a 24 años de la matanza

Sor Helene, la monja que salvó a cien chicas del genocidio de Ruanda

La religiosa protegió a las alumnas de su escuela de Enfermería durante la masacre en que otros clérigos entregaron a las víctimas. Por una guerra civil, durante casi tres meses se persiguió y asesinó a 800.000 tutsis.
Comparte

Sobrevivientes del genocidio de 1994 en Ruanda cuentan que iglesias, colegios religiosos y estadios se convirtieron en cerca de 100 días en mataderos, pero hubo una excepción: la escuela femenina de una monja que salvó a un centenar de jóvenes.

Helene Nayituliki o sor Helene, como la conocen muchos, acogió a las estudiantes en la Escuela de Enfermería y Obstetricia de la localidad de Rwamagana, en la Provincia Este de Ruanda.

Hutus y tutsis, los dos grandes grupos étnicos de Ruanda, convivían como vecinos y compartían una historia y una cultura, hasta que el 7 de abril de 1994 comenzó la matanza que causó la muerte de unos 800.000 tutsis y hutus moderados.

Los testigos dicen que durante la masacre los clérigos entregaban a las víctimas a las milicias armadas o que incluso las mataban, aunque hubo algunas religiosas, como sor Helene, de la etnia hutu, que se negaron a participar en la barbarie.

"Yo seguí mi conciencia, que era congruente con la moralidad y la obligación de una madre de proteger a sus estudiantes y al personal con el que trabajaba", recuerda Nayituliki en una entrevista con Efe al cumplirse 24 años de la tragedia desatada por miembros de la mayoría hutu contra la minoría tutsi.

Las imágenes de cuerpos bañados en sangre por todas partes le llevaron a pensar que sus alumnas serían una presa fácil para los asesinos que, en ese momento, andaban al acecho de vidas de tutsis inocentes.

Nacida en mayo de 1955, la hermana Helen recuerda un encuentro con unos atacantes que le pedían que entregase a una joven viuda que viajaba con ella en el coche, mientras huían a lo que creían una zona más segura.

"Sinceramente -rememora-, les dije que si querían matarla a ella me tenían que matar a mí primero. Discutimos durante horas hasta que me dejaron continuar".

Cuando el genocidio comenzó, sor Helene hizo acopio de comida y pidió a sus estudiantes de ambas etnias que no saliesen del centro y estuvieran en silencio.

"El peor momento -explica- fue el 6 de abril de 1994, cuando el avión que transportaba al presidente (ruandés, el hutu) Juvenal Habyarimana fue derribado", suceso que provocó su muerte y la de mandatario burundés, Cyprien Ntaryamira, que lo acompañaba, lo que a la postre desató el genocidio, que duraría hasta el 4 de julio.

"Las milicias Interahamwe (grupos paramilitares hutus), que habían acampado en Rwamagana y donde ya habían matado a una gran cantidad de tutsis, irrumpían cada dos por tres en mi escuela preguntado por quienes se encontraban dentro", cuenta con voz suave, pero haciendo pausas constantes.

Las milicias estaban dispuestas a matar a las estudiantes: "Tenía a 50 estudiantes a las que se unieron otras jóvenes, pero yo estaba determinada a salvarlas a todas a pesar de su etnia".

En el punto álgido de la tragedia, esta monja decidió fletar un camión para huir con las jóvenes a una zona que creía más segura.

"Como no todas eran estudiantes mías -relata-, hice uniformes y tarjetas de identificación para todas y nos preparamos para huir. Les dije que entrasen en el camión rumbo a Butare (suroeste)".

En el camino, se toparon con un puesto de control de hutus que interceptó el vehículo.

"Presenciamos cómo mataron a jóvenes tutsis. Les agarraban y llevaban a una zona que entonces servía de mercado de ganado", dice la religiosa.

"Les supliqué piedad durante horas para que no le hicieran lo mismo a mis estudiantes, y les ofrecí dinero como última opción para que cambiaran de idea". Al final, matiza con alivio, las dejaron regresar a la escuela de Rwamagana.

Sor Helene y las jóvenes vivieron en la escuela días de terror. Tanto las estudiantes tutsis como hutus estaban atemorizadas, ya que los asesinos no sabían determinar su grupo étnico, lo que les abocaba a todas al mismo destino mortal.

Para sobrevivir, la hermana tuvo que sobornar a los verdugos, que incluso pusieron fecha a la sentencia de muerte de las chicas: el 21 de abril.

Como si se tratara de un milagro, grupos armados del Frente Patriótico Ruandés (RPA), el actual partido del presidente Paul Kagame, llegaron a tiempo de liberar a las estudiantes de la escuela y llevarlas a un hospital seguro.

Años después, la Iglesia católica pidió perdón por los crímenes cometidos por miembros de esa fe y algunos religiosos católicos fueron incluso condenados por su participación en el genocidio.

Sor Helene, por su parte, recibió en 2007 de manos de Kagame una condecoración por su valentía en esos días negros que conmocionaron al mundo.


Fuente: EFE