El análisis

Sodano, un interminable dolor de cabeza para Bergoglio

Por: Sergio Rubin

El cardenal fue nuncio en Chile en la época de Pinochet. Y luego secretario de Estado de Juan Pablo II. Modeló a la Iglesia chilena. Y nunca sintió aprecio por el actual Papa.
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Una de las principales preguntas que surge ante el pésimo gestionamiento del Episcopado chileno de las denuncias de abuso cometidos por clérigos es cómo se pasó de una de las Iglesias más prestigiosas de América Latina durante la dictadura de Augusto Pinochet –con sus denuncias por las violaciones a los derechos humanos, el compromiso con los más necesitados y figuras como el legendario cardenal Silva Enríqueza la actual con la peor imagen en la región.

Acaso hayan tenido mucho que ver los aires conservadores del papado de Juan Pablo II y, en particular, uno de sus personajes más cuestionados y poderosos: el cardenal Angelo Sodano, probablemente el principal enemigo interno de Jorge Bergoglio cuando era arzobispo de Buenos Aires. Es que Sodano fue Nuncio Apostólico (embajador del Vaticano) en Chile durante entre 1977 y 1988. De aquella época, sus críticos le atribuyen su buena relación con Pinochet y su falta de compromiso con los derechos humanos.

Como nuncio tenía injerencia en el nombramiento de obispos y, en ese sentido, se lo señala como el gran impulsor de un Episcopado conservador que cortara amarras con el otrora progresista. Ello sin perjuicio de la valiente intervención de Juan Pablo II en el conflicto por el Beagle y su prédica en favor de la vuelta a la democracia en Chile durante su viaje de 1987.

Pero Sodano gozaba de gran reconocimiento del Papa polaco, al punto que lo escogió tras el destino en Chile nada menos que como su número dos: secretario de Estado del Vaticano. Favorecido por la poca atención que Juan Pablo II le prestaba a la curia romana y su entrega a los viajes por el mundo, Sodano fue adquiriendo una influencia enorme.

A la par que crecían los cuestionamientos a sus manejos econó- micos en relación con sus vínculos familiares. En la Argentina se lo conoció por sus estrechos vínculos con el entonces presidente Carlos Menem, cristalizado en el alineamiento antiabortista con la Santa Sede en los foros internacionales.

De hecho, Menem fue condecorado por el Vaticano. Pero esa cercanía Sodano-Menem produjo chispazos con el episcopado argentino, que denunciaba la corrupción y pobreza de aquella época. En ese episcopado iba emergiendo la figura de Jorge Bergoglio, que cuestionaba el tipo de relación de la Argentina con Sodano. De a poco empezó a especularse con operaciones de los sectores más conservadores del Vaticano y de la propia Iglesia argenti- na (eran y son minoría) para desplazar a Bergoglio del arzobispado porteño y arrumbarlo en un cargo intrascendente en Roma.

Muchos aseguran que esas operaciones prosiguieron -y alcanzaron máxima intensidad- durante el kirchnerismo, cuando el matrimonio Kirchner –que consideraba a Bergoglio el “jefe espiritual” de la oposición- se percató de que el arzobispo porteño no la tenía fácil en el Vaticano y con el propio Sodano. Incluso se dijo que el entonces jefe de Gabinete Sergio Massa había “comprado” esa idea, lo que le habría valido la antipatía del futuro Papa, que perduraría hasta la actualidad.

Lo cierto es que Sodano fue –y parece que sigue siendo en su retiro, a sus 91 años- un dolor de cabeza para Bergoglio. Porque constituyó una amenaza para su estabilidad en Buenos Aires y ahora tiene que ver con su mal paso en el caso Barros. Porque su defensa del obispo chileno se debió a la “información equivocada” que le suministró en buena medida el Episcopado que modeló Sodano.