Por: Mónica Alcalá
Mientras decenas de celulares graban, de repente, en un parque público, dos adolescentes se encaran uno a otro. Los adultos que presencian la escena tal vez pensarán: una pelea. Pero no, uno de ellos hace un "Siuu" de Cristiano Ronaldo. El público grita. El otro responde con un “six seven”, los jóvenes aplauden. Y entonces aparecen en comentarios de las grabaciones: “+10000 de aura”.
“Farmear” viene del mundo “gamer” (videojuegos) en donde se deben repetir acciones para ganar recursos o puntos. “Aura”, dentro de la misma jerga significa carisma, presencia, seguridad. Lo que los jóvenes de hoy hicieron fue sacar estos conceptos del mundo “gamer” y lo llevaron al plano real (aunque los puntos se consiguen justamente por la validación de la persona en el plano digital).
Entonces, “farmear aura” consiste precisamente en hacer acciones para parecer espontáneamente interesante o “cool”. La paradoja es estupenda: hay que esforzarse en ser genial, pero que parezca que no te estás esforzando. Nunca fue tan complicado hacer creer que no te importa lo que los demás piensen.
Cada generación tuvo su propia “aura”. Antes se llamaba popularidad, reputación, estilo. Hoy la cultura digital lo convirtió en meme y, de paso, en videojuego.
¿Cuál es la diferencia? Ahora ese juicio social puede acompañar al adolescente todo el día… o incluso más. Según Pew Research Center, 47% de los adolescentes estadounidenses dice sentir presión por verse bien y 41% por encajar socialmente. En redes, 31% reconoce sentir presión por publicar contenido popular. Paralelamente, 74% afirma que las redes lo hacen sentir más conectado con la vida de sus amigos y 63% dice que allí puede mostrar su lado creativo.
Pero este fenómeno también nos plantea una pregunta: ¿Qué ocurre cuando la identidad comienza a medirse con el aplauso de otros? En el fondo, detrás del “aura” hay preguntas más antiguas: ¿me ven los demás, encajo, soy interesante, hay algo en mí que valga la pena?
León XIV entendió el código
En mayo de este año, un grupo de jóvenes en el Vaticano consiguió que el Papa León XIV hiciera el famoso gesto del “six-seven”, otro meme sin significado preciso que funciona como contraseña de esta generación. El video se hizo viral. El Papa no necesitó explicar el meme, simplemente respondió con humor al lenguaje de quienes tenía delante.
Este gesto pudiera parecer mínimo, pero ofrece una pista a padres, educadores y adultos en general: antes de ridiculizar los códigos de los jóvenes, conviene intentar comprender qué expresan.
Un mes después, hablando con niños y jóvenes en el Vaticano, el Papa recordó que la tecnología puede parecer buena, pero insistió en la importancia de la amistad sincera, la conversación, el juego improvisado y la oración: “Dios no quiere mirar el celular, Dios quiere mirar nuestros corazones”, les insistió.
Podemos dar entonces una respuesta cristiana más profunda a esta tendencia. Internet puede conceder “+1000 de aura” por una entrada espectacular al salón de clases y quitarlos todos por un momento vergonzoso, pero Dios no entra en este marcador.
El Papa Francisco escribió en Christus vivit una verdad de vida que hace bien a todos los jóvenes de hoy y una respuesta anticipada a esta tendencia: “Dios te ama”. Y añadió: “En cualquier circunstancia, eres infinitamente amado”. La Iglesia recuerda además, en Dignitas infinita, que cada persona posee una dignidad que permanece “más allá de toda circunstancia”.
Para los padres de familia valdría la pena preguntarse si la solución es prohibir estas tendencias o reaccionar con preocupación ante cada palabra nueva. Tal vez antes conviene acercarse, preguntar, reírse con ellos y observar. A veces, detrás del meme no hay más que diversión, pero otras veces puede esconderse una necesidad más profunda de aprobación, comparación o pertenencia.
La fe ofrece aquí una tarea muy concreta: ayudar a los hijos a construir su identidad desde una mirada que no cambia con las modas ni con la opinión del grupo. Recordarles con palabras, pero sobre todo con la manera de tratarlos, que son amados antes de destacar, antes de tener éxito y también cuando se equivocan.
Eso implica crear espacios donde pueden hablar sin sentirse juzgados, enseñarles a distinguir entre buscar aceptación y vivir pendientes de ella; cuidar la vida fuera de las pantallas y cultivar aquello que de verdad fortalece el corazón: la amistad real, el servicio, la oración, la familia y el encuentro con Dios.
No hace falta tener miedo de que los jóvenes quieran “farmear aura”. En cierta medida, todos hemos querido impresionar alguna vez. Lo importante es que, mientras descubren quiénes son, encuentren adultos capaces de recordarles algo que ningún algoritmo puede medir: su dignidad no se gana, no se vuelve viral y tampoco se pierde. Se recibe de Dios.
* Comunicadora. Periodista y fotógrafo católico en el Periódico Semanario de la Arquidiócesis de Guadalajara
Extrac. Aleteia.