la paz, aunque cueste la vida.

Ninguno de estos santos buscó poder, ni seguridades en el estado, solo buscaron servir sin discriminar a nadie, amando a todos por igual como lo hace Dios con cada uno de nosotros.

* El autor es licenciado en Ciencias Religiosas

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