Sábado 16.05.2026

Libertad, angustia, silencio y sentido

Por: Daniel Goldman

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Una conversación entre algún pensamiento judío y cierto existencialismo clásico contemporáneo

Pensar la libertad es, inevitablemente, rozar la angustia. Abordar ambas, si se hace con honestidad, conduce al silencio. No a un silencio vacío ni a una sordera, sino a uno cargado de sentido, de esos que no clausuran la reflexión, lo amplían. En esa tensión —entre decir y callar, entre elegir y temer, en ese borde incierto del ser y lo que se desconoce—se despliega una conversación profunda atravesada por intuiciones del pensamiento judío y del existencialismo clásico contemporáneo.

La libertad, en este cruce, no aparece como un don que brinde comodidad, y mucho menos como una celebración. Es, más bien, una exigencia. Como escribe Emmanuel Levinas, “la libertad no es primero la conciencia de sí, sino la responsabilidad por el otro”. Esta exigencia puede leerse ya en la primera pregunta bíblica al hombre. “¿Dónde estás?” (Génesis 3:9) es un interrogante ético que busca responsabilidad y no datos territoriales. No se dirige a un sujeto cerrado en sí mismo, sino a uno que es llamado, convocado, como todos. Ser libre es, entonces, estar expuesto a esa pregunta. No hay libertad sin respuesta, y no hay respuesta sin riesgo. El Génesis no elimina la libertad, sino que la intensifica.
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El Talmud enseña que “todo está en manos del cielo, excepto el temor del cielo” (Berajot 33b). Hay allí una pequeña porción —mínima pero decisiva— que se expande hasta volverse inmensa y constituye la tarea indelegable de elegir. Por lo tanto, no es una misión liviana preferir temer a no temer. Toda elección está atravesada por la angustia. Cada decisión implica renunciar a otras posibilidades, y en esa renuncia se inscribe una pérdida. No todo puede realizarse plenamente. Aquí resuena con fuerza la formulación de Jean Paul Sartre, “el hombre está condenado a ser libre”. La condena y la libertad aparecen, así como una resistencia irresoluble, una paradoja, una experiencia que expone al sujeto en cada decisión.

En este sentido, la angustia deja de asomar como un accidente psicológico y se vuelve la experiencia misma de la libertad. Como diría Søren Kierkegaard de manera tan penetrante, “la angustia es el vértigo de la libertad”. Una señal que indica que estamos frente a algo real, donde nuestras decisiones importan y nos trascienden.
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Sin embargo, mientras el existencialismo tiende a acentuar la soledad del sujeto frente a su libertad, cierto pensamiento judío introduce una inflexión particular. Como si cavara una zanja que delimita un territorio, irrumpe la voz del rabino Joseph B. Soloveitchik en La soledad del hombre de fe, “el hombre de fe es solitario, pero su soledad no es estéril, es la matriz de su relación con Dios”. Esta afirmación permite matizar la idea de soledad, siendo que no se trata de un aislamiento absoluto, sino de una interioridad rigurosa, donde la soledad en libertad se vuelve diálogo, aunque ese diálogo no siempre sea claro ni atenuante.

En Soloveitchik, la experiencia religiosa no elimina la ansiedad, sino que la intensifica. El sujeto creyente no se asienta sobre certezas plenas. Mora en una tirantez constante entre cercanía y distancia. Hay una conciencia aguda de la finitud humana frente a lo absoluto, y esa conciencia no se resuelve, se habita. La angustia deja entonces de ser solo el vértigo de elegir sin garantías -como en Sartre- para convertirse también en la experiencia de una exigencia que proviene de un más allá de uno mismo. No es solo “estoy condenado a ser libre”, sino, de manera más afectuosa, aunque no menos impactante, “soy convocado a responder”.
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Como fondo, y a modo de una música inaudible, el silencio comienza a adquirir un lugar central en esta trama, siendo un límite del lenguaje. Hay experiencias que desbordan las palabras y que exceden lo que puede ser completamente dicho, como el dolor, la responsabilidad o la presencia de lo divino. En ciertas tradiciones judías, el silencio se presenta en forma de densidad y no de carencia. El Eclesiastés recuerda que “hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar” (3:7). El saber callar concede un reconocimiento de que el lenguaje tiene un alcance finito. El Talmud lo formula de manera aún más radical cuando enseña que “una cerca para la sabiduría es el silencio” (Pirkei Avot 3:13). El silencio protege al pensamiento de la banalización, introduce una pausa, una distancia, una apertura.
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También aquí aparece una resonancia con el existencialismo. Albert Camus habla del “silencio del mundo” frente a la demanda humana de sentido. El mundo en sí mismo es, como escribe en El mito de Sísifo, no razonable. Ese silencio puede vivirse como experiencia del absurdo. Pero el carácter de habitar ese silencio se despliega de diversas formas. En Camus adquiere la representación de una rebelión lúcida. En la tradición judía abre una relación distinta, que sostiene el enigma y lo mantiene como una manera de resistir productivamente en lugar de resolverlo. En esa suspensión, el pensamiento se afina, la experiencia se vuelve más atenta y la palabra recupera su consistencia.
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La angustia, en este contexto, deja de aparecer como un obstáculo. Se convierte en un signo de lucidez. Recuerda que no todo está bajo control, que no existen garantías absolutas; que la vida exige decisiones en condiciones de incertidumbre. La libertad no consiste en eliminar esa suerte de contradicción, sino en actuar dentro de ella. En palabras de Sartre, “no importa lo que hicieron de mí, sino lo que hago con lo que hicieron de mí”. Se trata de una libertad expuesta, sin refugios.

En la tradición judía, esta exposición adquiere un carácter concreto. La libertad se traduce en responsabilidad efectiva, en actos que configuran el mundo y lo sostienen en su apertura. No hay libertad separada de la acción, ni interioridad que no se proyecte en modo de vida. El mundo permanece inacabado, y el ser humano participa en su configuración. Esa acción no descansa en certezas plenas. Se sostiene en una fidelidad que convive con la duda, en una práctica que mantiene viva la pregunta incluso mientras se actúa. La incertidumbre no debilita la responsabilidad, sino que la intensifica y la hace más consciente.
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Vuelvo. Quizás la clave no esté en resolver el contrasentido entre libertad, angustia y silencio, sino en aprender a habitarla. En no apresurar el cierre de las preguntas. En sostener la incertidumbre sin renunciar a la responsabilidad que ella misma exige. La vida espiritual, desde allí, no se define por la posesión de respuestas definitivas, sino por la fidelidad a preguntas que vibren mientras obramos. Elegir, aun sin resguardos. Responder, aun sin comprender del todo. Callar, aun cuando el silencio escuda una verdad más insondable que la palabra.
Así, libertad, angustia y silencio dejan de ser conceptos aislados para convertirse en una trama que anida responsabilidad, conciencia del límite y una forma de humildad que no renuncia a la acción. Es entonces cuando la libertad deja de ser abstracción, la angustia deja de ser obstáculo y el silencio deja de ser ausencia. Porque lo humano se juega precisamente en el borde de la palabra y el silencio, en el margen de la decisión y la duda, en la orilla de la búsqueda de sentido y su imposibilidad de clausura.
Bajo este enfoque, no estaría mal volver a repasar a ese viejo Erich Fromm y su clásico Miedo a la libertad.

Referencias
• Levinas, Emmanuel. Totalidad e infinito. Salamanca, Sígueme, 1977.
• Levinas, Emmanuel. Ética e infinito. Madrid, Visor, 1991.
• Sartre, Jean-Paul. El ser y la nada. Buenos Aires, Losada, 1949.
• Sartre, Jean-Paul. El existencialismo es un humanismo. Barcelona, Edhasa, 1999.
• Camus, Albert. El mito de Sísifo. Buenos Aires, Losada, 1953.
• Kierkegaard, Søren. El concepto de la angustia. Madrid, Alianza, 2007.
• Soloveitchik, Joseph B. La soledad del hombre de fe. Buenos Aires, Editorial Rioplatense, 2006.
• Biblia Hebrea, Génesis 3:9; Eclesiastés 3:7.
• Talmud de Babilonia, Berajot 33b; Pirkei Avot 3:13.
• Fromm, Erich, El miedo a la libertad, Buenos Aires, Paidós, 1959.

* Rabino/ co-presidente del Instituto de Diálogo Interreligioso de la República Argentina (IDI).