Miércoles 13.11.2019

La revolución de la ternura

Por: Revista Criterio

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Cuando hablamos de “revolución” nos estamos refiriendo a una acción violenta, en sentido físico con armas, o en sentido político y cultural. En apariencia, es todo lo contrario al sentimiento de ternura. Sin embargo, se está profundizando el tema de la Teología de la ternura, que es una revolución impulsada por el papa Francisco.

En estas líneas sintetizo y amplío las reflexiones de varios escritores. No se trata de una actitud sentimental del Papa argentino, latinoamericano, que haría prevalecer la Misericordia sobre la Verdad, como algunos lo acusan. También el cardenal Kasper, gran intelectual, ha escrito una obra titulada La revolución de la ternura y del amor, dedicada a Francisco. En expresión de éste, el cristiano, en cuanto testigo, deviene aquel que se oculta, lleno de ternura, en los pequeños gestos, gestos de proximidad, donde toda la palabra se hace carne, carne que se acerca y abraza, manos que tocan y que vendan, que ungen con aceite y alivian las heridas con el vino. Con la mención del aceite y del vino alude el Papa a la parábola del Buen samaritano, imagen que nuestra liturgia desarrolla diciendo que Jesús, verdadero Samaritano, cura nuestras heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza, porque nos permite vislumbrar el banquete que nos espera.

El proyecto de la ternura no es una ayuda para ser mejores. Es una opción evangélica precisa, con fundamento en la espiritualidad y en la filosofía, válida para creyentes y no creyentes. Francisco se inspira en san Ignacio de Loyola, su maestro, quien busca unir la razón y el sentimiento: “Para mí es fundamental la cercanía de la Iglesia. La Iglesia es madre, y ni usted ni yo conocemos ninguna mamá ‘por correspondencia’. La mamá da afecto, toca, besa, ama. Cuando la Iglesia, ocupada de mil cosas, descuida la cercanía, se olvida y comunica sólo con documentos, es como una mamá que se comunica con su hijo por carta”. Dios no nos salva por medio de un decreto; nos salva con ternura, con caricias, con su vida por nosotros. Por eso, el “purgatorio” no es un castigo por nuestros pecados sino un proceso para que el Señor nos impregne de ternura y podamos disfrutar de la amistad en el Reino de los cielos, no con otros comensales sino con amigos muy queridos. No es un paso fácil de dar entre torturador y torturado, pero mientras no lo logren, continuarán en el purgatorio o escuela de la ternura. Esta teología nos permite profundizar la imagen materna de Dios y de la Iglesia.

El Papa desarrolla su teología de la ternura dentro del contexto del mundo contemporáneo, que no conoce más la gratuidad del verdadero amor. Esto no significa que toda la humanidad haya caído en esta situación. Se refiere al “mundo” como actitud general más intensa según los momentos. Este mundo está caracterizado por una suerte de orfandad espiritual: “La pérdida de los vínculos que nos unen, típica de nuestra cultura fragmentada y dividida, hace que crezca este sentido de orfandad y, por lo tanto, de gran vacío y soledad. La falta de contacto físico y no virtual, va haciendo que pierdan la capacidad de ternura y estupor, de piedad y compasión. La orfandad espiritual nos hace perder la memoria de aquello que significa ser hijos, ser nietos, ser padres, ser abuelos, ser amigos, ser creyentes. Nos hace perder la memoria del valor del juego, del canto, de la risa, del descanso, de la gratuidad”. De cara a esta “orfandad” de un “mundo” sin padre ni madre, Dios puede volver a ser Padre sólo si la Iglesia se presenta como Madre. En el ser “maternal” reside el rostro “misericordioso” de la Iglesia, la respuesta al vacío presente del mundo. “Sí, yo creo que este es el tiempo de la misericordia –comenta Francisco–. La Iglesia muestra su rostro materno, su rostro de mamá, a la humanidad herida. No espera que los heridos llamen a la puerta, los va a buscar por las calles, los recoge, los abraza, los cura, los hace sentirse amados”. La encíclica de Juan XXIII Mater et magistra (madre y maestra) nos recuerda que la Iglesia para poder enseñar debe vivir como madre. La cantidad de condenas del Magisterio, algunas muy violentas, nos dejan la imagen de una Iglesia como supervisora de una cárcel. Como dijo Francisco, “hoy se necesita una revolución de la ternura”, en un mundo donde domina la cultura del descarte. La ternura “es revolucionaria, la ternura es cercanía, es el gran gesto del Padre hacia nosotros: la cercanía de su Hijo, que se ha hecho cercano y se ha hecho uno de nosotros, ésta es la ternura del Padre”. Hay pasajes del Evangelio que nos muestran a un Dios que llora, como ante la muerte Lázaro o al pensar en la destrucción de Jerusalén. Esos momentos nos recuerdan el amor que tiene hacia su pueblo y que el pueblo no reconoce, no quiere corresponder.

Dios es padre y también madre, en el sentido que él mismo dice “si una madre olvidara a sus hijos, yo no me olvido de ti”. El amor más grande es aquel de la madre, acompañada siempre por el padre. Para el Papa, “ternura es cercanía, es tocar, abrazar, consolar, no tener miedo de la carne, porque Dios ha tomado carne humana, y la carne de Cristo hoy son los descartados, los desplazados, las víctimas de la guerra”. La teología de la ternura de Francisco depende, en sus raíces, de una precisa concepción ignaciana de la relación entre el hombre y Dios. Este es un aspecto poco estudiado de la espiritualidad del Pontífice. Ella se revela de modo evidente en una meditación de Navidad donde afirma que estar delante de “uno de los misterios más grandes. Es una de las cosas más bellas: nuestro Dios tiene esta ternura que se nos acerca y nos salva. A veces nos castiga, pero nos acaricia”. Es siempre “la ternura de Dios”; grande que se hace pequeño y en su pequeñez no deja de ser grande, y en esta dialéctica grande y pequeño: está la ternura de Dios, el grande que se hace pequeño y el pequeño que es grande.

La Navidad nos ayuda a entenderlo. Ha insistido Francisco: “Me viene a la mente una frase de santo Tomás, en la primera parte de la Summa. Queriendo explicar esto, ‘¿Qué es divino? ¿Qué cosa es la más divina?’, dice, en el original: Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimo, divinum est”. Es decir, lo divino es tener ideales que no están limitados ni siquiera por lo más grande, sino ideales que están al mismo tiempo contenidos y vividos en las cosas más pequeñas de la vida. Básicamente, ha explicado el Pontífice, es una invitación a “no asustarse de las cosas grandes, pero tener en cuenta las cosas pequeñas: esto es divino, ambos juntos”. Lo que Francisco afirma acá posee un valor peculiar desde el momento en que el lema ignaciano tiene un sentido determinante para su propia formación. El creyente, aparentemente pequeño al servicio de Dios, tiende a lo que está más lejos y se preocupa de aquello que está más cerca. La afirmación (Non coerceri a máximo…) evidencia una característica fundamental de la espiritualidad ignaciana porque expresa dialécticamente –por oposición de contrarios– el  dinamismo fundamental del alma de san Ignacio, que apunta siempre al ideal más alto (A la mayor gloria de Dios), y se preocupa de los más pequeños del plan divino. Dios escoge la ternura como método de salvación. La ternura se inserta en la dialéctica del grande y del pequeño, del grande que se hace pequeño y del pequeño que deviene grande. Sólo en la lógica de la Encarnación, del abajamiento de Dios a la condición servil como signo supremo del amor por el hombre, se hace comprensible la lógica de la ternura. La dialéctica del grande y del pequeño como lugar de la teología de la ternura encuentra su expresión, según Francisco, en el misterio de la Navidad. En el nacimiento del Niño Dios “el ‘signo’ es justamente la humildad de Dios llevada al extremo; es el amor con que, en aquella noche, es el padre de la ternura.

En la parábola del Hijo Pródigo vemos al Padre que espera junto a la puerta, que nos divisa cuando estamos lejos, se enternece, y corriendo viene a lanzarse a nuestro cuello y a besarnos. La acogida del hijo que regresa –dirá Francisco– está descrita de manera conmovedora: “Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio, tuvo compasión, corrió a su encuentro, se le tiró al cuello y lo besó”. Cuánta ternura; lo vio desde lejos: ¿qué significa esto? Que el padre subía a la terraza continuamente para mirar la calle y ver si el hijo regresaba; aquel hijo que había hecho de todo, pero el padre lo esperaba. ¡Qué bella es la ternura del padre! La misericordia del padre es desbordante, incondicional, y se manifiesta aun antes de que el hijo hable. Es cierto, el hijo sabe que se equivocó y lo reconoce: “He pecado, trátame como a uno de tus asalariados”. Pero estas palabras se disuelven delante del perdón del padre. El abrazo y el beso de su papá lo hacen darse cuenta de que siempre ha sido considerado hijo, al margen de todo. En su comentario, el Papa pone juntas misericordia, compasión y ternura. En El nombre de Dios es Misericordia afirma: “La misericordia es divina, y va más allá del juicio sobre nuestro pecado. La compasión tiene un rostro más humano. Significa ‘padecer con’, ‘padecer juntos’, no permanecer indiferente al dolor y al sufrimiento de los demás. Es aquello que Jesús sentía cuando veía a las multitudes que lo seguían. Hay un verbo griego que denota esta compasión y deriva de la palabra que indica las vísceras y el útero materno.

Es similar al amor de un padre y una madre que se conmueven profundamente por el propio hijo, es un amor visceral. Dios nos ama de esta manera, con compasión y con misericordia”. El amor de Dios une los dos polos, divino y humano, de la naturaleza de Jesús, los une en la forma de la ternura, del Dios siempre más grande que se hace pequeño, del padre que espera pacientemente al hijo. Este modo de relacionarse con el hijo de parte del padre, no indica una caída sentimental de la teología, una disociación entre Misericordia y Verdad, sino la modalidad propia con que, esencialmente Dios puede hoy volver a levantarnos de la caída del pecado. La metáfora favorita del Papa es aquella de la Iglesia como hospital de campaña después de una batalla. Y todos los días estamos batallando para poder vivir, muchos para sobrevivir.

Ignacio Pérez del Viso
Profesor emérito de Teología

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