ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA - AUTOR: PBRO. GUILLERMO MARCO

Alegato a favor del celibato

Por: P. Guillermo Marcó

El caso del romance de un obispo volvió a poner sobre el tapete la exigencia celibataria para ser sacerdote. Pero suele pasarse por alto que son muchos los curas que la viven con alegría para poder entregarse enteramente a Dios.
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El desafortunado caso que estalló recientemente en la Iglesia en la Argentina a raíz de la profusa difusión de unas fotos de un obispo y una mujer, y el posterior reconocimiento del prelado de que tuvo una relación con ella, dieron lugar -¡otra vez!- a todo tipo de conjeturas sobre el celibato sacerdotal. La mayoría de los que cuestionan el celibato son personas que no lo viven porque están casadas, o en pareja, o son sacerdotes que abandonaron el ministerio para casarse o que fueron infieles a lo que prometieron cuando se ordenaron. Con todo respeto permítaseme disentir, a titulo personal, con estas apreciaciones. En primer lugar porque me hice sacerdote aceptando el celibato como una forma de vida que me permite consagrarme enteramente a Dios. Si hubiese sentido interiormente el llamado a vivir la consagración en la vocación al matrimonio, seguiría siendo laico y estaría casado.
Mi vocación la medité durante ocho años en el seminario, sabiendo que elegía también esta invitación a ser “todo para Dios en mi donación a los demás”. Eso es para mí el celibato: “una donación de amor”. Ni una carga, ni una ley fría que vivo con frustración anhelando que un día alguien me libere de este “yugo represor”.  Yo lo elegí y no deseo que cambie. Nótese que hablo en singular. No organicé un “focus group”. Y, si se trata de sondear acerca de lo que ocurre entre mis pares, sería bueno tener en cuenta los datos que las diócesis envían a la Santa Sede y que arrojan que cada año alrededor de un millar de sacerdotes dejan los hábitos en los cinco continentes, o sea, apenas el 0,26 por ciento de los más de 400 mil con que cuenta la Iglesia.
Se insiste en que el enamorarse -o, al menos, el deseo de tener una esposa y contar con una familia es la principal causa de renuncia  al sacerdocio en la Argentina y en todo el mundo. Pero, contra la impresión que puede haber en mucha gente de que se está  ahora en presencia de un importante drenaje -y si bien se viene produciendo un ligero aumento-, las defecciones son muy pocas en relación con la cantidad total de sacerdotes.
Plantear la discusión alegando lo difícil que es vivir hoy el  celibato es un argumento un tanto banal. El matrimonio, al que se nos invitaría, también resulta difícil. Es claro que a los casados les cuesta mantener la fidelidad. Me molestó la generalización de los cuestionamientos al celibato. No estoy solo en este camino: conozco a muchos hermanos en el sacerdocio que con fidelidad cotidiana, en silencio, ofrendan su vida a Dios. Llevamos el celibato por elección y vocación y lo hacemos con alegría, por más que muchos desconfíen de la veracidad de lo que decimos y vivimos. El mundo de hoy es ampliamente tolerante. Sería bueno que nos incluya a los sacerdotes y no nos obligue a quienes hemos elegido este modo de vida diferente. En la Iglesia, a su vez, no deberíamos cerrarnos a la posibilidad de que en un futuro el Papa ordene hombres casados, como ocurre en las Iglesias de rito oriental. Agradezco el testimonio de tantos buenos sacerdotes. Al que me bautizó y al que me dio la primera comunión. A los que me formaron en el seminario, a los curas con los que me tocó compartir el ministerio. También a los que acompañaron a mis seres queridos en momentos difíciles y presidieron sus exequias, dándonos la esperanza en la Vida Eterna. Lamentablemente el mal   ejemplo tiene más difusión que la fidelidad cotidiana. Menos mal que lo que más nos importa no es cómo nos muestra el mundo, sino cómo nos ve Dios.