OPINION - AUTOR: DANIEL GOLDMAN

La vigencia de un antiguo invento

Por: Daniel Goldman

El libro, como objeto, no pudo reemplazarse, pese al imparable avance de la tecnología.
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En un tiempo donde el conocimiento escrito se almacena en pequeños implementos como diskettes, pendrives o chips, el libro como objeto, por suerte aún no pudo ser reemplazado. Desde librerías con escaparates que van del suelo al techo, pasando por pequeños puestos en plazas, y hasta las renombradas ferias de la cultura, se sostienen gracias a aquel antiguo invento que supo cobijar la puesta a punto de la identidad de civilizaciones enteras.

Como si fuese de manera mágica, la concepción "pueblos del libro" atribuida a los musulmanes, para referirse al conjunto religioso formado por ellos mismos, cristianos y judíos, conformó una categoría privilegiada en el arte de compartir creencias, visiones e interpretaciones convergentes y divergentes, permitiendo una vez más emparentares espiritualmente. El al-Andalus español fue tal vez el lugar de expresión que con mayor pureza y calidad intelectual plasmó la convivencia interreligiosa, y que condujo a que poetas y filósofos, místicos y novelistas pudieran intensificar el valor del libro. Reivindicar aquella experiencia permite comprender que la idea de "los pueblos del libro" no hace referencia a lugares sino a una denominación conceptual trasladable a cualquier espacio geográfico. Acompañados por este mismo sueño, hace pocos años atrás, un conjunto de académicos impulsado por el ingeniero Roger Calles, decidieron fundar un sello editorial con el objeto de difundir las obras que reflejan la función de los grandes maestros del pensamiento contemporáneo.

De modo simbólico decidieron nominar a esta editorial "Lilmod", que significa "estudio" en idioma hebreo. Apunta también al sentido de facilitar el acceso a la lengua española de aquellos trabajos fundamentales, indispensables para comprender, en este caso, la cultura hebrea.