Entre el cielo y la tierra

La esencialidad de la eucaristía

Por: P. Guillermo Marcó

A la hora de decidir las restricciones sanitarias las autoridades deberían tener en cuenta lo importante que es para el católico poder comulgar.
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El año pasado, al inicio de las restricciones sanitarias, reinaba el desconcierto entre los sacerdotes y la feligresía. Todos enfrentábamos algo inédito y es fácil hacer crítica con el diario del lunes. Con poquísimos contagios el país entero se encerró bajo el lema “Quedáte en Casa”. En consonancia con las directivas gubernamentales, los templos de todas las confesiones religiosas cerraron sus puertas. Por aquel entonces, la imagen del Papa Francisco caminando bajo la lluvia en una Plaza de San Pedro desierta hacia una austera tarima desde donde iba a rezar ante el drama de la pandemia quedará quizás como símbolo de la oración dirigida a Dios en un momento de desamparo global.

Las pestes siempre existieron en la historia de la humanidad. No se conocía su origen, duraban poco tiempo, algunos se salvaban del contagio, otros huían y miles y miles morían irremediablemente. En el año 590 d.C. Roma estaba sufriendo el momento más crudo de una peste y los fallecimientos entre la población eran muchísimos. Por eso el Papa Gregorio I decidió pedir la ayuda de los ángeles para combatir la plaga. El pontífice comenzó a celebrar misas, hacer procesiones y usar incienso incansablemente en las calles.

Después de tanto probar, Roma obtuvo una respuesta. El Príncipe de los Arcángeles, San Miguel, apareció en la parte superior de un castillo con su espada y anunció la liberación de la peste. Así, la ciudad eterna estaría a salvo. La tradición dice que la plaga efectivamente disminuyó de modo considerable hasta desaparecer. El castillo era el famoso “Castel Sant Angelo” –el mausoleo del emperador Augusto, devenido en fortaleza en tiempo de los papas-, que recibe su nombre actual de aquella visión que tuvo Gregorio I.

La pandemia que estamos viviendo es inédita. Sabemos su origen, fuimos testigos de su expansión y conocemos cómo cuidarnos.
Vivimos en un mundo científico y se producen vacunas. En este contexto racionalista cabría preguntarse para qué rezar. No estamos en la Edad Antigua y necesitamos ángeles que vengan a socorrernos. Además, los políticos asumen nuestro cuidado -otro cantar es qué tan bien lo hacen- y nos dicen qué podemos hacer y qué no.

Durante la pandemia, cuando casi todo estaba cerrado, solo podían permanecer abiertos los servicios esenciales: salud y alimentación. A muchos sacerdotes nos pareció terrible que la gente pasara por nuestras iglesias y las encontrara cerradas, como si el consuelo de la fe no fuese esencial en momentos tan difíciles. Es cierto que se puede rezar en cualquier parte, pero es difícil hacerlo cuando estamos encerrados en nuestra casa con muchas personas.

Celebramos las misas online, pero la pantalla no permite acercarse a la eucaristía. Tengo claro que para quien no cree le sea difícil entender su significado, pero para los católicos es importante que no nos priven de este alimento espiritual que nos hace fuertes. Por otra parte, la fe la vivimos en comunidad. Los especialistas dicen que al aire libre, con distancia y con barbijo la gente no se contagia. Y en nuestras misas todo esto se respeta y la gente se baja el barbijo solo para llevarse la eucaristía a la boca. Permitir la presencia de apenas diez fieles no parece razonable. No hay peligro, confíen en nosotros.

La Iglesia mantuvo abiertos miles de comedores y multiplicó el pan en ellos, pero necesitamos también alimentar la fe de nuestro pueblo. Numerosos obispos consideraron “desproporcionadas” las limitaciones a nuestras celebraciones. No apelamos a la justicia, sino solo al sentido común. Para nosotros la fe y lo que la alimenta -la eucaristía- son verdaderamente esenciales. 

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