ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

Cuaresma, tiempo de introspección

Por: P. Guillermo Marcó

Espiritualidad. Los 40 días previos a la Pascua son una invitación a revisar nuestras actitudes, asumir los pecados, pedir perdón a Dios y abrazar una vida más virtuosa.
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En el texto del Génesis, Dios forma al hombre de la materia y le sopla un aliento de vida (la Palabra hebrea es Ruah) que lo trasforma en viviente. Ese aliento que recibió en la creación tendría que ser suficiente para comprender con qué amor fue modelado. Sin embargo, no está contento con la vida recibida ni con la semejanza ofrecida, sino que deja de ser quien es para pretender convertirse en quien no es. Asume un papel de suplantación con la pretensión de querer ser como un dios. El comer del fruto del árbol del bien y del mal es una manera de vivir sin límites. Es querer ser como Dios. La autonomía absoluta abarca el rechazo de Dios. El carnaval trasmite esa imagen: personas enmascaradas para ocultar lo que son en verdad, que aceptan la invitación a la superficialidad de pasar un buen rato, incluso a los excesos. Fray Félix González de León nos dice: “La Cuaresma nos hace reflexionar en un desierto de carencias, donde se nos propone una recreación realizada en Cristo”.

La gran paradoja del Evangelio es que para ganar la Vida hay que perderla. Pero el primer problema es que nos cuesta autoexaminarnos. “No quiero pensar”, suele escucharse. Además, las prácticas orientales invitan a huir del dolor a través de la meditación y el yoga. En cambio, el seguimiento de Jesús invita a no negar el dolor, sino a cargarlo: “El que quiera seguirme que renuncie a sí mismo, cargue su cruz y me siga”. Si queremos encontrar la vida y la alegría verdaderas hace falta entrar en esta dinámica cuaresmal comenzando por entrar en uno mismo haciendo silencio; detectar cuáles son las cosas que no quisimos mirar y nos ‘hacen ruido’, si son pecados; preparar una buena confesión, que renueva la vida de la gracia porque Dios perdona y olvida. Nada da más paz que tener el alma libre de las faltas cometidas. Dios, además, no etiqueta. Cada vez que nos arrepentimos nos cree, nos da una nueva oportunidad.

La espiritualidad verdadera no es asistir a un spa para relajarnos. La paz del corazón me tiene que hacer salir a la búsqueda del otro. Si me quedo encerrado y me aparto de alguien porque es “mala onda” nunca creceré en mi capacidad de amar. Quien empieza a entrenar en el gimnasio no se siente mejor al principio; es más, le duele todo. Sólo la perseverancia hace que uno se sienta más fuerte y pueda empezar a disfrutar de hacer ejercicio hasta que se vuelve un hábito, una necesidad. Con la vida virtuosa pasa lo mismo: hace falta hacer un esfuerzo inicial, pero después se disfrutará el vivir más libre, menos atado a vicios y pecados. El entrenador es el mismo Espíritu Santo que va haciendo la obra en nosotros. Es cuestión de animarse.