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Por qué se pelearon San Pedro y San Pablo

Mientras que el apóstol de los gentiles consideraba que los paganos convertidos al cristianismo no debían observar las prescripciones judías como, por caso, circuncidarse, el primer Papa sostenía lo contrario. Las lecciones de una disputa clave.
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Por Ariel Alvarez Valdés *

Una de las disputas más duras que se registra en la Biblia es la que sostuvieron Pedro y Pablo en la ciudad de Antioquía, a fines del año 48, cuando ambos se encontraron allí por cuestiones misioneras. La discusión fue tan grave que, siglos más tarde, y para disimular el escándalo, san Jerónimo explicó que fue una pelea simulada. Pero san Agustín le hizo notar que se había tratado de una verdadera pelea.

¿Cuál fue el motivo? San Pablo lo cuenta en su carta a los gálatas (Gal 2). Todo comenzó en Antioquía de Siria (480 kilómetros al norte de Jerusalén), donde en la década del 30 se había formado una comunidad cristiana extraña y original, pues se habían incorporado en ella por primera vez numerosos paganos. Era una iglesia diferente y revolucionaria: la primera comunidad mixta de la historia (Hch 11,20-21). Allí trabajaban como dirigentes Pablo y Bernabé (Hch 11,22-26).

En cierto momento, surgió allí la cuestión de si era obligatorio para los nuevos cristianos cumplir también con las leyes de Moisés. ¿Debían los cristianos de la comunidad hacerse también judíos para formar parte de la Iglesia?

El gran experimento

Después de reflexionar, los dirigentes antioquenos concluyeron que, si Cristo ya nos había salvado con su muerte y resurrección, no era necesario seguir observando las normas judías. Por lo tanto, se autorizó a los cristianos a no cumplir los preceptos judíos.

La noticia de esta nueva postura de Antioquía llegó pronto a la iglesia madre de Jerusalén, y sus dirigentes, más conservadores, vieron con malos ojos lo que estaba sucediendo. ¿Cómo se habían atrevido los antioquenos a abandonar la Ley de Moisés? Eso equivalía a tirar por la borda mil años de tradición. Enviaron entonces a Antioquía algunos delegados para ver si eran ciertas las noticias que provenían de allí (Hch 15,1).

Pablo se molestó con la llegada de estos enviados, a tal punto que en su carta los llama “intrusos”, “falsos hermanos”, “infiltrados”, y “espías” (Gal 2,4), y la división estalló pronto en la comunidad. Mientras algunos aceptaron a los enviados, otros los rechazaron. Los dos grupos de cristianos empezaron a mirarse con desconfianza, y un clima enrarecido se instaló en la otrora feliz Antioquía.

Para acabar con las tensiones y aclarar la cuestión, los antioquenos decidieron enviar una delegación a Jerusalén, formada por Pablo, Bernabé y Tito, con el fin de debatir el tema (Gal 2,3). Era el año 48.

El éxito paulino

Pablo y sus compañeros se reunieron con las autoridades de Jerusalén, y expusieron cuál era el Evangelio que predicaban. Hubo un intenso debate (Hch 15,7), pero al final los dirigentes de la Iglesia madre aceptaron su postura. Accedieron a que Pablo y Bernabé continuaran con la misión antioquena evangelizando a los paganos, sin obligarlos a circuncidarse ni a cumplir la Ley judía, mientras los cristianos de Jerusalén seguirían dedicados a la misión entre los judíos (Gal 2,9).

Esta asamblea significó un resonante triunfo pastoral para la delegación antioquena. Pablo estaba feliz. No le habían impuesto ninguna condición (Gal 2,6), habían reconocido su trabajo, y la teología antioquena de que el hombre se salva sólo por Jesucristo y no por la Ley judía había sido aprobada. La controversia parecía haber terminado bien.

La visita desastrosa

Para mejor, poco después llegó Pedro de visita a Antioquía, y pudo comprobar la exitosa labor que Pablo y Bernabé realizaban allí. Vio cómo había crecido la comunidad, y cómo vivían los hermanos, libres de toda ley incómoda y asfixiante, muy distinto a Jerusalén. Se sintió tan a gusto, que se sumó al estilo de vida de Antioquía.

Pero entonces sucedió la tragedia. Llegaron a la ciudad unos cristianos de Jerusalén, pertenecientes al ala más dura, y al ver el comportamiento libre de Pedro, comiendo con paganos, aceptando todo tipo de alimentos y viviendo sin sujeción a la Ley, se molestaron con él.

¿Qué le dijeron? No lo sabemos. Lo cierto es que, temiendo provocar un escándalo frente a los recién llegados, decidió dar marcha atrás, y asumir de nuevo una actitud más estricta, apartándose de los cristianos-paganos y juntándose sólo con los cristianos-judíos, rompiendo así la unidad de la iglesia (Gal 2,12).

La hora del crepúsculo

Y aquí fue donde se produjo la famosa pelea entre Pedro y Pablo. Este, “delante de todos”, lo reprendió duramente (Gal 2,14). Lo llamó “hipócrita”, lo mismo que a Bernabé y a los demás cristianos-judíos (Gal 2,13). ¿Acaso habría que celebrar ahora dos misas separadas? ¿Habría que tener dos comunidades distintas, y hacer dos reuniones diferentes? Para Pablo estaba en juego “la verdad del Evangelio” (Gal 2,14), es decir, la igualdad de derechos de los paganos. ¿Acaso no se había decidido eso ya en Jerusalén? Volver a la práctica anterior era dar un paso atrás.

Había que tener muy claras las ideas para llamar “hipócrita” al jefe de la Iglesia. Y Pablo las tenía. Pero todo fue inútil. Pedro no cedió. Y Pablo comprendió que estaba perdido. Ya no tenía nada que hacer en Antioquía. La misma comunidad aceptó volver a las prácticas judías. Entonces solo y derrotado, molesto con Pedro (Gal 2,14), con Bernabé (Hch 15,39), con los dirigentes de Jerusalén (Gal 2,6), y con toda la comunidad (Gal 2,13), decidió marcharse y emprender una nueva misión, lejos, entre los paganos, donde pudiera hacer valer las decisiones de la asamblea de Jerusalén sin injerencias de los más rígidos.

Aprender de las diferencias

Pablo salió derrotado en su discusión con Pedro. Dolido y desilusionado, tuvo que abandonar Antioquía. Pero el tiempo le dará la razón, y su propuesta de prescindir de la Ley, que había sido rechazada, se convertirá más tarde en la norma general de las comunidades cristianas, y finalmente se impondrá en toda la Iglesia universal.

Sin embargo, más allá de su éxito póstumo, la disputa entre Pedro y Pablo nos deja una gran enseñanza en la Iglesia. Nos muestra a Pedro dispuesto a debatir, dialogar y confrontar con Pablo. Nunca consideró un error la postura de Pablo, aun cuando no la compartiera. Y gracias a ese altercado, se pudo repensar, discutir y examinar una de las cuestiones fundamentales de la fe cristiana, como es la de la salvación que trajo Jesucristo.
El gran mensaje que nos dejaron estos dos pilares del cristianismo, es que la Iglesia debe aprender a discutir y a dialogar todos los temas, incluso los más graves y comprometidos, aun cuando parezca que la postura contraria es errónea. Porque como dijo Rabindranat Tagore: “Si cierras la puerta a todos los errores, terminarás dejando afuera a la verdad”.



* El autor es licenciado en Teología Bíblica (Jerusalén) y doctor en Teología Bíblica (Salamanca)