El riesgo de creer en Dios

Por: Revista Criterio

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¡Dios ha muerto! exclamó Nietzsche en 1882. Sobre el sentido de esta frase continúa la discusión en el mundo cultural. Recordemos la película estadounidense Dios no está muerto, de hace cinco años, donde un estudiante creyente enfrenta a su profesor de filosofía, que es ateo.

Lo indudable es que el tema de Dios y la existencia de la religión gozan de una cierta inmortalidad. La fe es un sentimiento del más allá que implica una conciencia ética y se exterioriza en prácticas religiosas. Observando éstas nos preguntamos cuántos son los creyentes, para apreciar su importancia. El número no es un dato frío sino un pulso cultural. Cuando nuestro Padre General Kolvenbach visitó la isla de Cuba en el año 2007, Fidel Castro, entonces gobernante, le preguntó:
-Padre, ¿cuántos son los católicos en el Líbano?- país donde había trabajado el jesuita.
-Es un secreto de Estado-, le respondió.

Ante la sorpresa de Fidel, le explicó que en el Líbano, país multirreligioso, los cargos de gobierno están repartidos según el número de creyentes de cada iglesia o religión. La alteración del porcentaje llevaría a cambios en las alianzas gubernamentales. En Europa, en general, el creciente número de musulmanes presagia el surgimiento de una nueva cultura y una nueva
civilización que convivirá con la actual, sin llegar al matrimonio. En la Argentina se estima que los católicos somos más del 75%. En Brasil una cuarta parte de la población son evangélicos, es decir unos 50 millones, cuyo voto fue decisivo para la elección de Bolsonaro como presidente. Como vemos, la fe desborda el terreno de la intimidad. En los creyentes hay grados de
convicción y fervor. Algunos comentadores establecen una escala de valores, al distinguir entre cristianos por tradición familiar y cristianos por decisión personal. La diferencia es real, pero no nos permite catalogar a unos como mejor creyentes que otros. Todos somos creyentes, con limitaciones y dudas, aún los agnósticos que se guían por valores superiores.

Detrás del confiar

La fe es una actitud de confianza en otro. Cuando ese Otro emerge de lo divino, hablamos de fe religiosa. En realidad toda fe está vinculada a lo religioso, ya que nuestra confianza en los amigos y compañeros busca la seguridad y presentimos que esa paz sólo puede provenir de un Absoluto. Aun así, no tenemos garantizada la seguridad de nuestra fe. Al creer o confiar en otros,
corremos un riesgo porque nuestra confianza puede quedar defraudada, como ocurre algunas veces. El padre José Antonio Pagola afirma que “amar es siempre aventurarse en el otro”. El aventurarse implica un riesgo, como los navegantes cuando hay tormenta.
La fe, entonces, ¿no nos proporciona seguridad? Sí, la seguridad de que continuaré arriesgándome para encontrar al otro. Los que se casan o se juntan, se arriesgan, a veces con muchos interrogantes. Ni los santos están libres de las dudas y angustias. Ignacio de Loyola, recién “convertido”, mientras hacía oración en la cueva de Manresa, comenzó a sentir terribles escrúpulos porque le parecía que en la confesión no había mencionado al sacerdote todos sus pecados e imperfecciones. Volvía a confesarse y los escrúpulos aumentaban. Esas dudas lo atormentaron a tal punto que sintió la tentación de tirarse al precipicio para librarse de ellas. Corrió el riesgo de dedicarse a Dios y experimentó el sufrimiento del misterio divino, que es inefable. Finalmente un director espiritual lo calmó y orientó. Nadie puede arriesgase solo, ni siquiera los santos; todos nos necesitamos mutuamente.
Estamos concluyendo un año electoral. Unos confían en Macri como futuro presidente, otros en Fernández.
Pero no todos confían realmente en Mauricio o en Cristina. Muchos los votan por desconfiar o temer al otro. Unos para sacarlo a Macri, otros para que no vuelva Cristina. Como vemos, la confianza en unos puede venir apuntalada por la desconfianza en otros, como la joven que se casa por amor y para escapar del control materno. Ahora bien, el confiar en Dios, ¿qué desconfianza oculta detrás? Siglos antes eran el temor al infierno, al diablo, al purgatorio. Hoy nadie pierde el sueño por esos planteos. Lo que nos asecha detrás de la fe en Dios, es el misterio. ¿Qué nos aguarda después de la muerte? La fe cristiana incluye la resurrección de los muertos, pero no podemos imaginarnos un cuerpo resucitado; un estómago que no requiere alimentos
carece de finalidad. Si no funciona, se atrofia, como los músculos, el cerebro, todos los órganos. Tendríamos un cuerpo de adorno. Creemos que Dios nos va a resucitar, pero no nos imaginamos cómo será esa vida ni cómo será una felicidad que no se tambalee nunca. Nos envuelve el sentimiento del misterio, terrible y fascinante al mismo tiempo, como expresó el teólogo alemán Rudolf Otto.
La famosa apuesta de Pascal, del siglo XVII, analiza la creencia en Dios en términos de apuesta sobre su existencia: creyendo en Dios y observando una conducta virtuosa, podemos ganar la vida eterna. Si el hombre cree y finalmente Dios no existe, nada se pierde en realidad. En este esquema, con la fe en Dios se corre un riesgo tan calculado, que deja de ser riesgo. Pero, por más que razonemos, sólo se llega a la fe través del corazón, del sentimiento, para algunos en una iluminación súbita que escapa a cualquier intento de elucidación lógica: “El corazón tiene razones que la razón desconoce” es sin duda la más conocida frase de Blas Pascal. Con todo, la hipótesis “si Dios no existe nada se pierde”, no es real. Quien confió apasionadamente en otro y descubre que ese otro no existió como verdadero amigo sino como embaucador, siente una amargura y una frustración muy grande, incluso contra sí mismo por no haber advertido el engaño. La famosa “apuesta de Pascal” posee un valor teórico, pero no humanista.

Quién se arriesgó primero

Debemos imitar a Dios en el amor, pero también, como integrante de ese amor, en el saber arriesgarnos. Dios se arriesgó primero al hacerse presente entre nosotros en Jesús de Nazaret. No corrió simplemente el riesgo de fracasar, lo que de hecho ocurrió al morir en la cruz. Fue el riesgo de un rechazo por parte de la humanidad. En su clásico soneto, Lope de Vega exclama: “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras / qué interés se te sigue Jesús mío /que a mi puerta, cubierto de rocío / pasas las
noches del invierno oscuras?”. Dios se arriesga a que no le abramos la puerta de nuestro corazón, no una vez sino de forma prolongada. Lo hacemos sufrir. Nosotros inventamos el infierno y ahí lo torturamos. Él se estremece con nuestro silencio. La oración es una ayuda para nosotros y un consuelo para Dios, cuyo Espíritu Santo es llamado el consolador.
En el Evangelio vemos que los creyentes se arriesgan en forma instintiva. Cuando van a prender a Jesús en el Huerto de los Olivos, Simón Pedro tomó una espada y le dio un golpe en la cabeza al que tenía delante, cortándole una oreja. Una locura. Si
no intervenía Jesús, lo molían a palos. Y cuando llevan al Señor al palacio del Sumo Sacerdote, Pedro se arriesga ingresando al patio, donde los soldados estarían tomando unos mates porque hacía frío. Pero lo reconocen y él niega tres veces ser uno de los discípulos. En ese momento siente la mirada de Jesús y, saliendo, llora amargamente.
Nosotros también lloramos cuando hemos fallado a un amigo, así sea por descuido. El riesgo de confiar supone una actitud
comunitaria, tanto para animarnos como para perdonarnos.
Cuando nos arriesgamos, sea para iniciar un negocio, arrancamos con cierto entusiasmo, al menos con la esperanza de salir adelante. Pero al avanzar, sentimos en algún momento las dificultades y somos tentados de volver atrás, lo cual a veces es lo más sensato.
El riesgo de ser creyentes, viviendo en esta Iglesia tan cuestionada, es grande. Los curas pedófilos, la corrupción en el Vaticano, la secularización de lo religioso y otras llagas, alejan a algunos de la Iglesia y dejan a muchos con una fe vacilante.
En el siglo XVI, dos hombres profundamente religiosos, Martín Lutero e Ignacio de Loyola, buscaban el modo de reformar la Iglesia de acuerdo al Evangelio. Ambos ponían el acento en el ministerio de la Palabra, con predicaciones, escritos, visitas a
los enfermos, y no quedar limitados al ritualismo. Loyola corrió el riesgo de apoyar al Papa, que no era un modelo de santidad. Lutero corrió el riesgo de oponerse a esos Papas, para poder reformar la Iglesia.
Ambos tenían razón, aunque la imagen de Lutero ha quedado desfigurada para los católicos, tanto por su estilo violento como por ser considerado un “hereje”. Hoy tenemos otra imagen de Lutero. Como dijo Juan Pablo II, era un hombre profundamente
religioso. Sus limitaciones son reconocidas por los luteranos mismos, como la actitud antisemita, al decir, por ejemplo, “que los judíos ganen el pan con el sudor de su sucia nariz”.

Pedagogía del riesgo

La fe es algo muy personal, aunque no individual. Los que se arriesgan sienten que no están solos. Están siempre acompañados o rodeados por familiares y conocidos. Los niños asimilan el sentimiento de confianza al convivir con sus papás. Éstos son los
encargados por Dios para darles de comer pero sobre todo para enseñarles a confiar. Hay una educación para la confianza. A los pequeños les advierten que no hablen con extraños, que no anden solos, que no abran la puerta a nadie. A medida que van creciendo les dan signos para saber en quiénes confiar, además de los familiares. Los adolescentes se resisten al control, en
la primavera de su libertad, que puede convertirse en invierno. Pero no sólo los niños necesitan confiar. Toda la humanidad siente que su porvenir depende de la fe en un ideal común, expresado fundamentalmente en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de las Naciones Unidas, en 1948. Pero muchos no llegan a adquirir esa fe o confianza. Unos se sienten protegidos por su armamento, pero los que tenemos fe, confiamos en que la paz es posible con el empeño de todos. Otros
se sienten seguros por los dólares bajo el colchón, hasta que llega una crisis y comprenden que nadie puede vivir seguro apartándose de los demás.Lo que da sentido a nuestra vida es convertirnos en servidores de la comunidad, en particular de los más necesitados, siguiendo cada uno su tradición religiosa o simplemente humanista. Nos arriesgamos a fracasar, lo que a veces ocurre. Perdemos la fe en la bondad del hombre y en la de su Creador. La única solución es imitar a Dios en el saber arriesgarse. El descendió a la tierra, en el más grande de los riesgos. Pero no estuvo solo. Sus familiares y amigos eran sus discípulos y al mismo tiempo sus compañeros, como en la Última Cena. Cuando quedó solo para llevar la cruz no pudo continuar y tuvo que ser ayudado por el Cireneo. En realidad quien le permitió llegar hasta el final fue la mirada de María, la mirada de
todas las madres del mundo.
La humanidad se enfrenta a tremendos desafíos, como el de la inteligencia artificial, el de las modificaciones incontroladas en el ADN o el agotamiento de los recursos de la Tierra. Como advirtió el físico Stephen Hawking, dentro de 400 años no será posible vivir en este planeta y el hombre tendrá que buscar otro alojamiento. Los que creemos en la Providencia no esperamos milagros. Porque confiamos en Dios, nos arriesgamos a seguir luchando para dejar a nuestros descendientes un mundo más humano, con
gestos solidarios de ternura. Además de arriesgarnos aprendamos de Dios a soñar. 

Ignacio Pérez del Viso
Profesor emérito de Teología

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