La fiesta de la Palabra de Dios hermana a todas las religiones

Por: Felipe Medina

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Cuando comenzamos en 1997, en una perfumería del microcentro salteño –hoy cerrada-, la exposición La Biblia en Salta, alentada por un judío y algunos laicos y sacerdotes católicos, sumado al apoyo de entidades culturales como la Biblioteca Provincial, no imaginamos todo lo que derivaría de ese primer encuentro. 

Casi de manera ininterrumpida se presentó la muestra de biblias artísticas, históricas, de idiomas extranjeros y ediciones recientes en lenguas de los pueblos originarios, biblias en wichi, chorote, guaraní, quechua y aimara. Biblias antiguas y ediciones lujosas que son patrimonio de la provincia y de la iglesia diocesana, de conventos y particulares. La muestra dejó de ser una exposición muda y estática, para convertirse en una muestra dinámica y acompañada de una serie de conferencias que mostraban la importancia de la Palabra en las diferentes religiones del libro, y en las confesiones cristiana. 

Judíos, Católicos, Ortodoxos, Anglicanos, Luteranos, Evangélicos, Pentecostales y Musulmanes se dieron cita durante los últimos 23 años en Museos, Palacio Arzobispal, Bibliotecas, Shopping y Galerías comerciales, donde nos prestaran un local para montar la muestra como excusa perfecta para hablar de unidad de los cristianos, de la paz en el mundo, de la familia, de los derechos humanos, de las grandes problemáticas sociales, siempre a la luz de la Sagrada Escritura, el único elemento en común para dialogar y compartir las preocupaciones de nuestro pueblo, y tentar, al mismo tiempo,  posibles líneas de acción, tendientes a mejorar la calidad de vida de las personas  integralmente. 

Nunca se estuvo exento a las dificultades y al cuestionamiento de los grupos más cerrados de casi todas las iglesias, que miraban con desconfianza esta actividad, como si fuese mejor estar divididos y enfrentados. En Salta, los planteos sobre la lectura libre de los textos bíblicos y la distribución de la biblia hacían mucho ruido desde la prohibición de la biblia latinoamericana durante el proceso militar de la década setentista, donde se acusaba de comunista al que leía esa biblia; además de enviar a quemar una edición completa de la biblia latinoamericana de bolsillo por tener una foto del Che entre sus laminas. 

En este tiempo, el Papa Francisco ha instituido el último domingo del mes de enero como el día de la Palabra de Dios. Es coherente con su política de la unidad de los cristianos y de la necesidad de hermanar a las grandes religiones del mundo en pro de la paz y la lucha contra la pobreza, frente a regímenes políticos liberales que propician el consumismo y la creación de nuevos muros para separar a la humanidad. 

Siempre las iglesias cristianas celebraron en setiembre las fiestas bíblicas, pero, el Papa ha querido revalorizar este tiempo con el ‘motu proprio’ ‘Aperuit Illis’, un documento que pone en el centro de la vida eclesial el libro de la Palabra de Dios, el Cristo Empapelado, como una Palabra Viva, instando a los cristianos a buscar lo que nos une y no hablar demasiado de las cosas que nos dividen.

“El Domingo de la Palabra de Dios puede ser esa capacidad del pueblo de comprender la Sagrada Escritura, porque no es sólo n libro es una Palabra, es algo vivo, es algo que toca nuestra vida. Y por eso en la liturgia, en todo lo que expresa la vida de la comunidad cristiana, la Palabra de Dios es un momento de unidad, es un momento en el cual damos la fuerza necesaria para la evangelización”, lo dijo Monseñor Rino Fisichella, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización.

Esta centralidad de la biblia es un guiño certero a las iglesias orientales separadas de Roma desde hace más de mil años y representan una fuerza enorme para frenar el avance de la violencia y el fanatismo religioso en medio oriente y la contaminación secularista y consumista de occidente que genera más desigualdades sociales y una grieta inimaginable entre pobres y ricos, y la desgastante migración de los pobres, desocupados o perseguidos por las guerras que deambulan por el mundo sin rumbo. 

Lo que un grupo de personas, sin grandes títulos ni pretensiones, iniciamos una movida local se fue convirtiendo en una verdadera institución para la Argentina y el mundo. Es necesario superar los pequeños planteos y mezquindades para aceptar el desafío de buscar caminos de unidad en un mundo lleno de grietas y muros. 

El desafío es enorme, el tiempo apremia, pero la esperanza permanece intacta. Y esa fuerza surge del libro por excelencia, el libro de la biblia, que no es un manual de moral ni un libro mágico, es el mensaje de Dios para ser escuchado, meditado y vivido.

* El autor es Licenciado en Ciencias Religiosas

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