Miércoles 12.06.2024

Carlos Mugica. Un sacerdote, un mártir

Por: Felipe Medina

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Sudamérica, tierra de mártires

Los países de América Latina tuvieron y tienen una vertiginosa historia en los movimientos políticos y sociales. Me atrevería a decir, casi pendular. Hubo una ola de arrebatos del poder político en la década del 70 y 80 por parte de los grupos conservadores en connivencia con las fuerzas armadas de cada nación. Se fue afianzando la doctrina de la Seguridad Nacional como base ideológica para justificar los golpes de estado a la joven democracia, que, en no pocos casos, ya estaba minada por la corrupción.

En ese contexto de desencuentros y violencia, surgieron valientes figuras en la vida social, sobre todo de aquellos que entendieron los nuevos aires que se respiraban en las comunidades cristianas y de modo especial en la Iglesia Católica, a partir de las reformas del Concilio Vaticano II. Una iglesia que abría puertas y ventanas, permitiendo ventilar a la milenaria institución.

El mundo había cambiado después de las guerras mundiales en la primera mitad del siglo XX. Se hablaba con esperanza de un mundo mejor, una sociedad más justa y fraterna, y la necesidad de respetar los derechos del hombre y de la mujer. Se afianzaron las ideas de un humanismo cristiano que superara las barreras de las religiones.

En la Iglesia Católica hubo movimientos de profundas reformas, a tal punto que un grupo de obispos de los países del tercer mundo, que eran padres conciliares, se reunieron en Roma y firmaron el Pacto de las Catacumbas, que muchos prefirieron ocultar o callar. Allí se comprometieron a trabajar por los pobres, llevando una vida austera, marcada por la sencillez en lo cotidiano, inclusive en sus propias vestimentas, huyendo de toda ostentación que ofendiera al Pueblo de Dios. De ese grupo surgió la figura del Beato Enrique Angelleli, obispo de La Rioja.

En toda América hubo mártires de la fe y la caridad, hombres y mujeres valientes, obispos, sacerdotes y religiosas que se jugaron por el pueblo de Dios y la defensa de la dignidad de los sometidos a tratos inhumanos. Destaco la figura de un pastor con olor a oveja, Monseñor Oscar Romero, cuya santidad de vida fue reconocida por la Iglesia, siendo canonizado por el Papa Francisco. Monseñor Romero fue un hombre del que podríamos hablar y escribir extensamente, un hombre lejos de toda violencia y agresión que fue martirizado en El Salvador en medio de la misa, por ser considerado un subversivo. Y otro destacado amigo del obispo Romero, el padre Beato Rutilio Grande, que después de pronunciar una homilía por la que fue duramente criticado, los grupos reaccionarios de extrema derecha junto a sus aliados, lo martirizaron junto a dos laicos. Es muy bueno poder reflexionar hoy sus palabras: “Mucho me temo, mis queridos hermanos y amigos, que muy pronto la Biblia y el Evangelio no podrán entrar por nuestras fronteras. Nos llegarán las pastas nada más, porque todas sus páginas son subversivas. ¡Subversivas contra el pecado, naturalmente! … Yo me temo que si Jesús entrara por la frontera, allá por Chalatenango, no lo dejarían pasar…  Al hombre-Dios, al prototipo de hombre, lo acusarían de revoltoso, de judío extranjero, de enredador con ideas exóticas y extrañas… Lo volverían a crucificar” (Beato Rutilio Grande S.I., Sermón de Apopa, 13 de febrero 1977)

Nuestro país no escapó a las normas generales de toda América, y también hubo quienes se plegaron a la doctrina de la Seguridad Nacional, con muchas complicidades políticas, sociales, empresariales y eclesiásticas.

Surgieron figuras relevantes como los obispos Angelelli, Alberto Devoto, Carlos Ponce de León, Jaime De Nevares, Miguel Hesayne y muchos sacerdotes, religiosas y laicos que se comprometieron en la defensa de los pobres de la Nación. No pretendemos desarrollar en profundidad los pormenores de la historia setentista de Argentina, sólo mencionar una figura, cuya historia se está revisando para reconocer su valía como hombre de Dios, ofrendando su vida por los más necesitados, el padre Carlos Mugica.

Aquella noche, hace 50 años

Este año se cumplen 50 años de su martirio. El sábado 11 de mayo de 1974 el padre Mugica salía de oficiar una misa en la parroquia San Francisco Solano, en el barrio porteño de Villa Luro. En la vereda escuchó: “¡Padre Carlos! ¡Padre Carlos!”. Cuando empezó a girar buscando con la mirada a quién lo llamaba, una ráfaga de metralleta le impactó en el tórax y en el abdomen. Poco más de una hora después su vida se apagó en un hospital cercano tras los desesperados intentos por salvarlo.
Carlos Mugica sacerdote y pastor, abrazó con pasión su opción por los pobres difundiendo y practicando la doctrina social de la Iglesia. Desde el compromiso social adhirió a un movimiento como el peronismo, y a su líder en el exilio. Lo motivaba la esperanza de un mundo mejor para el país y su voluntad, su vocación, defender la importancia del patrimonio doctrinal de la Iglesia en esa materia, que responde a la más antigua tradición de los primeros Padres, sucesores de los apóstoles.
Mugica se debatía entre luchar por su pueblo y la violencia imparable que reinaba en los años ’70 y que incluyó a los grupos paramilitares que contaban con el apoyo del aparato estatal.

El padre Mamerto Menapace, del Monasterio Benedictino de Los Toldos, en una entrevista al prestigioso diario digital Valores Religiosos, destacó aspectos desconocidos del padre Mugica. Resaltó su vida de oración y un nivel de espiritualidad propia de un hombre enamorado del Evangelio de Cristo y de su Pueblo. Mugica se preparó con un retiro en ese monasterio porque intuía  la cercanía de la  hermana muerte  con extraña violencia.

Un sector de la Iglesia se quedó con la imagen de un Carlos Mugica revolucionario, peronista, montonero y violento. La realidad es que su muerte violenta se llevó a un hombre, un cura, un cristiano que jamás creyó en el camino de las armas.
El obispo conservador Octavio Derisi, el más importante filósofo tomista de la Iglesia argentina, dijo en la homilía durante la misa que celebró para orar por Mugica: “Un sacerdote que jamás renegó de la iglesia; un pastor quien seguramente Dios ya recibió en el Cielo”.

En el diario La Nación, una lectora domiciliada en Barrio Norte escribió conmovida su experiencia: “Cuando vi la multitud que seguía al féretro de un hombre con cuya ideología jamás comulgaría, sentí fastidio. Pero al ver pasar esos rostros curtidos, humildes, llorando como se llora a un padre, me conmovió, y me di cuenta de que se trataba de alguien muy distinto a quien había imaginado siempre”.

Hoy debemos reconocer la valentía de un hombre de Dios, que solo quería ver a sus hermanos vivir con dignidad, con un trabajo pagado como corresponde, junto a su familia en armonía y en paz. El sistema político y económico de la época condenaba a la familia a su disolución y dispersión, con la precariedad laboral y el cierre de numerosas fábricas a lo largo y ancho del país, como sucedió en la década anterior en la provincia de Tucumán.

Alguien debía levantar su voz, y eso bastó para llevarlo al martirio. A 50 años de su muerte, el padre Carlos Mugica sigue vivo en el corazón de la Iglesia, como semilla de nuevos cristianos, de nuevos pastores, sin mundanidad, lejos de los privilegios y las ostentaciones.

Que su sangre derramada en nuestra tierra sirva para hacerla fecunda en nuevos hombres de coraje. Romero, Mugica, Angelelli, Grande, Ponce de León, Martearena, etc., sean faros para la Iglesia Argentina, que nunca debe olvidar la misión del profeta, anunciar y denunciar, destruir y construir, luchar y amar a costa de su propia vida.

* Lic. en Ciencias Religiosas