Miércoles 16.01.2019

Argentina. Un país rico en un año desafiante

Por: Felipe Medina

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En vísperas de la llegada de un nuevo año es saludable para el espíritu hacer un alto, parar el mundo, bajarse un rato, y en el silencio,  mirar y contemplar el camino recorrido. Este es un ejercicio para la vida que pocos se atreven a realizarlo por miedo a revivir malos momentos, o revolver recuerdos que lastiman. Sin embargo, todo camino tiene luces y sombras. Siempre nos movemos en ese claro oscuro existencial.
2018 para nuestro país fue el año de las grietas, las grietas profundas y profundizadas con planteos tan serios que tambalearon las mismas instituciones de la Nación. Cuando digo instituciones de la Nación no me refiero solamente a los tres poderes del estado, sino también, a las instituciones intermedias o históricas que hicieron al nacimiento de nuestra patria.

La guerra de los pañuelos

El poder ejecutivo sacó a debate unos de los temas más controversiales para la sociedad argentina y sus instituciones, el debate sobre la despenalización del aborto y su implementación en los hospitales públicos financiados por las alicaídas arcas del estado argentino. Lo de aborto legal, seguro y gratuito solo era parte de los slogans.
Comenzaron a multiplicarse los pañuelos verdes a favor del aborto, y cuanto reclamo se pudiera amparar en el símbolo elegido. Estos pañuelos verdes acompañaban a los mundialmente conocidos pañuelos blancos de las Madres de Plaza de Mayo, que reclamaban la aparición con vida de los presos políticos y los desaparecidos forzosos como NN en los tiempos de la dictadura militar. Durante el debate en diputados de la Nación, apoyados en los adolescentes de niveles secundarios de los colegios y escuelas públicas, los verdes hicieron sentir su presión ante los legisladores, que generaron temor  y estos últimos, variaban sus posiciones conforme a la presión de la calle. Fue el  final de los principios éticos para muchos legisladores y un adiós a la poca credibilidad que les quedaba.

Del otro lado surgieron pañuelos celestes y rosas, con poca convocatoria, al comienzo y una gran indiferencia de los sectores religiosos, salvo grupos católicos y sectores evangélicos más conservadores. Pañuelos que fueron cobrando fuerza y presencia de tal manera que lograron frenar la promulgación de la ley del aborto en la Cámara de Senadores. Algunos, con gran fanatismo, se atribuían el triunfo en Senadores, proclamando que se había despertado el gigante dormido, haciendo referencia al cristianismo de católicos y evangélicos. Lo cierto es que ese gigante se volvió a dormir frente a otras problemáticas sociales del país.

Comenzó poco a poco a mezclarse todo en los reclamos tras los pañuelos verdes, celestes, rosas y aparecieron los pañuelos naranjas reclamando la separación iglesia –católica- y estado argentino, que provoco, con apoyo del gobierno nacional, poner en evidencia los aportes del estado a la iglesia católica, entidad de derecho público. La reacción de la cúpula del episcopado no demoró y llegaron a un acuerdo para renunciar a los sueldos de los obispos argentinos, institucionalizados en el gobierno dictatorial del general Videla, junto a otros beneficios que la misma recibía.

Frente a este festival de pañuelos multicolores, pienso en nuestra escarapela o nuestra bandera que manifiestan el espíritu de la Patria, esa tela celeste y blanca flameando al viento, elevada en un mástil,  o ceñida en nuestro pecho, podría ser el punto de encuentro en clima fraterno para comenzar un diálogo cara a cara.

Educación sexual integral

Otra grieta que se abrió y fue profundizada, es la implementación de la ESI. Y aquí las posturas se vuelven más cerradas aún. El tema de los crecientes abusos, o más bien, la manifestación más evidente de lo que ya existía, generó una psicosis social, donde, no poca gente, pudo tomar conciencia lo que le había pasado y comenzó a ponerle nombre a una de las situaciones más humillante, llamada abuso,  sea verbal, sea físico o sexual.  Frente a estas cuestiones, a los embarazos adolescentes, a la iniciación sexual precoz, se ve la necesidad de implementar programas de educación sexual que acompañen,  desde el estado o la escuela,  a la tarea de los padres. Aquí las posturas de cada lado de la grieta se profundizan en diferencias. Hay quienes niegan al estado el derecho subsidiario de educar a la sociedad y niegan que existan problemas en la formación de niños y adolescentes. Y otros sectores, pretenden implementar programas donde los padres poco o nada puedan aportar.

Lo cierto es que mientras se debaten los modos de implementación de la ley de educación sexual, la mayoría de los chicos se educa por internet o por la televisión, elementos de la comunicación en masa imposible de controlar; y se multiplican casos de violencia sexual o embarazos adolescentes no deseados y la transmisión de enfermedades graves, entre ellas el HIV. 

Tal vez sea el momento más justo para iniciar un diálogo social en torno a estas problemáticas, superando las cerrazones de mente de todos los sectores involucrados. Es necesario buscar consensos, ya que los fanatismos sólo traen más caos a una sociedad tensa, abrumada por muchos problemas socios económicos, en un callejón sin salida.

Un año desafiante con una luz de esperanza

Los economistas se han encargado, en las últimas semanas, de pintarnos de negro el futuro de la economía argentina. Y si sumamos a este presagio la mentalidad porteña de que a todo lo atamos con alambre y salimos adelante, más que esperanza me genera una gran preocupación.

2019 será un año desafiante para todos los argentinos, los más pobres de los pobres que fueron contenidos con planes y otros beneficios sociales lo seguirán teniendo, y en cierto modo, seguirán comiendo y sobreviviendo. Los ricos, aquellos que disponen del dinero suficiente y que no son pocos en el país, podrán seguir especulando en la timba financiera. Y los otros pobres, los que trabajaban día a día, que tienen los sueldos congelados y una precariedad laboral expectante, los que pagan los impuestos y después verán qué comer; esos pobres, que sostienen al país, son los más presionados por el estado y su sistema impositivo, por el aumento de los servicios y costo general de la vida. No soy economista, hablo de la experiencia del que vive de un sueldo, y muchos ya fueron alcanzados por  el índice de pobreza, el que traza una línea en la sociedad para diferenciar a las familias.

La esperanza es que, siendo un año electoral, alguien nos diga cómo convertir un país de la especulación en un país de la producción, cómo hacer un país que premie a los que trabajan y pagan sus impuestos,  y castigue  a los que roban, un país con gente que supere el egoísmo y sea más solidaria, un país con gente que trabaje, con empresarios que inviertan y generen trabajo, con políticos que piensen y trabajen por el bien común. Argentina es un país que ha quintuplicado la pobreza en democracia, desde 1983, y pone de manifiesto el fracaso de la clase política, hoy –salvo raras excepciones- escandalosamente enriquecida.  Pienso un país diferente con trabajo genuino, con movilidad e integración social, con igualdad de oportunidades para los niños y jóvenes. Materia prima sobra, hay que ponerse la patria al hombro y comenzar a transitar un camino nuevo.

* El autor es Licenciado en Ciencias Religiosas

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