Una lectura para redescubrir rituales

Por: Daniel Goldman

Levítico. También conocido como el manual de los sacerdotes, oficia de guía sobre cómo vivenciar ciertas prácticas.
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La lectura semanal del Pentateuco es una de las tradiciones más antiguas que se realizan en la sinagoga y en estos días concluimos con el libro del Levítico, también conocido como el Manual de los Sacerdotes. En él se establecen con minuciosidad los pormenores y requisitos de cómo se realizaban los sacrificios de animales y los modos de otorgar las ofrendas.

Es un texto al que los maestros de la exegesis dedicaron pocos comentarios y escasas interpretaciones. Su lectura no es atrapante como la de la maravillosa saga familiar del libro de Génesis, el impactante drama del Éxodo o la majestuosa entrega de los diez mandamientos en el monte Sinaí. Pero su repaso tiene, por cierto, otro efecto: el de enseñarnos el valor de los rituales.


Así nos indica el profesor Arnold Eisen cuando dice que el Levítico “lo ayuda a nortear la brújula en el desierto de la historia, valorando los rituales y su sentido de animación”. Rashi, un maestro del Medioevo, lo ilustra de manera poética, al afirmar que los rituales fue- ron creados por los ángeles celestiales, siendo el lenguaje que utilizan para expresarse afecto unos a otros.

El ritual es un modo de redescubrir el encanto de la maravilla, y la fuerza del asombro en nuestra vida. Que ejerzamos ciertos rituales con formalidad, no hace que el ritual se transforme en sinónimo de formalidad. El ritual nos permite comprender, vivenciar y metabolizar los temas intrascendentes para hacerlos importantes en la existencia. Solo a modo de ejemplo cito:

* Rituales que nos permiten agradecer el crecimiento de nuestros hijos (bar/bat mitzva).
* Rituales que nos consienten manifestar nuestro amor en la pareja (casamiento).
* Rituales que nos ayudan a elaborar la terrible ecuación de la finitud y la muerte (entierro).

Y sin ir más lejos, cuántos rituales existen en la vida cotidiana que nos hacen expandir el desarrollo de nuestro propio ser y acortar distancias con el semejante. No hay quien no viva rodeado con rituales. Cariñosas llamadas de cumpleaños, cálidos abrazos o humildes pedidos de disculpas, nos permiten hacer más fácil lo que a veces resulta difícil. Costumbres, rutinas, usanzas, son todas variantes culturales de los “rituales”, que en definitiva son expresiones simbólicas de nuestra propia humanidad que diseñan el modo de acercamiento hacia uno mismo y hacia el otro.

Si la existencia es un modo de ejercer los vínculos, el ritual es la manera de enhebrar artesanalmente las sensaciones en la vida. Este espíritu encantador es el que me brinda la lectura del Levítico.