congreso en el vaticano

El Papa, preocupado por el avance global de las armas nucleares

Francisco admitió que un desarme integral de las potencias es “cada vez más remoto”. Los Estados Unidos y Rusia concentran el poderío atómico, mientras otras naciones continúan alimentando sus guarniciones.
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Aunque dijo ayer que el desarme es “una utopía actuable”, el Papa es mucho más pesimista. En el Vaticano hubo dos días de debates sobre las armas nucleares, que según los especialistas mundiales tienen un gran futuro.

Hablando ante 11 premios Nobel de la Paz, entre ellos el argentino Adolfo Pérez Esquivel, Jorge Bergoglio y personajes de 20 países reunidos en un seminario, dijo que como nunca antes los ingenios atómicos pueden causar un holocausto capaz de exterminar la vida humana.

Sus interlocutores auspiciaron la abolición de los instrumentos nucleares. Pero la realidad es que una nueva generación de armas atómicas está entrando en el escenario global. Estados Unidos lleva adelante el plan de invertir un billón de dólares en los próximos 30 años para la bomba del futuro, más pequeña y manejable. Las otras potencias nucleares van por la misma senda de crear misiles, granadas y hasta fusiles capaces de miniaturizar las explosiones atómicas.

Francisco dijo en un buen discurso que “es un hecho que la espiral de la carrera armamentista no conoce fre- no”, “en un clima inestable de inestabilidad”. Y reconoció que “aparece cada vez más remota la perspectiva de un desarme integral”.

Más o menos en partes iguales Estados Unidos y Rusia poseen el 93% de las 14.900 ojivas nucleares suficientes para extingir varias veces la vida sobre el planeta Tierra. China posee 260 y sus reservas atómicas se modernizan rápidamente.

Francia acumula 300 ojivas y Gran Bretaña 220. La India y Pakistán poseen unas 120 cada uno. Israel no dice nada pero algunos le adjudican 80 cabezas nucleares y otros se extienden hasta más de 250. Norcorea, protagonista estelar de las pruebas y amenazas atómicas, contaría con entre 10 y 20.

En los últimos tiempos no han sido pocos los enfrentamientos entre los protagonistas de la Guerra Fría, que concluyó con el derrumbe de la Unión Soviética a comienzos de la década de 1990. La “mutua destrucción asegurada” había evitado la Tercera Guerra Mundial, que según dijo el Papa argentino varias veces desde que fue elegido, está en curso “por partes”.

Un choque abierto entre las grandes potencias nucleares sería devastador desde el primer intercambio de misiles y bombas nucleares sobre los respectivos territorios. Sobre todo por el uso seguro de las “armas de Satanás”, como llaman a los más perfeccionados misiles intercontinentales norteamericanos, rusos y, en menor medida, chinos. Cada uno es capaz de cargar diez ojivas nucleares para atacar otros tantos objetivos cuando el misil regresa en su fase final de ataque a la atmósfera terrestre. Podrían devastar un territorio grande como Francia en pocos minutos.

La inestabilidad creciente geopolítica impulsa a nuevos protagonistas, que se combinan con un presidente norteamericano como Donald Trump, capaz de cometer un desatino fatal que causaría reacciones en cadena catastróficas. El desorden acelera la llegada de Irán, Corea del Sur, Japón y otros países, ansiosos de asegurarse el paraguas nuclear propio.

Pero no hay que descartar errores que puedan desatar un desastre. Hace poco, con la muerte del más reconocido héroe que vivió en la guerra fría, el teniente coronel ruso Stanislav Petrov, se volvió a evocar cómo el mundo estuvo a punto de un holocausto el 26 de setiembre de 1983.

Petrov prestaba servicios en un centro de control de la red satelital soviética cerca de Moscú. Un mal funcionamiento de un satélite de prealarma ruso detectó erróneamente el lanzamiento de cinco misiles balísticos norteamericanos hacia la URSS.

El teniente coronel debía comunicar en tres minutos la noticia a sus superiores. Pero Petrov decidió ser lúcido en un momento tan difícil: cinco misiles no podían representar un ataque generalizado. Se negó a comunicar la noticia y por supuesto no pasó nada. El héroe soviético recibió felicitaciones y premios de todo el mundo. Pero también fue marginado por los superiores que no habían controlado bien la situación.

En 1985, un error de un satélite ruso convirtió un cohete científico noruego en un misil nuclear Trident que tenía a Moscú como objetivo. Por primera vez fue activado en forma completa el procedimiento para ordenar un ataque de represalia de las fuerzas nucleares rusas. Cuando llegaba el Apocalipsis, los satélites rusos indicaron que una isla noruega y no Moscú era el objetivo del misil y la cuenta regresiva fue anulada.

Si esas cosas ocurrían cuando las dos superpotencias tenían el monopolio del poder nuclear y podían remediar los errores, en el mundo multipolar actual, con crisis que brotan frente a un líder de EE.UU. incapaz y arrogante, más protagonistas que se multiplican con el dedo sobre el botón rojo y un rearme generalizado, están alzando continuamente el nivel de riesgo nuclear.


Fuente: Clarín