La grieta que faltaba: Prácticas cultuales vs ayuda social

Por: Sergio Rubin

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La vida interna de la Iglesia católica en el último siglo estuvo signada por el enfrentamiento entre conservadores y progresistas, aunque para algunos observadores la identidad de esas categorías se desdibujó un poco en las últimas décadas. En la Argentina no faltan analistas que dicen que la verdadera puja eclesiástica interna es entre nacionalistas y liberales. Ahora, al compás de las sucesivas prolongaciones de las restricciones por la pandemia, chocan los que reclaman la vuelta de la misa con los que creen que la prioridad sigue siendo la ayuda social a los más afectados por la cuarentena.

En realidad, se trata de una manifestación de las corrientes encontradas de siempre en la Iglesia, pero ante una novedosa cuestión: las consecuencias de la prevención del coronavirus. Así como–en una generalización imperfecta- se atribuye a los progresistas defender las restricciones y los conservadores reclamar una flexibilización de la economía, se podría decir que en la Iglesia los progresistas consideran que lo primero es el cuidado de la vida y la mano tendida al que más lo necesita, y los conservadores destacan la importancia -con los debidos cuidados sanitarios- de la eucaristía.

Sin embargo, cabría preguntarse si –al igual que ocurre entre los partidarios de observar estrictamente la cuarentena y quienes piden una mayor apertura económica- no se está en presencia de una falsa contraposición en la Iglesia. ¿Efectivamente es la misa o la ayuda social? En verdad, hoy las celebraciones eucarísticas en aquellos países donde los servicios religiosos públicos siguen vedados –cada vez menos por la flexibilización- se pueden seguir por televisión o las nuevas tecnologías, y –por cierto- captan el interés de muchos fieles para grata sorpresa del clero.

No es menos veraz que -como lo recordó el Papa Francisco- la misa es una celebración presencial y comunitaria. Salvo, claro, una excepcionalidad como la imposibilidad física de poder ir a un templo. Hace rato que para los enfermos la misa por TV es una opción. Ahora la pandemia es otra excepcionalidad, pero generalizada. Claro que hay algo que no puede reemplazarse y es el acceso a la eucaristía (la hostia consagrada); por eso, el clero habla de una transitoria comunión espiritual.

Es cierto que comulgar espiritualmente no es lo mismo y que la eucaristía es el alimento espiritual esencial de los católicos. Por eso, a mi juicio, la excepcionalidad derivada de la cuarentena exige un par de cosas. La primera: el sentido común de que, en la medida que las restricciones se vayan acotando, se considere el regreso de la celebración eucarística con todos los recaudos. De hecho, en los países que la empiezan a flexibilizar se acuerdan minuciosos protocolos.

La segunda: un claro y contundente mensaje sobre la importancia de la práctica religiosa. En la Argentina, donde ahora se permite solo en el interior –no en la región metropolitana- la reapertura de los templos para el rezo y la asistencia espiritual personal  -no para la misa, salvo en la provincia de Misiones-, no se escuchó hasta ahora un claro reconocimiento de ello de parte del Estado en sus respectivos niveles y acaso el clero debería ser más enfático.

En el caso del área metropolitana ese reconocimiento parece aún más importante porque, mientras se permite que muchos comercios abran sus puertas, un feligrés no puede ir a un templo observando un protocolo como ocurre en otros países. Máxime cuando primero se anunció que la reapertura abarcaría a todo el país y luego se excluyó al AMBA por ser la región con más propagación del virus.

El tema es polémico. En Italia hubo un fuerte cruce entre la Conferencia Episcopal y el Gobierno hasta que se acordó un protocolo y se reabrieron los templos; en Francia la Justicia ordenó su reapertura porque consideró “desproporcionada” la demora del Estado en autorizarlo, y en los Estados Unidos Donald Trump azuzó a los gobernadores a hacerlo porque el país “necesita más oraciones”.     

El Estado tiene la obligación de velar por la salud de la gente, pero también de explicar. La vida es el valor supremo, pero la libertad religiosa es un derecho humano básico. El desafío es actuar con razonabilidad sanitaria, teniendo en cuenta las necesidades de la gente, especialmente las de los más necesitados, y a la vez no menospreciar la dimensión religiosa.


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