Trata: Las prostitutas no son criminales, son víctimas

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Por: Virginia Bonard


TRATA: Las prostitutas no son criminales, son víctimas

La curiosa anécdota de cuando el Papa Francisco se sentó junto a Theresa May en el Vaticano, revelada por el cardenal Vincent Nichols en entrevista con el Vatican Insider. El purpurado visitó la Argentina por primera vez para una reunión del Grupo Santa Marta, el equipo internacional de coordinación creado por el Papa Francisco para combatir la trata de personas


Las prostitutas no pueden ser tratadas como criminales. En su mayoría son víctimas, rehenes de las nuevas esclavitudes. De ahí la importancia de la Iglesia católica para impulsar una nueva perspectiva en el combate a la trata de personas. Uno de los cardenales más comprometidos en este campo es Vincent Nichols, arzobispo de Westminster y primado del Reino Unido. En entrevista con el Vatican Insider revela detalles desconocidos sobre la creación del Grupo Santa Marta y cuenta la curiosa anécdota del día en que el Papa Francisco se sentó junto a Theresa May, durante un encuentro en el Vaticano.

Nichols viajó a Buenos Aires para participar en el “Encuentro Latinoamericano sobre Nuevas esclavitudes y Trata de Personas” organizado por el Grupo junto al Foro Internacional de Acción Católica, el Consejo Episcopal Latinoamericano, la Conferencia Episcopal Argentina, la Comisión Episcopal de la Pastoral de Migrantes e Itinerantes, la Comisión Nacional Justicia y Paz y la Comisión Episcopal de Pastoral Social.

La cita contó con el patrocinio de la Policía Federal Argentina cuyo comisionado, Néstor Roncaglia, es miembro del Grupo Santa Marta, iniciativa que vincula a la Iglesia con fuerzas del orden. Entre los participantes destacó Kevin Hyland, comisionado anti-esclavitud del Reino Unido y ex jefe de la Unidad de Trata de Personas de la Policía Metropolitana de Londres.

Poco sabemos de su vida, cardenal Nichols. ¿Quisiera contarnos cómo fue su infancia y adolescencia en Liverpool, su ciudad natal, cómo nació su vocación religiosa?
Debo volver mi mirada hacia mi familia. Tuve una fuerte influencia de ella y de mi grupo parroquial: eran el centro. En Inglaterra ser católico es ser minoría; no es parte del estilo de vida de la mayoría. Y, aunque me costaba ser católico, todo coincidía: mi forma de vida, el deporte y el estudio. Fui un niño feliz. En ese contexto Dios quizás quiso que yo fuera sacerdote. Quienes más influyeron en mí fueron dos sacerdotes jóvenes que estaban en mi parroquia que me impresionaban por su alegría, sobre todo el padre Michael. Cuando hablábamos con él sobre lo que estaba dando vueltas en mi cabeza —y yo tenía 16 años —, me decía que no debía sentirme presionado ni por la familia ni por nadie, sino que tenía que nacer de mi corazón, que siguiera en libertad la voluntad de Dios. Aunque me resultó difícil tomar la decisión, elegí y, mirando hacia atrás mi vida como sacerdote, veo las dificultades que atravesé pero nunca me sentí solo sino que sentí la compañía y presencia de Dios aunque el camino no era fácil.

¿Es su primera vez en América? ¿Cómo percibe la fe de los americanos?
Es mi tercera vez. Una en Centroamérica y otra en Brasil, para una reunión de secretarios de conferencias episcopales. Es mi primera vez en el sur del continente. La fe de los argentinos está configurada por la religiosidad que se vive en el santuario de Luján. Haber ido a la basílica fue viajar al corazón de la fe de los argentinos. Me impresionó la cantidad de bautismos ahí. ¡Cuántos! Sentí fluir la fe de las personas en el templo y entre ellas. Al vivir la misa en contacto con los peregrinos, entendí mejor las prioridades del Papa Francisco. También fue muy emocionante rezar ante la Virgen de Luján. El negrito Manuel es una de las riquezas de la fe de los argentinos: es el don entregado por un esclavo en Argentina. Me siento agradecido y emocionado.

Usted refirió que el texto conclusivo de Aparecida lo impresionó mucho. ¿Ese sólido sustrato de contenidos lo ayudó a comprender al Papa Francisco en su esencia?
Cuando fue elegido Francisco y luego escribió “Evangelii gaudium”, leí Aparecida porque quería conocer a este hombre y su pensamiento. Descubrí lo cercanos que están estos documentos: entiendo el marco y la visión de Aparecida. La manera de pensar del Concilio Vaticano II sobre la koinonía, Francisco la mueve a un contexto misionero. Veo la mano de Francisco en el documento producido en Brasil por los obispos de América latina y el Caribe en 2007. Y destaco el concepto de “discípulos-misioneros”, una noción de eclesiología de una manera más simple.

Sobre el encuentro del Grupo Santa Marta, ¿cómo convive la Iglesia con las fuerzas policiales?
Hay que hacer un poquito de historia. Esto nació en el Reino Unido en las Olimpíadas del 2012 cuando Kevin (Hyland) era el Jefe antitrata de la Policía Metropolitana de Londres. Se sabía que podría haber una expansión de lo referente a tráfico de personas y prostitución de mujeres. Hyland, que era católico y conocía el trabajo de las hermanas adoratrices, pensó en hablar con la Iglesia para prevenir posibles situaciones. Para que el convenio entre Policía e Iglesia fuera una realidad, desde la Iglesia dijimos que no era posible perseguir a las víctimas. Esto debía ser tomado muy en serio y Kevin se ocupó de divulgar en la fuerza esta perspectiva: no se puede tratar a las mujeres-víctimas como criminales porque no lo son. Eso fue el comienzo de un cambio gradual de mentalidad dentro de la Policía —una verdadera apertura— y la base de un gran éxito. Solamente cooperando se podían conseguir mejores resultados. En la segunda reunión que tuvimos como Grupo Santa Marta, un periodista muy agresivamente se dirigió al Comisario de la Policía de Inglaterra y le dijo: “¿Cómo se le ocurre a usted trabajar en colaboración con la Iglesia?”. [N. de la R.: el periodista encuadró sus dichos en momentos en los que la Iglesia inglesa afrontaba graves acusaciones de abusos sexuales por parte de sacerdotes.] El Jefe de Policía respondió: “La Iglesia Católica es parte de esta lucha. La policía tiene una red global que busca el mal. En la Iglesia tenemos una red global que busca el bien, y en esto tenemos que colaborar”. Yo nunca podría haber dado una respuesta tan justa.

Usted citó al Papa Francisco cuando habló de “la conversión de los traficantes”. Es difícil amar a los que quienes nos hieren. ¿Usted cree que los traficantes se pueden convertir?
Hablamos en el encuentro del “mysterium iniquitatis” (y citó sus palabras en su intervención del 9 de febrero): “Todos los días estamos cara a cara con el ‘mysterium iniquitatis’, la presencia del mal, que nos enfrentamos en comprender e incluso en contrarrestar. Esto es también un punto de partida para nuestra reflexión sobre la tarea importante que afrontamos, la de contrarrestar el mal del tráfico de personas”. No se puede pensar que el mal es algo pasajero o transitorio, es muy fuerte y nos acompaña siempre. No podemos descartar la posibilidad de la salvación y la redención. Toda persona es polvo y toda persona tiene el aliento de Dios. Tanto las víctimas como los victimarios tendrán tanto el polvo del mal como el aliento del bien. Todo el mundo tiene una posibilidad de conversión. El demonio es real, la redención es real.

¿Cómo recibió la misión de coordinar el Grupo Santa Marta? ¿Lo sorprendió ese pedido del Papa?
Todo comenzó con la relación que establecimos con Kevin durante las Olimpíadas. Mantuvimos una reunión en Londres con gente de la Policía de la Unión Europea y otros países. En el 2014 proyectamos otra reunión en la Pontificia Academia en Roma, ya con obispos, y que caía un día miércoles con pedido incluido de audiencia al Papa. Teníamos que trasladarnos para el encuentro y eso nos iba a llevar mucho tiempo, yo me hospedaba en la Casa Santa Marta y normalmente el Papa celebra allí por las mañanas una misa para gente invitada; quienes están viviendo allí no pueden asistir… salvo los miércoles. Y estábamos en miércoles. Fue algo providencial. Fui a la capilla a rezar. Un colaborador me preguntó si quería quedarme a la misa y le dije que sí. Al finalizar la misa le dije al Papa: “Fíjese que nosotros pedimos una audiencia con usted pero es un poquito complicado…”. En tanto Francisco había invitado a la reunión a dos mujeres que él había rescatado en años anteriores y me respondió: “No te preocupes, no necesitan venir, yo voy”. Ahí convinimos llegaría donde estábamos nosotros en Santa Marta.
Cuando llegó se sentó al lado de la entonces ministra del Interior y actual primera ministra del Reino Unido, Theresa May. Ahí fue cuando el Papa dijo aquellas palabras que tanto eco tuvieron en los medios de comunicación: “La esclavitud es una herida en el cuerpo de Cristo”. Nunca habría sucedido todo esto si la reunión se hubiera desarrollado en otro espacio. Estuvimos en intimidad. También fue ahí donde el Papa me dio un codazo y me dijo: “Esta reunión es la más útil de todas las demás a las que asistiré. Siga adelante”. Esa tarde todos firmamos una Declaración con policías de 22 países diferentes. Así nació el Grupo Santa Marta.

¿Cuál debería ser el rol de los medios de comunicación a la hora de hacer visible el flagelo de la trata de personas y las nuevas esclavitudes?
Asistimos años atrás a la experiencia de un periódico londinense que se dedicó durante un mes a informar sobre la situación de la esclavitud para que la gente tomara conocimiento de que esto existe. Esta acción hizo que las personas pusieran atención en lugares que no eran tomados en cuenta, por ejemplo, en los lava autos o en locales de manicura. Habitualmente, los medios para vender más tienen que proponer temas cada vez más chocantes o grandilocuentes. Así describen las vivencias de las víctimas de trata: de forma irrespetuosa hacia ellas ejerciendo una revictimización que vuelve a causar dolor y vergüenza. Es muy bueno que se dé información pero siempre dignificando a las víctimas para no aumentar su sufrimiento.
Esto es parte de un proceso en la relación con los medios de comunicación y el Grupo Santa Marta. Hay que moderar el modo en el que se informa. Las redes sociales también pueden jugar un papel interesante. Una compañía de teléfonos (Vodafone, que tiene presencia en 64 países del mundo) registró que había ciertos números en Inglaterra que llamaban en determinado momento del día otros números en Rumania. Ese dato se convirtió en un indicador sospechoso. Al investigar, se encontró que se trataba de mujeres que estaban capturadas para ejercer la prostitución las que, en cierto momento del día, hacían llamadas telefónicas obligadas por sus captores para hablar con sus familias y mentirles diciéndoles que estaban bien en Londres y que sus vidas transcurrían normalmente. Así se identificó una red de prostitución.

El cardenal Nichols fue fuertemente impactado por su experiencia junto al pueblo argentino en el Santuario de Luján, la mañana del domingo 10 de febrero. Allí celebró la misa con el obispo auxiliar de Mercedes-Luján monseñor Jorge Eduardo Scheinig, el arzobispo de San Juan de Cuyo Jorge Lozano, Hugo Salaberry obispo de Azul y varios sacerdotes. Su predicación fue leída en español por el obispo Salaberry.
“Hoy todos nos enfrentamos a la fealdad del mal. Isaías describió su mundo como un ‘pueblo de labios inmundos’. Nosotros también sabemos que nuestro mundo está marcado por muchas dimensiones del mal. Conocemos el sufrimiento de muchos. Sabemos el dolor infligido por las deficiencias de nuestras formas de vida, a veces voluntariamente, a veces fluyendo de las estructuras injustas de nuestras sociedades. Es en estos lugares oscuros que intentamos hacer brillar la luz del señor resucitado, el que nos dice todos los días: ¡No tengas miedo! Mira, estoy contigo, sí, hasta el fin del tiempo!”, escribió.
Y continuó: “Hay una oscuridad que deseo llevar a su atención, ya que es la oscuridad la que me ha traído aquí. Es la oscuridad de la trata de personas, de la esclavitud moderna. Hay más de 40 millones de personas en nuestro mundo hoy encerradas en esta oscuridad, privadas de libertad, de identidad, de comida y refugio adecuados. Han sido engañados, engañados y comercializados, como si no fueran más que un objeto para su venta y uso. La trata de personas se produce en todos los países, probablemente en todas las ciudades y pueblos. Es, en palabras del Papa Francisco: una herida en la carne de la humanidad, una gran herida en el Cuerpo de Cristo”.
Virginia Bonard
(Con la valiosa colaboración de Claire Dixon y María Florencia Uriburu)

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