Por: Daniel Goldman
En estos últimos días tuve el privilegio de visitar Troyes, una pequeña ciudad medieval francesa de la región de Champaña, estrechamente vinculada con una figura central de la historia intelectual judía. Allí nació y enseñó Rashi, acrónimo con el que se conoce a Rabí Shlomó Itzjaki (1040-1105), uno de los más grandes comentaristas de la Biblia hebrea y del Talmud. Acercarse a su figura permite comprender cómo el trabajo de un intérprete puede atravesar los siglos y transformar nuestra relación con una herencia.
La Biblia hebrea reúne los textos fundamentales de la tradición judía. El Talmud, por su parte, recoge siglos de discusiones rabínicas sobre la interpretación de la Torá, la ley, la ética y la vida cotidiana. Ambos constituyen un universo textual complejo, en el que las palabras, los argumentos y las discrepancias requieren un conocimiento profundo de la lengua y de su contexto histórico. Comprender esta literatura supone ingresar en una conversación que distintas generaciones de maestros fueron construyendo a lo largo del tiempo.
La contribución de Rashi consistió en hacer accesible ese universo. Con extraordinaria precisión lingüística y disposición didáctica, explicó vocablos difíciles, aclaró pasajes complejos y recuperó las interpretaciones de sabios anteriores. Sus comentarios permiten seguir el razonamiento de los textos y reconocer matices que podrían pasar inadvertidos. Su influencia fue decisiva. En las ediciones tradicionales de la Biblia y del Talmud, su exégesis aparece junto al texto original, acompañando al estudiante en el recorrido por sus dificultades y sus múltiples sentidos. Interpretar requiere paciencia y una sensibilidad capaz de descubrir nuevas preguntas en palabras conocidas.
Desde aquella ciudad francesa, la actividad intelectual de Rashi alcanzó una proyección que superó ampliamente las fronteras de su época. Recorrer Troyes permite imaginar el escenario histórico de aquella tarea. Las calles y las construcciones medievales acercan al visitante al mundo en el que vivió, aunque la relación con su figura trasciende la evocación de una época. La ciudad ofrece un punto de partida concreto para acercarse a una obra que forma parte de la experiencia intelectual de comunidades muy diversas. El vínculo entre un lugar y un pensador adquiere así una dimensión que excede la biografía.
Los monumentos preservan las huellas de una época y los archivos resguardan sus documentos. Pero el estudio permite que una herencia intervenga nuevamente en el presente, porque cada generación recibe un patrimonio intelectual que la precede. Y si la considera significativa debe asumir la tarea de interpretarla desde sus propias inquietudes. De ese encuentro depende, en buena medida, la vitalidad de una tradición.
Frente a la casa de Rashi funciona el Instituto Universitario y Cultural Europeo Rashi, que ofrece cursos sobre filosofía, lenguas, pensamiento judío e historia. Allí tuve el gusto de ser recibido por Natalia Lanceraux, su directora ejecutiva. El encuentro añadió a mi visita una dimensión especialmente significativa, al mostrarme el trabajo de quienes promueven hoy el conocimiento y la difusión de ese legado.
Al despedirme de Troyes, sentí que el viaje había adquirido el sentido de un homenaje personal. Estar fue mi modo de agradecerle al Noble Maestro. Casi mil años después, su voz permanece junto a las páginas que tantos lectores siguen abriendo, recordándonos que una interpretación puede convertirse en un legado capaz de acompañar a quienes todavía buscan comprender.
* Rabino. Copresidente del Instituto del Diálogo Interreligioso (IDI)