Hacer de la vida una obra de arte

Por: Daniel Goldman

Año nuevo . La tradición hebra invita a recibir tanto las oportunidades como los imprevistos con actitud positiva.
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Itzjak Perelman se aprestaba a subir al escenario. El eximio violinista que había contraído polio de pequeño tomó sus muletas, caminó majestuosamente y se presentó ante su público. Acomodó la silla y al son de la orquesta comenzó a ejecutar su violín. Pero cuando se iniciaba en los primeros compases una cuerda de su instrumento saltó. La imagen del maestro era tensa y se podía percibir el nerviosismo en la sala a pesar del silencio. El público pensó que cambiaría de violín o que pediría asistencia, pero no fue así. Cerró sus ojos, los abrió nuevamente, observó al director, bajó su cabeza y continuó tocando. Otra cuerda le jugó nuevamente en contra, estallando por los aires. El público, electrizado, siguió con detalle lo que iría a pasar. Perelman, como un mago frente a la partitura, expresó un virtuosismo único. Debía encontrar en las cuerdas restantes la maravilla de la obra. Finalmente concluyó la sinfonía y la sala lo ovacionó de pie, con un aplauso único y ensordecedor. Fue ahí que, después de la ejecución magistral, pronunció: “Ustedes saben, algunas veces la tarea del artista es saber cuánta música puede producir con lo que queda”.

La vida es una obra de arte desarrollada en el devenir de un tiempo. En ese tiempo deseamos que todo obedezca de manera armónica y sin sobresaltos, pero a veces las circunstancias, la naturaleza o las acciones hacen que las cosas no se desenvuelvan acorde a lo que esperábamos.

Como las cuerdas del instrumento, se quiebran en lo mejor de una realización. Es ahí que lógicamente el temor nos invade. ¿Podré continuar o no? ¿Será que tendré la fortaleza necesaria como para sobrellevar el infortunio? ¿Tendré el vigor suficiente ante la desventura?.

Me viene la imagen de la mujer de Lot. Cuenta el texto bíblico que cuando el pueblo de Sodoma y Gomorra fue atropellado por una invasión de lava, ella y su familia pudieron escapar. Pero la orden había sido seguir caminando hacia adelante. En un momento determinado ella se detiene y tomándose su tiempo contradice el mandato, dándose vuelta hasta que la lava que ve- nía avanzando la transforma en estatua de sal.

Con todo respeto, soy consciente de que es imposible no mirar atrás. El ser humano está integrado en sus recuerdos, pero quedarse quieto creyendo que uno debe avanzar hacia lo pretérito nos fosiliza y nos ter- mina convirtiendo en estatuas.

Un año nuevo, según el calendario judío, posa sobre nosotros, lleno de evocaciones y remembranzas, de afecto y cariño. Seguramente algunas melodías del pasado siguen reverberando en nuestro espíritu. Muchas de ellas pueden ser reiteradas en el instrumento del alma y otras resultan difíciles ya que las cuerdas se quebraron. Aun así, a pesar de las dificultades y el paso del tiempo, la tradición hebrea nos enseña a mirar con optimismo hacia el futuro. Como en el ejemplo de Itzjak Perelman, sigamos escuchando y tocando las melodías del porvenir para que nuestro espíritu jamás se petrifique.
Shaná Tová- un buen año 5779.