LA CASA DE LA DIVINA MISERICORDIA

Un hogar lleno de amor en el final de la vida

Por: María Montero

Bajo la inspiración de la Madre Teresa, se acompaña a enfermos terminales en un hospice gratuito abierto a todos.
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“¿Qué hacemos en nuestra casa cuando un familiar se encuentra enfermo? Lo cuidamos, le damos amor, le preparamos su comida favorita, estamos atentos a sus necesidades y dolencias... ¡hacemos hasta lo imposible para que se sienta mejor! Y eso mismo es lo que nosotros hacemos con cada uno de nuestros pacientes y familias”. Este es el fundamento del Hospice Madre Teresa, una institución católica laica, abierta a todos los credos, que brinda cuidados paliativos de forma gratuita, a quienes padecen una enfermedad progresiva e incurable, respetando su dignidad hasta su fin natural.

El cuidado paliativo significa mitigar, dar alivio ante enfermedades que no responden al tratamiento curativo. Entonces, se deben controlar los síntomas, como fuertes dolores, reducir los problemas psicológicos y existenciales como la depresión, el miedo a la muerte, los remordimientos o la falta de esperanza. Además de implicar una contención para las familias, que también necesitan asistencia para pasar la experiencia de tener un familiar con una enfermedad terminal.

En la “Casa de la Divina Misericordia” del hospice todo esto está contemplado y se hace efectivo a través de un grupo de voluntarios que cumplen turnos de cuatro horas semanales cubriendo día y noche. Además de un plantel rentado de enfermeras que atiende las cuatro camas de internación. El año pasado, por ejemplo, pasaron por la casa más de 160 huéspedes.
Todo comenzó en 2003 cuando el doctor Cristian Viaggio, fundador del Hospice, decidió trabajar allí como voluntario y dejar la medicina privada para dedicarse a la pública.

En ese entonces pudo observar que quienes se encontraban en situación de enfermedad terminal estaban desamparados por el sistema de salud. Esto se unió a una vocación interior de asistir a los más vulnerables al conocer, por los medios, a la Madre Teresa de Calcuta.
Según Viaggio, el primer espacio surgió de manera providencial a partir de la apertura de la casa del esposo de una persona que habían acompañado anteriormente. Años después, al necesitar venderla, comenzaron a soñar con un lugar propio.

Así, en 2012 a través de una donación pudieron finalmente comprar los lotes en Luján, provincia de Buenos Aires, donde hoy se levanta la “Casa de la Divina Misericordia”, del hospice Madre Teresa.

Para afrontar los gastos la obra mantiene un sistema solidario de socios y padrinos que suman pequeños aportes de mucha gente. Pero uno de los mayores ingresos llega a través de la venta de fotografías ìnéditas de la Virgen de Luján, tomadas por el fotógrafo Adríán Melo (ver el recuadro “Una muestra de fotos de la Virgen, a beneficio del hospice”).

Cesar Pelaez, actual director del hospice y voluntario, asegura que las personas que se acercan de alguna manera a ayudar, no son diferentes al resto. “Están estresados, trabajan, tienen familia y problemas como todos -dice-, pero este lugar es un soplo de paz. Es suficiente con tan solo estar en silencio al lado de quien sufre, acompañar, rezar”.

La fe, considera Pelaez, enseña a aceptar la muerte como algo natural. “Te lleva a un nivel de humildad y de valoración de la vida que aunque parezca contradictorio, da mucha felicidad, entonces la despedida pasa a segundo plano”. Y señala que a diario se aprende mucho de los enfermos, porque quienes están en esa última etapa se convierten en personas más elevadas espiritualmente. “Muchas hablan de la reconciliación o de esperar cerrar un ciclo con un familiar, cuando sienten que nada tiene sentido, comienzan a tener dimensión otras cosas”.

Para la familia de Elsa, una huésped que fue acompañada hasta el final, el lugar los ayudó a sobrellevar los últimos momentos. “Así –dicen-, el momento de la despedida llegó y allí. cobijados, pudimos entender que el amor nos une y únicamente la vida nos separa”.