Miércoles 23.06.2021

Francisco y la propiedad privada

Por: Felipe Medina

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Un texto sacado de contexto sirve de pretexto, reza un viejo principio que circula entre los estudiosos de la Biblia, para indicar que una frase bíblica descontextualizada puede servir para justificar los disparates humanos más descabellados. Y lo cierto es que, al leer comentarios de periodistas,  economistas, políticos nacionales, sobre un enunciado del Papa Francisco, sentí una rara sensación, mezcla de tristeza y perplejidad. El fanatismo político militante y algunas posturas ideológicas ciegan a las personas que parecen formadas y objetivas para disparar groseramente contra la figura del Papa, pretendiendo interpretar  sus mensajes en clave local. Una mirada sesgada por la ignorancia.   Alguien publicó una frase del video conferencia del Papa Francisco ante la Organización Internacional del Trabajo, en la Conferencia 109°, celebrada recientemente en Ginebra Suiza: “al hablar de propiedad privada olvidamos que es un derecho secundario…”. Una periodista de la gran ciudad, dijo con voz tremebunda, intentando causar miedo a la audiencia “el concepto del pontífice atenta contra un derecho consagrado en la Constitución Nacional y pone bajo fuego la seguridad jurídica” y a coro repitieron algunos políticos y economistas, “es una barbaridad, es una inmoralidad” renegando del pobrerismo, según ellos, del Papa Francisco.

Pegarle al Papa porque habla y porque no habla, porque sonríe o porque se queda serio, ya es un deporte argentino. Detrás del coro de políticos, periodistas y economistas, siguen el coro de algunas damas católicas que se rasgan las vestiduras ante el Papa comunista, muchas de esas personas que se piensan ilustradas pero no han leído nunca un documento papal de Francisco ni de los Papas anteriores. Y dicen que con San Juan Pablo II no pasaba esto.

El Papa Francisco ha intervenido en la 109 Conferencia de la OIT con un discurso magistral que recuerda la doctrina social de la Iglesia sobre el trabajo humano y lo analiza desde un contexto de pandemia y post pandemia con una crisis social, económica y sanitaria que sacude a todo el planeta. Habla del trabajo, de la relación entre el trabajador y el empresario, de la solidaridad necesaria que fue demostrada por las diversas culturas de las comunidades, sobre todo las comunidades originarias y los movimientos populares. Presenta al mundo del trabajo, empresarios, obreros, trabajadores informales, mujeres trabajadoras, un nuevo escenario mundial post pandemia donde se exigen pensar la economía y el trabajo en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. Se pide luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra y de vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales. Es necesario, dirá el Pontífice,  enfrentar los destructores efectos del Imperio del dinero. La solidaridad, entendida en su sentido más hondo, es un modo de hacer historia y eso es lo que hacen los movimientos populares (FT 116).

Podríamos analizar ese discurso completo del Papa y entonces entenderíamos el sentido de la afirmación papal. No tiene nada de novedosa la afirmación, ni es una intuición de Francisco, o un nuevo dogma. Es simplemente,  la doctrina social de la Iglesia que fue repetida por el Papa Juan Pablo II, en varias oportunidades y plasmada en el documento Laborem Exercens 14, con una firmeza inusual al decir, “la propiedad privada grava una hipoteca social”.

Juan Pablo II y su sucesor el Papa Francisco han expresado de modo diferente la enseñanza tradicional de la iglesia respecto de la propiedad privada. La iglesia tomando distancia del capitalismo y del marxismo defiende la propiedad privada de los bienes de producción, pero no la considera un derecho absoluto ni incondicional. Es un problema o discusión tan antigua como lo es el hombre sobre la tierra. La discusión viene de dos siglos atrás cuando la industrialización plantea de modo nuevo los conflictos con la justicia social. El capitalismo acepta sin críticas el derecho de propiedad de los bienes de producción contra el marxismo que ve en ese derecho precisamente la causa de todos los males e injusticias laborales proponiendo la estatización o colectivización de los bienes.

La Doctrina Social de la Iglesia defendió desde la Rerum Novarum del Papa León XIII en 1891, la licitud de la  propiedad privada y cuarenta años más tarde Pio XI en Quadragésimo Anno, año 1931 seguía defendiendo el mismo principio, pero resaltando, a la vez, la función social de la misma. Pio XII siguió en la misma línea y el Papa Juan XXIII, en el año 1961,  con la encíclica Mater et Magistra continúa defendiendo la propiedad privada haciendo ver que los regímenes que la niegan, tanto el comunismo, como los totalitarismos, niegan a la vez las libertades individuales. Reitera con énfasis que la propiedad está destinada a una función social. En el siglo XX, en la iglesia ya no se discute ésta temática y todos los papas siguen en la misma línea de pensamiento.
El Concilio Vaticano II añade perspectivas nuevas al tema de la propiedad privada, en lugar de asentar su defensa en la ley natural o el derecho, pone el acento en la revelación. Dios es creador del mundo y del hombre, y ha creado al mundo para que sirva al hombre. De ahí se deduce que los bienes de la tierra tienen un destino universal, su finalidad es hacer posible la existencia humana sobre la tierra. La Constitución Pastoral Gaudium et Spes, 69, sintetiza la doctrina de la iglesia en este tema, que ya venía preparándose en las manifestaciones pontificias desde el siglo XIX, y en coherencia con el pensamiento de los Padres de la Iglesia de los primeros siglos, como san Cripriano, san Basilio, San Gregorio Niseno y el mismo San Agustin, que podríamos exponer de manera extensa. Juan Pablo II dirá con firmeza en Centensimus Annus, 43 “la propiedad de los bienes de producción se justifica moralmente cuando crea,  en los debidos modos y circunstancias, oportunidades de trabajo y crecimiento humano para todos”.

Francisco dirá en Laudato Sí que “hoy creyentes y no creyentes estamos de acuerdo en que la tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos. Para los creyentes, esto se convierte en una cuestión de fidelidad al Creador, porque Dios creó el mundo para todos…”

Qué bueno sería que los que intentan leer los mensajes de Francisco, no sólo se desasnaran un poco, sino también que no sacaran de contexto sus palabras, sobre todo aquellos que tienen la misión de ser comunicadores de la verdad (periodistas) o hacedores del bien común (políticos), y no simplemente, buscas grotescos del “dios mammon”. El temple de Francisco Papa jesuita sigue inalterable en su titánica tarea de reformar una iglesia auto-referencial, supersticiosa y asustada frente a un mundo aún más desconcertante.

* El autor es licenciado en Ciencias Religiosas

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