en las afueras de madrid

Para reparar profanaciones de la Guerra Civil construyó una catedral

Justo Gallego tiene 91 años y cerca de los 30 comenzó a construir el templo sin permisos municipales ni eclesiales aunque cuenta con el apoyo informal del clero local. “El único plano está en mi cabeza y lo hago día tras día”, dice sin ser arquitecto.
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En febrero, Justo Gallego cavó su propia tumba, literalmente, en la cripta de la iglesia que ha estado construyendo ahí, ladrillo por ladrillo, desde principios de 1960. Gallego, de 91 años, recientemente cambió de residencia; se mudó de la casa de unos familiares al entorno más espartano del templo que ha construido. Quiere asegurarse de que morirá en el lugar que se ha convertido en su misión de vida.

“Mi vocación me ha traído a este lugar y aquí es donde estoy preparado para mi calvario, al igual que Jesucristo, quien nos enseñó a sacrificarnos por los demás”, comentó Gallego, mientras arrojaba madera a una estufa de su rudimentaria habitación, ubicada al lado del altar y donde duerme sobre un tablón sin colchón.

Tal vez Gallego esté listo para enfrentarse a la muerte, pero algunos de los residentes de este poblado temen lo que podría ocurrir con su extraordinario proyecto sin él. Gallego nunca ha contado con un permiso de construcción ni financiamiento público, pero se las ha arreglado para erigir un edificio emblemático en su poblado de 23.000 habitantes en las afueras de Madrid.

Su ambicioso proyecto se conoce como la Catedral de Justo, aunque no ha recibido respaldo oficial de los funcionarios de la Iglesia católica. La iglesia, flanqueada por dos claustros y coronada por una cúpula inacabada de 38 metros, atrae a turistas durante el fin de semana, que ayudan a mejorar la economía local.

“Este hombre ha construido algo increíble contra todo pronóstico y lo convirtió en un símbolo para nuestro pueblo”, dijo Víctor Morillo, un residente que puede ver la cúpula desde el balcón de su departamento. “El ayuntamiento debería haberle prestado mucha más ayuda y no debería permitir que nada malo le ocurra a su catedral tras su muerte”.

Sin embargo, Gallego se muestra indiferente ante este tipo de apoyo, tal como se ha mantenido inamovible en el pasado ante las críticas hacia su proyecto y a su propia personalidad, pues algunas veces lo han ridiculizado como un exmonje glorificado. Tampoco se inmuta ante el hecho de que nunca ha recibido financiamiento público alguno, incluso en un país de mayoría católica cuya infraestructura ha sido subsidiada enormemente.

“No he estado construyendo esto para que me den dinero ni por fama; tampoco estoy aquí para oír si a la gente le parezco loco u original”, dijo. “Soy plenamente responsable de mis actos y no ando viendo qué opinan las autoridades”. A pesar de la falta de permisos, nadie habla de echar abajo la iglesia; no obstante, nadie asegura tampoco cuál será el futuro del proyecto a largo plazo.

Encarnación Martín Álvarez, funcionaria a cargo de la planeación urbana en esta localidad, dijo que la ciudad no podía financiar a Gallego debido a restricciones presupuestarias y a que tampoco había hecho un plan para garantizar la continuación del proyecto, a pesar de su creciente importancia para el pueblo y su identidad.

Gallego nació en este pueblo en 1925, el día en que se celebra la fiesta de la santa patrona, la Virgen de las Angustias. A los 27 años, entró a un monasterio en la provincia norte de Soria, pero se le ordenó abandonarlo ocho años después, tras contraer tuberculosis, por poner en riesgo la salud de los demás monjes. Al recobrar la salud en un hospital de Madrid, Gallego regresó a su ciudad natal, donde decidió convertir un terreno de su familia en un lugar de culto, sin la bendición de la Iglesia católica.

Dijo que su proyecto era un acto de fe, motivado en parte por su deseo de resarcir la profanación de la que fue testigo durante la Guerra Civil española. Durante la guerra, cuenta: “Vi a los comunistas destruir todas las iglesias de aquí; la gente se reía y bailaba sobre las ruinas”, comentó. “Pero cuando uno cree, uno también puede reconstruir un lugar hermoso con sus propias manos”. Y así fue. Gallego ha construido la mayor parte de la iglesia sin contar con capacitación alguna de arquitecto o ingeniero civil, con material reciclado como latas de comida, ladrillos defectuosos y otros desechos de las fábricas locales y sitios de construcción. Los capiteles de algunos de los pilares de concreto de la iglesia están hechos de neumáticos usados, pintados de gris para que asemejen el color del resto del material. Aún falta parte del techo, pero ya hay frescos en los muros.

Gallego ha financiado su obra vendiendo tierras de cultivo de la familia, además de contar con donaciones.
Ha celebrado ceremonias religiosas en el lugar, pero el suelo sigue sin consagrarse. “Muchos miembros de la iglesia institucional lo consideran un fanático que no debería ser tomado en serio, pero yo lo considero un ejemplo para la humanidad”, dijo María Teresa Alonso, jubilada de un pueblo cercano que visita Mejorada del Campo ocasionalmente y ha donado fondos para ayudar a Gallego. “Dicen que la fe puede mover montañas, pero aquí vemos que la fe también puede construir una catedral increíble”.

Gallego ha recibido apoyo informal de miembros del clero local. “Se han quejado de él, pero lo apoyamos todo lo que podemos”, comentó Pedro Luis Jiménez Langa, párroco del pueblo. “Es un trabajo excepcional, es un buen hombre”.

Dado que su salud se deteriora, Gallego ha confiado cada vez más en amigos y voluntarios para que lo ayuden con la construcción. Un empresario local ofreció una grúa para elevar la cúpula, en tanto que algunos admiradores han donado esculturas y decoraciones religiosas, en lugar de dinero. No obstante, no se agrega nada sin el consentimiento de Gallego, en especial si desentona con los arcos y otros diseños circulares que adora, inspirados de manera muy libre en el estilo romanesco. “Eso no se va a ver nada bien en ningún lado”, sentenció Gallego, mientras estudiaba una paloma azul hecha de rafia que le dieron en donación, pero que dejó en el piso.

Mientras algunos cuestionan la salud mental de Gallego, los que lo apoyan debaten si su obsesión tiene algo de malo. “¿En verdad cree que un loco podría construir algo como esto?”, preguntó Pablo Cantuel Gallego, sobrino de 64 años del constructor y quien ha estado ayudándolo desde que era niño. “El único problema que tiene mi tío es que es de otro siglo. Él piensa y habla como nadie puede imaginarse ahora”.

“El único plano está en mi cabeza y lo hago día tras día”, dijo Gallego, con una sonrisa que dejó ver una dentadura incompleta. “Pero Jesucristo es el único que hace los planes verdaderos y decide en última instancia lo que deberá suceder”.

Fuente: The New York Times