ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

La reconciliación islamo-católica

Por: P. Guillermo Marcó

Reencuentro. Tras el malestar que provocó en el Islam un discurso de Benedicto XVI, el encuentro de Francisco con el líder sunita en El Cairo selló la normalización del vínculo. Y profundizó el diálogo.
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El papa Francisco, en su viaje a Egipto, visitó al Gran Imán de la universidad de Al-Azhar, la más alta (y antigüa) institución teológica y de educación religiosa del Islam sunita (la corriente mayoritaria) en el mundo. Vale aclarar que desde un discurso de Benedicto XVI en Ratisbona -donde citó una crítica de un emperador bizantino a Mahoma- se habían roto las relaciones entre la Santa Sede y la universidad. En aquel momento cuestioné el discurso del Papa en una entrevista a una revista diciendo que me había parecido “poco feliz” y que “se podía romper en cinco minutos lo que había llevado tantos años construir”. Después de muchas gestiones se pudo recomponer la relación, ya en tiempos de Francisco, quien invitó al Gran Imán Shaykh Ahmad al-Tayeb al Vaticano, que lo visitó en mayo de 2016. Este, a su vez, organizó e invitó a Francisco a una Conferencia Internacional de Paz en El Cairo.

A su llegada a la capital egipcia el Papa mantuvo una reunión privada con el Gran Imam Shaykh Ahmad al-Tayeb en su despacho. Tras un intercambio de dones, Francisco se trasladó en automóvil al Al-Azhar Conference Center para pronunciar un discurso ante los participantes en la referida conferencia. Allí el Papa se robó los corazones de sus oyentes al abrir el discurso con las palabras de deseo de paz en musulmán: “Al Salamò Alaikum: Es para mí un gran regalo estar aquí, en este lugar, y comenzar mi visita a Egipto encontrándome con vosotros en el ámbito de esta Conferencia”.

En una de las partes más importantes del discurso Francisco expresó: “Precisamente en el campo del diálogo, especialmente interreligioso, es- tamos llamados a caminar juntos con la convicción de que el futuro de todos depende también del encuentro entre religiones y culturas. El diálogo puede ser favorecido si se conjugan bien tres indicaciones fundamentales: el deber de la identidad, la valentía de la alteridad y la sinceridad de las intenciones”.
“El deber de la identidad -añade-, porque no se puede entablar un diálogo real sobre la base de la ambigüedad o de sacrificar el bien para complacer al otro. La valentía de la alteridad, porque al que es diferente, cultural o religiosamente, no se le ve ni se le trata como a un enemigo, sino que se le acoge como a un compañero de ruta, con la genuina convicción de que el bien de cada uno se encuentra en el bien de todos. La sinceridad de las intenciones, porque el diálogo, en cuanto expresión auténtica de lo humano, no es una estrategia para lograr segundas intenciones, sino el camino de la verdad, que merece ser recorrido pacientemente para transformar la competición en cooperación”.

Y concluyó: “Educar, para abrirse con respeto y dialogar sinceramente con el otro, reconociendo sus derechos y libertades fundamentales, especial- mente la religiosa, es la mejor manera de construir juntos el futuro, de ser constructores de civilización. Porque la única alternativa a la barbarie del conflicto es la cultura del encuentro; no hay otra. Y con el fin de contrarrestar realmente la barbarie de quien instiga al odio e incita a la violencia, es necesario acompañar y ayudar a madurar a las nuevas generaciones para que, ante la lógica incendiaria del mal, respondan con el paciente crecimiento del bien: jóvenes que, como árboles plantados, estén enraizados en el terreno de la historia y, creciendo hacia lo Alto y junto a los demás, transformen cada día el aire contaminado de odio en oxígeno de fraternidad”.