entre el cielo y la tierra

Una parábola de la coherencia

Por: P. Guillermo Marcó

Había una vez un profeta que cautivó y fue ungido por su pueblo, que luego le dio la espalda ante la adversidad. Pero su apego a sus principios en un país falto de ejemplaridad le valió el reconocimiento póstumo.
Comparte

Los medios de comunicación nos tienen acostumbrados a una catarata cotidiana de palabras. Cuando se recurre a los archivos, muchos de los que formulan declaraciones quedan en un brete, ya que antes afirmaban cosas que hoy no sostienen o, lo que es peor, dicen ahora todo lo contrario. Los archivos ponen en evidencia las contradicciones: lealtades que se convirtieron en traiciones, posiciones que se negaron con lo hechos, promesas que quedaron sin cumplir, patrimonios que se engrosaron de manera poco transparente…
La coherencia es la correcta con ducta que se mantuvo a lo largo de la vida. Esa actitud vuelve a la gente confiable con el paso del tiempo, la hace “creíble”.
En el plano de las relaciones personales, muchas personas tienen varias máscaras, que van eligiendo de acuerdo a quién los escucha. Es común que no pocos adultos esgriman un discurso con sus hijos, otro con sus amigos y otro en el trabajo. Como en el teatro griego, donde un mismo autor escenificaba diferentes personajes, las máscaras varían.
Ser coherente no significa ser intransigente; uno puede experimentar la riqueza del diálogo que lo abrirá a nuevas perspectivas. La palabra diálogo viene del griego “día”: a través de, y de “logos”: idea o pensamiento. En la propia vida podemos y debemos mantener nuestros principios, pero el diálogo
con los que piensan y sienten diferente nos enriquece.
Cada uno de nosotros debería descubrir en la vida su vocación profunda, aquel norte que le da sentido a la existencia, aquello por lo que vale la pena vivir, y aún morir. Cuando la vida se convierte en  testimonio de lo que se cree, brinda sentido a los demás, iluminándolos e invitándolos a ser mejores, a crecer en la virtud Cuentan que un profeta de la democracia fue enviado a un país que carecía de ella para predicar con fuerza y elocuencia que se podía vivir distinto, mejor. Que sostenía con su testimonio un nuevo modo de vida democrático. Y que la gente empezaba a cambiar, se entusiasmaba y hasta se emocionaba con sus discursos. Pero que después de aclamarlo y ungirlo presidente le volvieron la vida imposible, lo criticaron, le hicieron miles de huelgas, lo descalificaron y contribuyeron grandemente a convertir al país en un infierno. Es cierto que el líder tenía una cuota de responsabilidad en los desaciertos. Pero muchos empezaron a descreer de que sería capaz de hacer realidad la premisa de campaña: “con la democracia se educa, se come y se cura”. Pese a que inicialmente lo habían apoyado, terminaron empujándolo a una salida anticipada del poder. Fue así que pasaron los años y la situación del pueblo no mejoró. Los que lo sucedieron con nuevas promesas fueron degradando todo, hasta que la comparación lo volvió un prócer. Cuando murió, lo cubrieron de honores. ¿Estará dispuesto ese pueblo extraño a tomar sus enseñanzas? ¿O lo habrá sepultado con la certeza de que enterraba una utopía inalcanzable (y por eso lloraba)? ¿No será ahora el tiempo de que ese pueblo asuma su parte de   responsabilidad  para hacer que con la democracia se eduque, alimente y cure, ya que allí radica la promoción del bienestar general? ¿Imitarán los ciudadanos sus virtudes republicanas? ¿O durante su funeral sacaron a relucir la careta de la simulación del diálogo para volver al odio al día siguiente?
¡Dios quiera que los ejemplos de nuestros mayores no vuelvan a caer en saco roto! Si no su testimonio habrá sido en vano. Ellos ya entraron en la historia, a nosotros nos queda seguirla recorriendo.