Miércoles 14.11.2018

El “Pato” Fillol asegura haber visto a Cristo

Fue, según el arquero, apenas terminó la final del '78, poco antes de que le sacaran la foto "el abrazo del alma". También reveló que rezó para que lo convocaran a la Selección. Lo cuenta Pablo Calvo en Clarín.
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Con esas manos lavó copas, cargó sifones, encarnó anzuelos, levantó paredes en San Miguel del Monte, hizo un bolso, se despidió, abrió la puerta de una pensión, amasó pan, lijó el arco de la cancha de Quilmes, le pasó antióxido, lo pintó de blanco, ahí entrenó, defendió ese arco, empuñó un fusil en la colimba, hizo la venia, firmó contrato con Racing, brilló, manejó hasta Núñez, se calzó el buzo de River, rezó para ser llamado a la Selección, se pellizcó cuando lo convocaron, saludó a la hinchada de los papelitos, le atajó el penal al polaco Deyna, le tapó un disparo a quemarropa a Rep, demostró contra Holanda una dimensión desconocida de los reflejos, la sacó por encima del travesaño, se persignó cuando llegó la final, cruzó los guantes sobre su pecho, la palma derecha sobre el hombro izquierdo y la izquierda sobre el derecho, sintió un escozor que le llegó hasta la punta de los dedos, se arrodilló, miró el pasto, quedó en silencio en medio del Monumental rugiente, y fue en ese instante, sin más testigos que su alma, que el Pato Fillol vio la cara de Cristo.

¿Cómo fue eso, Pato?
Fue el momento previo al abrazo del alma con el Conejo Tarantini y Víctor Dell’Aquila. Yo estaba solo. Termina la final, salimos campeones, se me aflojan las piernas, caigo arrodillado, cruzo mis manos, agacho mi cabeza y... se me aparece una imagen. Y fue lo más lindo, lo más hermoso y lo más fuerte que me pasó en mi vida. Todo el mundo desconoce eso, ahí empieza el abrazo del alma. Hay un diálogo, una imagen. Era Jesucristo. Tremendo. No sé en qué tiempo sucedió esa cosa maravillosa, pero sucedió. Y ahí vino el abrazo del alma, una foto hermosísima, pero no una simple foto, sino un testimonio de un momento muy especial de mi vida.

Tras años de vivir dolido por la vinculación que se hacia entre la Copa del Mundo de 1978 y la dictadura que en esos años avasalló los derechos humanos, considera que “por fin salimos del ostracismo deportivo al que nos había llevado esa situación”.

“El paso del tiempo ayuda, cicatriza. Ahora sentimos un reconocimiento enorme y el cariño de la gente se manifiesta como nunca. Yo no llegaba a darme cuenta que despertaba tanta admiración. Hoy hacen encuestas de arqueros y estoy siempre ahí”, se alegra Ubaldo Matildo, nombre único, convertido en sello de identidad.

El arquero más importante de la historia de la Selección Argentina ha regresado con recuerdos, embolsados en una autobiografía que presentó en la Feria del Libro, nada menos que junto a Víctor Dell’Aquila, el hombre sin brazos que le dio “el abrazo del alma”.

No son perfectas las manos de Fillol: hace poco maniobró mal su celular y borró de un saque todos sus contactos: “Pasame el teléfono de Víctor, que lo perdí y hace años que vengo prometiéndole un asado”, pide, mientras revuelve un pocillo de café.

Fillol revela que hay un momento sagrado en que sus memorias afloran, cuando sale en bote a pescar. Mecido por el agua, como buen Pato, le vuelven postales de su infancia, flashes de su carrera deportiva y anécdotas con personalidades del fútbol. “Pescar es maravilloso y estar en contacto con el agua me devuelve mucha energía. Le tiro al pejerrey, a la tarucha, a la lisa. Voy mucho a Corrientes, al Paraná, hay dorados, surubíes. Y pesco con devolución. A lo sumo saco un pescadito para comer ahí. Cuando me meto en una lancha y quedo solo en la inmensidad del mar o del río, viajo. Es una terapia tremenda para mí. Me siento en el limbo.” A veces en el limbo, y 40 años después de haber salido campeón del mundo y de haber sentido la presencia de Cristo, Fillol reconstruye su vida.

“Yo era el más chico de 4 hermanos, todos trabajábamos y estudiábamos para ayudar a la familia. Fui ayudante y mozo en el bar La Enramada de Monte, pinté casas rodantes en Quilmes, y en la panadería Garibaldi, donde iba de madrugada, me trataban de maravillas”, cuenta, para mostrar los cimientos de sacrificio que lo llevaron a la cima.

Fuente: Clarín