Ernesto Martearena. Pastor, maestro y padre

Por: Felipe Medina

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Siempre se dice que todo hombre es bueno en el día de su funeral. Con el padre Ernesto Martearena no sucedió así, su muerte quedó envuelta en una paradójica sensación, mezcla de impunidad y misterio, aun cuando hubo condenas. Muchos miraron para otro lado diciendo “por algo será”, o “lo mandó a matar el poder de turno”. Ernesto murió injustamente torturado y humillado, por odio, por envidia, por una ambición desquiciada o porque Dios lo permitió. Misterio de Dios que la teología tal vez, pueda responder, si Él permite el mal para obtener del mismo, bienes mayores.

Lo cierto es que no esta más entre los pobres, y han pasado 20 años su muerte, que provocó un gran desconcierto en toda la sociedad salteña y en todo el país.

Tenía la capacidad de querer a la gente, sobre todo los más pobres y marginados, y hacerles sentir que eran únicos;  y sabíamos los cercanos, que ante cualquier dificultad, la que sea, estaba él con una mano extendida para ayudar y alentar  en la confianza al Buen Dios que pone las cosas en su lugar.

Fue un hombre sacerdote, profundamente convencido de su misión sacerdotal y de su fe eclesial. Ernesto fue un  obsesionado tanto por el alimento de los pobres, pobreza que él conoció en carne propia desde niño, como obsesionado por la salvación de las almas. Un hombre mariano, que nunca dejó de rezar el rosario de la aurora en las radios de la ciudad.

De carácter fuerte, y reacciones no pocas veces duras, sobre todo con los amigos, pero no dejaba que caiga la tarde sin una llamada de reconciliación y pedido de perdón, con el clásico “hijito, ¿está enojadito?, ya nos vamos a ver para comer alguito”
Martearena no era un político, ni un filántropo, era esencialmente sacerdote. No tenía paz si había enfermos que no habían recibido los sacramentos antes de morir. Cuidaba celosamente a los más vulnerables de su parroquia, los ancianos, los enfermos, los jóvenes en riesgo, los niños abandonados o maltratados. Conocedor del mundo como pocos curas, supo tener los pies en la tierra y la mirada en el cielo. El bolsillo de su saco lustroso y gastado de tanto uso siempre estaba dispuesto a una ayuda a quien la necesitaba. Trabajó en su obra con gente del mismo ámbito a los que ayudaba. Era un hombre excesivamente confiado y siempre le daba credibilidad a quién se le acercaba, nunca especuló con la gente. Apostó a la autogestión de las comunidades aborígenes en el norte salteño creando una escuela para capacitar en salida laboral a los miembros de las comunidades de Capiazuti y alrededores. No se guardó nada para sí.

Una noche regresábamos de cenar de Tres Cerritos  y lo llevábamos a su casa en Junín y Caseros, ya que no tenía vehículo propio. Siempre decía que con lo que gastaría en mantener un vehículo daría de comer a alguna familia, “para eso están los amigos que me ayudan”, creo que ni siquiera sabía conducir un automóvil. En el semáforo de un importante centro comercial paraba un grupo de chicos mendigos. Conmovidos le dimos dinero y el Padre Martearena, visiblemente disgustado nos recriminó duramente diciendo: “Si ustedes siguen dando limosna, nunca los vamos a sacar de la calle”. Entendí muchas cosas de la verdadera caridad. No quería el asistencialismo, soñaba con que la gente saliera de la miseria y la pobreza gestionando su propia vida. Algunos jóvenes que salieron del Hogar Hijos de María hoy tienen una familia y una profesión u oficio, hoy caminan orgullosos por la vida por haber tenido un gran maestro y un gran padre.

Por esa época, teníamos en familia, una casa en la costa y le dijimos al padre Ernesto que descanse un poco, que vaya con su mamá o su hermana y sus sobrinos. Pero él optaba por salir los 7 de enero de cada año a misionar a Potreros de Linares, o a la zona de Anta, durmiendo en los pisos de las escuelas junto a la gente de Villa Asunción y otros barrios periféricos. Dijo con convicción que no podía ir a veranear en las playas, que quería estar con su gente, pues para muchos pobres las únicas vacaciones eran esas, salir a misionar con espíritu solidario a otros hermanos que vivían alejados de los grandes centros urbanos. Su camino era el camino del pueblo, encarnaba con naturalidad la consigna de la constitución pastoral Gaudium et Spes y el espíritu del Concilio Vaticano II, “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”(n°1)

Hombre exigente con todos, con un ritmo frenético de trabajo, pero, exigente consigo mismo. Pobre y sencillo para vivir, con un corazón generoso y misericordioso, pero con una bravura para enfrentar a cualquiera. Por eso no se entregó a la muerte, su vida le fue arrebatada con una saña nunca vista en nuestro suelo,  y hoy recibe la corona como verdadero Mártir de la Caridad. Fue buen hombre antes de su funeral y a pesar de las calumnias, su memoria será eterna en Salta por su obsesiva preocupación y amor por los hombres y mujeres de las periferias existenciales.

*Lic. en Ciencias Religiosas

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