MUSULMANES - Por Ricardo Elía

Federico II de Sicilia, un líder inspirador

Amante de la cultura y el conocimiento, fue artífice del reino más pluralista y tolerante de la Baja Edad Media.
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El emperador Federico II de Hohenstaufen (“Alta Staufen”, un castillo y aldea de Suabia, Alemania), que vivió entre 1194 y 1250, fue el autor in- telectual de un movimiento religioso, cultural y social único sin precedentes. Sus efectos conmovieron al mundo de su época y perduraron en la conciencia religiosa de Italia.

Lo que caracterizó la renovación intelectual dirigida por Federico fue su sentido de la convivencia y el predominio de la cultura islámica.
Paradójicamente, el nombre Fede- rico, en alemán Friedrich, significa “Señor de la paz”. En una época en que los reyes sólo sabían hablar y escribir (algunos, ni esto último) en su lengua nativa, Federico II podía hablar en nueve idiomas y escribir en siete (italiano, siciliano, alemán, francés, griego, latín, árabe y hebreo).

Federico fue un hombre muy culto, un gran gobernante y sagaz estratega. Amaba la astronomía, las artes, la ingeniería, las ciencias naturales y se rodeó de los mejores científicos, poetas, filósofos, matemáticos, arquitectos, artistas y hombres de letras, en su gran mayoría musulmanes, artífices de un riquísimo período cultural. En su corte nació el idioma italiano luego elevado por Dante Alighieri a su máxima expresión.

En 1224 fundó la Universidad de Nápoles. Hasta las mujeres podían estudiar en las universidades de Federico, algo que no sucedió en el resto de Europa hasta el siglo XVIII. De hecho, muchas de ellas se destaca- ron como profesoras y en el ejercicio de la medicina.
Palermo, la sede de su corte, se convirtió en un gran centro cultural, en el que, tanto cristianos como musulmanes y judíos, trabajaron juntos.

Se creó en Palermo una Escuela de Medicina, con aportaciones de la ciencia griega y árabe. Y Federico II hizo traducir a Averroes, su filósofo predilecto.

Era tan aficionado a las matemáticas que persuadió al sultán de Egip- to Malik al-Kamil, sobrino de Saladino, con quien mantuvo una particular amistad, a que le enviara el famoso matemático y astrónomo Alam al- Din al-Hanafi.

En su corte fueron patrocinados los matemáticos Leonardo Fibonacci (1270-1250), que había estudiado el álgebra de Al-Juarismi (780-850), y Michael Scot (1175-1232), de origen escocés y traductor de Averroes.

En 1229, el emperador, al tiempo que negociaba con el sultán ayubí del Cairo, cargaba de preguntas sabias a los embajadores y cortesanos musulmanes para los doctores de Al-Ánda- lus, Irak, Egipto y Siria.

Como comandante general de la sexta cruzada (1228-1229) logró la temporal cesión de Jerusalén gracias a un acuerdo secreto con el sultán Ma- lik al-Kamil (1180-1238), el mismo que había dialogado ya con San Francisco de Asís diez años antes durante la quinta cruzada.

Federico demostró, con la conducta de toda su vida, hasta qué punto convenía el eclecticismo, el racionalismo y la búsqueda del conocimiento de los eruditos musulmanes, consejeros permanentes de su corte. En Lucera, uno de sus castillos de frontera, el emperador creó una colonia a la cual llevó a veinte mil musulmanes. Fue aquel un pueblo don- de se hablaba árabe en medio de la Italia cristiana. Lucera fue conocida en latín como Lucera Saracenorum (Lucera de los Sarracenos), una ciudad en la actual provincia de Foggia, a 240 kilómetros al sudeste de Roma.

Federico promovió los parámetros de la arquitectura islámica y gobernó la fusión estilística de los elementos islámicos y clásicos en la construcción de edificios y castillos. Un bello ejemplo de la arquitectura de Federico es la fortaleza octogonal de Castel del Monte, en Apulia, sur de Italia.

Cuando el 13 de diciembre de 1250 murió Federico en Castel Fiorentino, recibió los últimos sacramentos cristianos en un hábito cisterciense. Sin embargo hizo que lo enterraran con el abrigo rojo que llevaba las palabras bordadas por sus amigos con escritura árabe: “Este es un obsequio para el sultán”.

Su hijo Manfredo continuó la obra de su padre, pero con su muerte en la batalla de Benevento (1266) desapareció el reino más pluralista y tolerante de la Baja Edad Media.

Tanto a Federico II Hohenstaufen como al rey normando Roger II (1101- 1154), se les conoció como los “sultanes bautizados de Sicilia” por su interacción y amistad con los musulmanes.