¿En qué Dios creemos?

Por: María Montero

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Soy creyente. Católica. Practicante. Y me encuentro en una encrucijada cada vez que veo dentro de la Iglesia, división. No debate, no confrontación de ideas, no búsqueda de la verdad, sino división.

No basta con creer en Dios para hacer unidad. Creo que en este punto es importante verificar en qué Dios se cree. Los musulmanes profesan su fe en Alá, el creador del cielo y de la tierra, aquel que gobierna desde lo alto, que ha establecido prescripciones justas y prohibiciones santas y vigila para premiar a quienes las observan y castigar a los transgresores. No conciben que Dios se rebaje al nivel de los hombres y que pueda descender para encontrarse y dialogar con ellos. ¿Es éste el Dios en el que creemos?

Un sacerdote amigo, que vivió en una tribu africana me contaba que allí se invocaba a Dios solamente en tiempo de sequía. Se cree, de hecho, que la lluvia depende de Él, pero para  otras necesidades se recurre a los ancestros. Ni siquiera se preguntan si Dios se interesa por las enfermedades, las desgracias, las cosechas de los campos o los asuntos de los hombres. ¿Quizás es éste el Dios en el que creemos?
A estos interrogantes todos responderíamos obviamente que no.
Pero hagamos la prueba de preguntarnos, ¿qué imagen de Dios se oculta detrás de la convicción de que en el día del juicio el Señor valorará con severidad la vida de cada persona?, ¿a quién recurrimos en los momentos difíciles para obtener favores?

Reconozcámoslo: adoramos a un Dios que conserva muchas características de las divinidades paganas, susceptibles, severas y lejanas.
Los pueblos paganos imaginaban a Dios como un soberano potente y terrible, rápido para enojarse con quienes no le ofrecieran sacrificios o violaran sus leyes, que castigaba con enfermedades o desventuras a los que no eran de su agrado.

Sin embargo en el Evangelio, Dios mismo se presenta como un Señor paciente, lleno de compasión y misericordia, que perdona culpas, delitos y pecados. Y quiere que seamos semejantes a Él.

Si seguimos su camino, buscamos parecernos cada vez más a El imitando sus gestos, sus palabras y sus acciones, ¿cómo puede haber división si lo que nos une es un mismo Padre?

Está muy bien pensar diferente. La unidad no significa homogeneidad. No somos todos iguales. Precisamente en la diversidad está la riqueza. Pero caminemos construyendo la paz, que tanta falta hace en estos tiempos.

* Periodista

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