“Guadalupe: un camino al Cielo en la vida cotidiana”

Por: Mons. Fernando Ocáriz

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La sierva de Dios Guadalupe Ortiz de Landázuri será beatificada el próximo 18 de mayo en Madrid. Este acontecimiento es motivo de alegría y de esperanza, porque manifiesta, una vez más, que Dios llama a todos a vivir una vida plena junto a Él, a la santidad, y que es posible alcanzarla en las vicisitudes de la vida cotidiana.

La futura beata amaba la vida que Dios había escogido para ella; la hizo suya y fue feliz. Siendo joven, sufrió la muerte de su padre, que afrontó con serenidad y firmeza. A pesar de las dificultades, decidió continuar con sus estudios de Química y seguir una profesión que era poco frecuente en las mujeres de su tiempo; luego se dedicó a la enseñanza, donde puso en juego todas sus cualidades. Cuando conoció a san Josemaría Escrivá y descubrió que Dios la llamaba a vivir su vida cristiana según el espíritu del Opus Dei, no dudó en entregarse generosamente para seguir la invitación a alcanzar la santidad en la vida cotidiana. Guadalupe permaneció abierta a lo que Dios le iba pidiendo en cada momento: dejar por un tiempo su profesión para retomarla más tarde, viajar a México para empezar la labor apostólica del Opus Dei en el continente americano, regresar a España y continuar con la enseñanza, comenzar a una edad avanzada la tesis doctoral.

El ejemplo de Guadalupe puede ser una luz, un impulso para afrontar como camino de santidad la vida corriente, con sus proyectos, ilusiones, desafíos, planes más o menos previstos, pero en la que hay también cambios, dificultades y problemas inesperados. Destaca en ella la actitud de amar lo que Dios nos da, de querer lo que Él quiera, de confiar y esperar en Él, y vivir plenamente el presente, como es, poniendo en manos de Dios el futuro.

Guadalupe fue una persona alegre, valiente, decidida, emprendedora, acogedora. La certeza que tenía de la cercanía de Dios, de Su amor por ella, la llenaba de sencillez y serenidad y le hacía no tener miedo de sus errores y de sus defectos, e ir siempre para adelante buscando querer en todo a Dios y a los demás. Muchas veces podemos estar tentados a dejar de aspirar a cosas grandes, a renunciar a nuestros sueños, porque palpamos nuestras limitaciones y errores. Guadalupe nos enseña que es posible soñar y llegar lejos si, a pesar de las dificultades, confiamos en Dios, en su amor por nosotros.

Esta química madrileña hizo compatible una vida profesional intensa con el trato con Dios y con el servicio a los demás. Sus numerosas cartas nos hacen ver cómo intentaba poner a Dios en primer lugar y, aunque no siempre lo lograba tal como quería, recomenzaba cada vez con nuevo empeño. En algunos momentos del día, procuraba tener ratos de encuentro personal con Dios, de oración, de donde sacaba la fuerza para encontrarle luego en cada circunstancia. Todos, a pesar de las múltiples tareas y compromisos que llenan nuestro día, podemos, si queremos, encontrarnos con Dios, que nos espera pacientemente en cada momento y especialmente en la Eucaristía. No deja de parecer un especial detalle del Señor que el 18 de mayo, día de su beatificación, sea la fecha en que Guadalupe recibió la Primera Comunión. Esta coincidencia nos recuerda la estrecha unión que existe entre Eucaristía y santidad personal. 
 
La futura beata es también un modelo de cómo descubrir a Dios en nuestro trabajo, en nuestra labor bien hecha. Era consciente de que podía hacer presente a Dios en su actividad profesional, y en ella y a través de ella, darle a conocer a los demás. El amor de Dios y su afán profesional la impulsaban a implicarse generosamente en las necesidades sociales de su tiempo; no le eran indiferentes los sufrimientos de los demás y esto la animó a llevar adelante iniciativas de desarrollo social tanto en su país como en México, desplegando sus conocimientos y talentos. Guadalupe era una apasionada de la Química, pero el trabajo no era para ella sólo un lugar de realización profesional, sino principalmente un espacio para tratar a Dios y darse a los demás, de servir.
Muchas personas que la conocieron recuerdan su alegría, su risa contagiosa, que hacía la vida agradable a los demás. Este carácter alegre y abierto tendría algo de temperamental, heredado, pero era también fruto del esfuerzo y del sacrificio escondido. Sufrió por muchos años una enfermedad cardíaca, que la hacían sentirse cansada y hasta agotada, pero eligió abrazar esa dificultad y sonreír a los demás, quitándose importancia. Pensando en Guadalupe, me viene a la memoria también una afirmación de san Josemaría: “Darse al servicio de los demás, es de tal eficacia, que el Señor lo premia con una humildad llena de alegría”.

En este mes de mayo, especialmente dedicado a la Santísima Virgen, podemos pedir a Ella que la figura de Guadalupe nos inspire y nos impulse a aceptar siempre las invitaciones de Dios para nuestra vida, para ser como ella felices, “beatos”, como la declarará dentro de pocos días la  Iglesia.

* El autor es prelado del Opus Dei

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