Miércoles 21.02.2018

Tras el conflicto al final de su gobierno

A 55 años de la reconciliación entre Perón y la Iglesia católica

El 13 de febrero de 1963, el ex presidente se confesó y recibió la absolución de parte del entonces arzobispo de Madrid en su residencia de Puerta de Hierro. Con ello, y un certificado de Roma, se dejaba en claro que no pesaba sobre él la excomunión.
Comparte

Sergio Rubin

En la residencia madrileña de Puerta de Hierro –sede histórica de su exilio- Juan Perón se arrodilló ante el arzobispo de Madrid, monseñor Eijo Garay, que le impartió la absolución en nombre del Papa Juan XXIII tras el pedido de perdón del ex presidente. Era el 13 de febrero de 1963 –este martes se cumplieron 55 años- y con el sacramento de la reconciliación se cerraba institucionalmente el fuerte conflicto entre Perón y la Iglesia, ya que ello implicaba el levantamiento de la excomunión que pesaba sobre el fundador del Partido Justicialista. ¿Pero realmente fue excomulgado?

Luego de la quema de una docena de templos católicos de Buenos Aires, en junio de 1955, por parte de grupos peronistas y la siguiente expulsión del vicario general de la arquidiócesis porteña, el obispo Tato, y de monseñor Novoa, en el peor momento de la relación entre el gobierno de Perón y la Iglesia, el Vaticano emitió una declaración en la que decía que todo aquel que impidiere el accionar de un obispo sufría la excomunión automática. Ello fue interpretado por muchos como que el propio presidente había sido excomulgado.

Sin embargo, otros, desde una lectura técnica de la declaración de la Santa Sede, llegaron a una conclusión contraria: que Perón no había sido excomulgado, si bien sí advertido. Porque la excomunión de un presidente de la nación exigía en aquel momento –de acuerdo al Código de Derecho Canónico que estaba vigente y que databa de 1917-  que fuese dictada por el Papa (entonces estaba Pío XII) y, en este caso, fue una congregación vaticana la que se pronunció. Y porque en ningún momento del texto se menciona a Perón.

De todas formas, la ambigüedad preocupaba a Perón. Y acaso como aspiraba a una tercera presidencia de un país cuya Constitución establecía entonces –antes de la reforma de 1994- que el presidente debía ser católico no quería que la supuesta o real excomunión fuese puesta como un obstáculo. Así, inició gestiones ante la Santa Sede a través de dos de sus colaboradores –Raúl Matera y Jorge Antonio- para que quedada aclarada su situación con la Iglesia.

Se cree que aquellas gestiones contaron con la ayuda del entonces canciller del Vaticano, el cardenal Santiago Copello, que había sido arzobispo de Buenos Aires durante las dos primeras presidencias de Perón y con quien tuvo una buena relación, al punto que tras su derrocamiento y el surgimiento de un gobierno muy antiperonista como el que encabezaba el general Aramburu (luego del fugaz paso del moderado Lonardi) fue desplazado hacia Roma.

Finalmente, ya avanzado el pontificado de Juan XXIII, el Vaticano expendió un documento en el que se decía que Perón no tenia nada pendiente con el Vaticano. Y el arzobispo de Madrid y patriarca de las Indias Occidentales se trasladó a Puerta de Hierro para sellar la reconciliación del líder del justicialismo. Lo que perduran en la Iglesia son las enfrentadas opiniones sobre Perón, tal como ocurre en toda la sociedad argentina.