Miércoles 21.02.2018

Marca el primer día de la Cuaresma

¿De dónde viene la tradición del Miércoles de Ceniza?

Se trata de una práctica litúrgica que hunde sus raíces en la Biblia y que se desarrolló durante los primeros siglos del cristianismo. Por ser un día penitencial, recoge la tradición hebrea de cubrir la cabeza con cenizas antes de expiar los pecados.
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El Miércoles de Ceniza, llamado en la tradición litúrgica de la Iglesia “miércoles al inicio del ayuno”, comienza con el austero rito de la imposición de la ceniza, y, de este modo, inaugura la Cuaresma.

La Cuaresma es el tiempo de preparación que la Iglesia propone a los bautizados para celebrar el misterio de la Pasión, muerte y resurrección de Cristo en la Pascua, la mayor fiesta de la fe.

Este miércoles está muy unido con la penitencia, que se expresaba entre los hebreos cubriéndose la cabeza de ceniza y vistiéndose de aquel áspero paño llamado cilicio.

En la Bilia, Judit, antes de emprender la ardua empresa de liberar Betulia, “entró en su oratorio y, vestida con el cilicio, cubrió de cenizas su  cabeza y, postrándose  delante  de  Dios, oró” (Jud 9, 1).

Jesús mismo, deplorando la impenitencia de las ciudades de Corozaín y de Betsaida, dice que merecerán el mismo fin que Tiro y Sidón, si no hacen penitencia con ceniza y cilicio (Mt 11, 21).

He aquí por qué Tertuliano, san Cipriano, san Ambrosio, san Jerónimo y otros Padres y escritores cristianos antiguos aluden frecuentemente a la penitencia in cinere et cilicio.

Y la Iglesia, cuando en los siglos V y VI organizó la “penitencia pública”, escogió la ceniza y el saco para señalar el castigo de aquellos que habían cometido pecados graves y notorios.

El período de esa penitencia canónica comenzaba precisamente en este día y duraba hasta el Jueves Santo.

En la Roma del siglo VII, los penitentes se presentaban a los presbíteros, hacían la confesión de sus culpas y, si era del  caso,  recibían un vestido de cilicio impregnado de ceniza, quedando excluidos de la iglesia, con la prescripción de retirarse a alguna abadía para cumplir la penitencia impuesta en aquella Cuaresma.

En otras partes, los penitentes  públicos  cumplían su pena privadamente, es decir, en su propia casa.

Era general la costumbre de comenzar la Cuaresma con la confesión, no sólo para purificar el alma, sino también para recibir más frecuentemente la Comunión.

La confesión de los propios pecados estaba siempre orientada a tener “comunión con el altar”, es decir, a poder acceder al sacramento eucarístico, pues la Iglesia vive de la Eucaristía.

El primer formulario de bendición de cenizas data del siglo XI. El rito de imponer cenizas sobre la cabeza de los penitentes, gesto de gran carga simbólica, se extendió rápidamente por Europa.

Las cenizas, que provienen de la combustión de los ramos de olivo del Domingo de Ramos del año anterior, se depositaban sobre la cabeza de los varones. A las mujeres se les hacía una cruz sobre la frente.

¿Por qué precisamente un miércoles?.

Se trata del tercer día de la semana, denominación precedente del "dies Mercurii", del idioma del Lacio -región central italiana-, con literarios recuerdos y agradecimientos piadosos al "dios Mercurio -"Hermes" en griego- , figura simbólica de la prosperidad, del "buen viaje" de los difuntos hacia el " más allá" y personificación del bíblico pastor bueno, cuidadoso y amable.

Las ideas de tan decisiva influencia en las relaciones humanas, sobre fundamentos de la convivencia y la ciudadanía, les fueron encomendadas culturalmente al dios Mercurio, atribuyéndosele elocuencia, versatilidad, expresividad, destreza y amistad.

El aditamento, tan valioso como decisivo, de representarlo con alas en sus pies, hacerlo inventor de la lira, promotor del comercio y de la comunicación, colocan a su día predilecto -el "miércoles"- en centro y eje de creencias y actividades francamente humanas y, por tanto, sacralizables de por sí, ante Dios y ante el prójimo.

El misterio -la fe- del dio Mercurio lo acrecienta el dato de que el planeta que porta su nombre es difícil de ser observado en Europa - de doce a dieciocho horas al año- , su atrevida cercanía del sol, su fugacidad y la condición ambigua de su color azul-celeste.

Las cenizas

Respecto a la ceniza que apoda y apodera el "Miércoles" cuaresmal, y que en la actualidad se coloca en la cabeza de los hombres y en la frente de las mujeres, se hacen indispensables algunas correcciones ascéticas acerca de la interpretación catequística de signo tan sagrado.

Es imprescindible y urgente advertir que, además de signo perecedero de toda forma terrestre, la ceniza -"aquello que queda cuando el fuego lo ha consumido todo"-, según muchas culturas venerables antiguas, es y contiene en forma concentrada todas las fuerzas de cuanto fuera quemado.

Por tanto, en cristiano, la ceniza es fuerza, espíritu, vida, proyecto, síntesis y realidad de futuro. Es esperanza. Y resurrección. Renovación y conversión propia y ajena. De todo lo nuestro y de lo de los demás. Es comunión. Renacimiento. La ceniza es purificación. Posee virtudes detergentes y purificadoras. Sentarse sobre la ceniza y revolcarse en ella, también fue, y es, expresión de duelo, en no pocas culturas.

Por tanto, quede meridianamente claro que a los ojos de la Iglesia, la ceniza no es un símbolo de humildad - -"andar en saco y ceniza"- duelo y arrepentimiento, sino también, y sobre todo, la ceniza es, por la conversión que entraña, esperanza de una vida nueva.

Fuente: Aleteia y RD