UNA DE LAS 3 REVELACIONES A LOS PASTORCITOS

La vigencia de un “secreto” inquietante

Por: Jorge Rouillon

Para muchos, el tercer secreto de Fátima -que se difundió en 2000- presagiaba el atentado que sufrió Juan Pablo II en 1981. Sin embargo, el Vaticano cree que “conserva su sentido para tiempos futuros”. Por Jorge Rouillon
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Fue el gran secreto de la Iglesia del siglo XX, que despertó una creciente expectativa al compás del paso de las décadas. Porque la última de las tres revelaciones de la Virgen en Portugal a los tres pastorcitos, ocurridas en 1917 -el llamado “tercer secreto”- recién se conoció en el año 2000, casi un siglo después de producida. Muchos lo interpretaron como el aviso del atentado que el Papa Juan Pablo II sufrió el 13 de mayo -festividad de Nuestra Señora de Fátima- de 1981. Y si bien vaticinaba el asesinato de “un obispo vestido de blanco”, Karol Wojtyla sobrevivió. Por eso, el entonces cardenal Joseph Ratzinger, a la postre Benedicto XVI  el encargado de estudiar el caso-, llegó a decir en 2003 durante una entrevista al canal católico norteamericano EWTN que no podía excluirse que la revelación siga vigente y presagie el ataque a otro pontífice. “El mensaje conserva sentido para tiempos futuros. No lo podemos excluir. Incluso diría que tendremos crisis similares en la Iglesia y quizá ataques similares a un Papa”, dijo.

Lo cierto es que el famoso manuscrito que revela la tercera parte del llamado “secreto” de Fátima comenzó a mostrarse, con la autorización de Francisco, en la exposición “Secreto y Revelación” que se exhibe en el santuario de Fátima hasta el 31 de octubre. Y que puede verse en Internet en el sitio http://segredoerevelacao.fatima.pt Se trata de la carta que escribió en 1944 sor Lucía dos Santos (1907- 2005), que fue una de las tres testigos, contando el mensaje de la Virgen María. Lucía tenía diez años durante las apariciones y cuando escribió esa carta era la única sobreviviente de los pastorcitos. Sus primos, Francisco y Jacinta Marto, eran más chicos en 1917 y murieron poco después.

En 1944, Lucía era religiosa carmelita en Tuy, España, y entregó su escrito sobre el tercer “secreto” de Fátima en un sobre lacrado al obispo de Leiria-Fátima, dentro de otro sobre que decía que sólo podía ser abierto después de 1960. En el año 2000, por encargo del papa San Juan Pablo II, el entonces secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, monseñor Tarcisio Bertone, visitó a sor Lucía en Coimbra, Portugal, y le preguntó si la Virgen le había indicado esa fecha tope. Ella respondió: “No ha sido la Señora, sino yo la que ha puesto la fecha de 1960, porque según mi intuición antes de 1960 no se hubiera entendido, se hubiera comprendido sólo después. Ahora se puede entender mejor. Yo he escrito lo que he visto, no me corresponde a mí la interpretación, sino al Papa”.

Mucho se elucubró sobre qué diría el tercer misterio y por qué sería tan celosamente guardado. El primer misterio fue la terrible visión del infierno, que duró apenas un momento. “De no haber sido así, creo que hubiésemos muerto de susto y pavor”, escribió Lucía en 1941, aunque la Virgen les había prevenido a los chicos que ellos serían llevados al cielo. El segundo misterio decía que la guerra (la Primera Guerra Mundial) pronto acabaría, pero si los hombres no dejaban de ofender a Dios, en el pontificado de Pío XI comenzaría otra peor (como realmente ocurrió) y pedía consagrar Rusia al Inmaculado Corazón de María. En el tercer misterio, un ángel señalaba a la tierra clamando: “¡Penitencia!” y se veía a un obispo vestido de blanco -”hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre”-, que atravesaba una ciudad en ruinas, apesadumbrado, y llegado a un monte, de rodillas ante una cruz era muerto por soldados que le disparaban tiros de armas de fuego y flechas. El 13 de mayo de 1981, en Roma, Juan Pablo II fue atacado a tiros por el extremista turco Alí Agca. ¿No podía el Santo Padre, cuando después del 13 de mayo de 1981 se hizo llevar el texto del tercer “secreto”, reconocer en él su propio destino?, se preguntó el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Ratzinger.

“Había estado muy cerca de las puertas de la muerte -escribió- y él mismo explicó el haberse salvado, con estas palabras: “…fue una mano materna a guiar la trayectoria de la bala y el Papa agonizante se paró en el umbral de la muerte.” Ratzinger ref lexionó: “Que una “mano materna” haya desviado la bala mortal muestra sólo una vez más que no existe un destino inmutable, que la fe y la oración son poderosas, que pueden influir en la historia y que, al final, la oración es más fuerte que las balas, la fe más potente que las divisiones”.

Una coincidencia: el 13 de mayo, día del atentado, era el día en que se conmemoraba la primera de las apariciones de Fátima. Días después, aludiendo a un proverbio polaco, el Papa convaleciente dijo: “Una mano disparó, otra desvió la bala”. Un año después, el 13 de mayo de 1982, Juan Pablo II visitó Fátima. Y quiso colocar la bala que le extrajeron en la corona de la Virgen del santuario portugués, donde está engarzada desde 1984. En abril de 2000, Juan Pablo II envió a Bertone a ver a Lucía para preguntarle sobre la interpretación de esta tercera parte. “Reverenda Sor Lucía -le escribió-, puede hablar abierta y sinceramente a Monseñor Bertone, que me referirá sus respuestas directamente a mí”.

El 13 de mayo de ese año, Juan Pablo II beatificó en Fátima a Francisco y Jacinta, y antes de la misa, conversó unos minutos con Lucía. Ese día, el secretario de Estado de la Santa Sede, cardenal Sodano, por indicación del Papa, hizo público el secreto de la cartaguardada en Roma desde 1957.

Quizá decepcionó a quienes esperaban novedades estrepitosas. “No se revela ningún gran misterio; no se ha corrido el velo del futuro”, dijo Ratzinger. Ya en 1996 había señalado a los curiosos que la Virgen no presenta “visiones apocalípticas, sino que guía a la gente a su Hijo”. La profecía, en el sentido bíblico -agregó en 2000-, no quiere decir predecir el futuro, sino explicar la voluntad de Dios para el presente. La Iglesia distingue entre revelación pública y revelaciones privadas. La primera, la única acción reveladora de Dios a los pueblos, concluye en Cristo, se expresa en la Biblia. Las revelaciones privadas -como Fátima- no exigen un asentimiento de fe católica, y su función no es “completar” la revelación pública sino ayudar a vivirla mejor, a comprender “los signos de los tiempos”. ¿Pero siguen vigentes los presagios?