Domingo 14.04.2024

El Papa y Milei: Una actitud que el presidente debe replicar en el país

Por: Sergio Rubin

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Después de las duras descalificaciones -de varios años atrás y otras durante la campaña- de Javier Milei al Papa -y de elípticas críticas de Francisco al libertario-, era lógico que el primer encuentro entre el jefe de la Iglesia católica y el presidente de la nación suscitara una gran expectativa. Una expectativa equivalente a la sorpresa que provocó la inmediata empatía que se produjo entre ambos, expresada en un emocionado abrazo pedido por el visitante, y en comentarios simpáticos y la concesión de un tiempo inusualmente prolongado para la audiencia por parte del pontífice.

En la sociedad de la imagen que transitamos -y con el recuerdo de la famosa foto del Papa con Mauricio Macri en la que se lo ve a Francisco con gesto adusto-, el abrazo tras la ceremonia de canonización de la primera santa argentina sorprendió doblemente en una población malacostumbrada a las peleas constantes de sus dirigentes. Dos personas con altísimas responsabilidades y visiones muy diferentes habían decidido después de los agravios, uno pedir perdón y el otro perdonar, y mirar hacia adelante, algo completamente inusual en la Argentina actual.

Sin embargo, si se analiza a los protagonistas, no debería haber llamado tanto la atención la actitud que tuvieron. Es cierto que Milei tiene una personalidad volcánica, sobradamente manifestada en sus épocas de panelista de televisión y más allá. Pero también es verdad que es una persona emotiva -llora con facilidad como ocurrió en el Muro de Los Lamentos- y, sobre todo, es el presidente de la Nación más religioso desde la vuelta a la democracia. Lo cual lo lleva a tener una sensibilidad particular ante un dignatario religioso, más allá de que sea o no de su credo.

De formación católica -si bien dedicado en los últimos años al estudio y la vivencia de la espiritualidad judía- estar por primera vez delante de un Papa, que además es argentino, iba a ser necesariamente una experiencia fuerte para Milei. Por eso, hay buenas razones para pensar que su reacción fue espontánea y sincera, ajena a una simulación basada en el cálculo político. Además, Milei no pasó del insulto al abrazo sin escalas. Varias veces al final de la campaña se había disculpado y, tras su triunfo, mantuvo con el pontífice una charla telefónica muy cordial.

Hay quienes afirman que Milei fue asesorado por conspicuos conocedores de la Iglesia católica sobre la mejor forma de desandar el camino de los agravios al Papa y buscar un acercamiento. En su entorno, incluso, dicen que antes de viajar pidió las encíclicas de Francisco para conocer mejor su pensamiento. Lo cierto es que la manera en que se presentó delante del pontífice fue la mejor para Jorge Bergoglio: tras haber pedido humildemente disculpas -cosa que reiteró en la audiencia- y priorizando la relación humana entre dos personas religiosas.

Al término de la canonización, cuando se acercó a saludar al presidente, como establece el protocolo, y Milei le pidió permiso para darle una abrazo, Francisco no sólo accedió, sino que dejó de lado toda formalidad. Y siendo una persona que no tutea a nadie, sin embargo lo hizo con él. “¿Te cortaste el pelo?”, le preguntó, simpático tras el abrazo. En cambio, a su hermana Karina la trató de usted, pero sin abandonar la calidez: “Gracias por apoyarlo”, le dijo, en referencia al soporte anímico que le brinda al presidente.

Al día siguiente, el tiempo que el Papa le otorgó a la audiencia -la reunión de un visita oficial como la que le realizó Milei suele durar poco más de 20 minutos- no fue únicamente una deferencia de Francisco, sino también su deseo de conocer personalmente al personaje y su pensamiento. En cambio, a Mauricio Macrí Francisco lo había tratado cuando era jefe de Gobierno porteño y él arzobispo de Buenos Aires, por lo que la primera vez que lo recibió como presidente el tiempo fue el habitual.

No obstante, aquel encuentro con Macri quedó en la memoria colectiva por el gesto adusto de Francisco en la foto que, si bien fue sobredimensionado, reflejaba una relación compleja. Jorge Bergoglio le achacaba a Macri una deslealtad política de su época de alcalde, pero además consideraba que un sector de Cambiemos lo quería lejos del quehacer argentino. Peor aún: creía -y así se lo dijo más adelante a Macri- que importantes colaboradores suyos le hacían campaña en contra.

Milei dedicó buena parte de la reunión a exponer su diagnóstico de la situación argentina y la receta que considera que debe aplicarse. Francisco -que siempre deja hablar- lo escuchó atentamente, pero eso no quiere decir que haya avalado su plan económico, como el presidente le dijo a un periodista italiano. Más allá de que le pareció un hombre muy inteligente, al Papa -como clérigo que es- no le corresponde avalar ninguna cuestión técnica propia de la sociedad civil.

En un intercambio fluido, se descuenta que Francisco le pidió que el gobierno reparta de modo equitativo el peso del ajuste y asista lo más posible a los más pobres. Así como que procure bajar el nivel de la confrontación política y apueste por el camino del diálogo para alcanzar con la oposición y los diversos sectores acuerdos mínimos sobre cómo ir superando la crisis, un pedido que la Iglesia le viene haciendo a la dirigencia desde la crisis de 2001.

Ahora, habrá que ver cuánto de estas recomendaciones toma en cuenta Milei que, en medio de la profundización del deterioro social y la escalada verbal actual, será clave. Mientras tanto, el gesto del presidente de disculparse y del Papa de perdonarlo y mirar hacia adelante como buen católico sellado con un abrazo fue un bálsamo para una sociedad lastimada.