Miércoles 14.11.2018

¿De un conflicto político a un conflicto religioso?

Por: Sergio Rubin

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La Iglesia rompió ayer el silencio que su cúpula se había impuesto desde que el Gobierno puso en marcha el severo ajuste y se profundizó la mentada grieta por el camino que tomó la Casa Rosada y el destape de resonantes causas de corrupción que involucran a conspicuos exponentes del kirchnerismo. Al tiempo que pasó a la ofensiva luego de ser ella misma y el propio Papa Francisco blancos de duras críticas que comenzaron durante el debate por la legalización del aborto y se extendieron tras la misa en Luján pedida por gremios muy críticos del Gobierno.

Si bien las críticas del presidente del Episcopado, monseñor Oscar Ojea –que aprovechó la misa de apertura de la asamblea de obispos de todo el país- no abarcaron un análisis detallado sobre los efectos del ajuste entre los pobres, ni de las peleas políticas, fueron una severa advertencia por su impacto en la sociedad y los propios políticos. “La crisis social y económica que golpea a todo el pueblo argentino va resintiendo la confianza en la dirigencia política, aumentando el mal humor social, el enojo y la intolerancia que hace muy crispada la convivencia”, advirtió.

Y, como nunca antes, por los términos a los que apela e incluir a católicos en esas críticas, Ojea denunció que el Papa Francisco está siendo objeto en el país de “ataques desde dentro y fuera de la Iglesia de un modo que no tiene precedentes”. Además de que considera que estos ataques “se extienden a toda la Iglesia, ya que parecería que decir algo bueno sobre ella no es políticamente correcto”. Pero recomienda frente a ello no caer en la ira, la parálisis o la victimización, sino apelar a la humildad, la paciencia y el coraje, eligiendo el momento para hablar y callar.

Ojea reconoce que todo se recalentó para la Iglesia a partir de la habilitación por parte del presidente Macri del debate sobre la legalización del aborto, que llevó a que alumnos de colegios católicos lucieran el símbolo de los partidarios del proyecto, el pañuelo verde, y se organizaran campañas de apostasía (renuncia a la fe). No dice que también hubo demandas de “separación” de la Iglesia del Estado (para los obispos la Iglesia está separada hace rato del Estado) que apuraron la renuncia ahora en marcha del Episcopado al aporte económico del Estado.

Tampoco se refiere a la polémica misa en Luján, con la presencia de los Moyano en primera fila,  que ofició el obispo con jurisdicción el sobre la basílica, Agustín Radrizzani. Con todo, a lo largo de su homilía capea un espíritu autocrítico. “En muchas de estas situaciones hemos tenido nuestra parte de responsabilidad”, admite. Y añade: “Esto nos debe hacer pensar en nuestra propia conversión personal y pastoral. Y hacer un profundo examen de conciencia”. Al fin de cuentas, situaciones como la misa de Luján dispararon un fuerte debate dentro de la Iglesia (Ojea ayer llamó a la unidad a los obispos).

Ojea no apunta a nadie en particular por todas las críticas que está recibiendo el Papa y la Iglesia, pero es sugestiva una frase que parece preanunciar un conflicto, ya no meramente político, sino religioso: “Nunca nos habíamos imaginado que íbamos a estar delante de estos problemas, cuyas raíces y motivos nos cuesta entender. No sabemos adónde nos van a conducir”. En otra palabras, la Iglesia –en la visión de Ojea- nunca estuvo desde la vuelta a la democracia tan asediada por razones que no termina de comprender.

Sus definiciones no son una buena noticia para el Gobierno, que necesita de la ayuda de la Iglesia en momentos en que el deterioro social se profundiza y el temor a desbordes sociales crece. De hecho, la gobernadora Vidal y la ministra Stanley están apelando a la capacidad apaciguadora de la institución eclesiástica en el gran Buenos Aires. Cada uno debe asumir su responsabilidad ante tanto batifondo. Pero está claro que más grietas en el país en este delicado momento no parecen convenientes.