Por: Daniel Goldman
Vivimos una época fascinante. En pocos segundos, una inteligencia articuladamente artificial puede responder preguntas, traducir textos, redactar informes, producir imágenes o resolver problemas que hasta hace poco requerían largas horas de trabajo humano. La velocidad de estos avances despierta admiración, entusiasmo, pero también inquietud. No es la primera vez que el hombre se encuentra frente a una innovación capaz de modificar profundamente la vida cotidiana. Pero sí es una de las primeras ocasiones en la que una herramienta parece aproximarse a una facultad que considerábamos exclusivamente humana, como la capacidad de pensar.
No será entonces que, ante todo, debamos preguntarnos qué entendemos por inteligencia. O yendo aún más lejos, qué entendemos por humanidad.
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¿La inteligencia consiste solamente en la facultad de resolver problemas o también en comprender la esencia del sufrimiento humano? ¿Es posible programar la compasión? ¿Puede existir responsabilidad sin conciencia?
La tradición judía siempre ha desconfiado de las definiciones simplistas. En el Talmud, las respuestas suelen abrir a nuevas preguntas. Los sabios antiguos discuten, interpretan y vuelven a discutir. La verdad no aparece como una posesión definitiva sino como una búsqueda compartida. Existe allí una profunda gnosis de que el conocimiento humano es necesariamente limitado y de que toda certeza debe convivir con la incertidumbre.
Esta perspectiva resulta especialmente significativa en un tiempo enamorado de las respuestas instantáneas. La inteligencia artificial puede ofrecer información en una fracción de segundo. Pero la rapidez no equivale a comprensión. Hay preguntas que exigen mucho tiempo, vasta experiencia y encuentro con los otros. Hay interrogantes que no buscan una solución definitiva, sino que abren espacios de reflexión. Por eso, el desafío que plantea la inteligencia artificial no puede resolverse mediante categorías tecnológicas. Requiere, ante todo, una meditación ética, filosófica y espiritual.
La tecnología puede procesar cantidades infinitas de datos. Puede identificar patrones invisibles para nosotros. Pero la vida humana no está instaurada esencialmente por la información. Está constituida por vínculos, memoria, dolor, esperanza y responsabilidad.
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Hoy día, un dispositivo en una cerradura electrónica puede reconocer un rostro. Pero, como diría Emmanuel Levinas, no puede sentirse interpelada por ese rostro. Para el filósofo, el rostro del otro no es simplemente algo que observamos; es una presencia que nos reclama y que nos exige, antes que nada, un compromiso ético. Antes incluso de pensar, calcular o decidir, somos convocados por la responsabilidad hacia el prójimo. Desde esta perspectiva, la humanidad no se define por la inteligencia, sino por la capacidad de hondura al responder al sufrimiento y a la vulnerabilidad de los demás. El cuestionamiento ético precede a toda pregunta técnica. Antes de preguntarnos si algo puede hacerse, debemos indagar al servicio de qué valores habrá de situarse.
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La historia del siglo XX y lo que llevamos del XXI nos enseñan de manera aguda que el progreso en la comprensión racional y ontológica no garantiza ningún avance moral. Las sociedades más desarrolladas pueden producir descubrimientos extraordinarios y, al mismo tiempo, caer en formas devastadoras de violencia, genocidios y exclusión. Auschwitz constituye un símbolo y una advertencia permanente contra toda identificación ingenua entre conocimiento y sabiduría.
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Existe una antigua leyenda judía que adquiere una resonancia particular. Me refiero a la del Golem. Según el relato, en el siglo XVI, un sabio de la ciudad de Praga crea una figura de barro y le da vida mediante fórmulas esotéricas e instrucción mediante permutaciones en las letras sagradas. El Golem nace para servir y proteger, pero la leyenda contiene una advertencia acerca de los límites del poder humano. No se trata de una condena al conocimiento ni a la creatividad. Es una invitación a recordar que toda creación implica responsabilidad.
La inteligencia artificial no es el Golem. Sin embargo, ambas evocan una misma inquietud. La pregunta que subyace a la leyenda conserva toda su vigencia. Jorge Luis Borges supo captar magistralmente esa intuición en su célebre poema El Golem. ¿Qué ocurre cuando nuestras creaciones adquieren una capacidad de acción que supera nuestras previsiones? ¿Cómo aseguramos que el desarrollo tecnológico permanezca al servicio de la dignidad del hombre?
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Las preguntas más profundas de la existencia no tienen que ver con la capacidad de calcular, sino con aquellas experiencias que constituyen nuestra vida emocional y ética.
¿Puede el duelo encontrar un eco en la inteligencia artificial? ¿Puede el dolor por una pérdida metabolizarse a la velocidad con la que hoy obtenemos respuestas? ¿Qué ocurre cuando una persona busca el consuelo instantáneo, mientras sabemos que el trabajo interior de una ausencia exige tiempo, silencio, memoria y elaboración?
La experiencia humana conoce de tiempos que no pueden acelerarse. El sufrimiento no se resuelve mediante destreza matemática ni la tristeza desaparece gracias a un algoritmo. El duelo requiere atravesar un abandono, convivir con interrogantes sin respuesta y con la sensibilidad de reconstruir lentamente un significado detrás del misterio de la finitud. Ninguna tecnología puede suprimir ese recorrido.
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Algo similar ocurre con la confianza. ¿Puede existir de manera artificial, sabiendo que ella nace de una vulnerabilidad compartida? ¿Es posible hablar verdaderamente de encuentro cuando uno de los interlocutores carece de historia, conciencia o experiencia propia?
La confianza humana surge a partir de la presencia, de la reciprocidad y de la posibilidad de reconocerse mutuamente en la fragilidad. Confiamos porque percibimos una responsabilidad frente a nosotros, que pertenece al mundo de los vínculos, no al de los datos.
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Insisto en que la cultura de la inmediatez también merece mucha atención. Todo parece exigir una solución instantánea, cuando sabemos que el amor, el aprendizaje, la amistad, el perdón y la fe son procesos que requieren paciencia, tiempo, escucha, presencia y encuentro. Ningún algoritmo puede reemplazar la experiencia de sentarse frente a otro ser humano y compartir una conversación significativa.
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Estas preocupaciones ocupan un lugar central en la reflexión religiosa contemporánea. En Magnifica Humanitas, su primera encíclica, el papa León XIV advierte sobre el riesgo de que la inteligencia artificial termine debilitando los vínculos humanos si no está orientada por una profunda conciencia ética. El documento insiste en que el desarrollo tecnológico debe permanecer subordinado a la dignidad de la persona humana y al bien común.
Esta inquietud dialoga profundamente con una antigua enseñanza judía. La de no confundir inteligencia con sabiduría. Una sociedad puede volverse extraordinariamente eficiente y, al mismo tiempo, empobrecer sus vínculos. Puede multiplicar su capacidad de procesamiento y perder sensibilidad frente al sufrimiento concreto de las personas.
La tradición judía ha hecho del diálogo una forma de sabiduría porque reconoce dimensiones de la experiencia humana que ningún cálculo puede agotar. En esa dimensión del diálogo, como enseñó Martín Buber, la verdad aparece atravesada por la relación con los demás. Aprendemos hablando, escuchando, discrepando y construyendo juntos un sentido.
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El desafío consiste en no abandonar aquello que nos vuelve humanos. La capacidad de compadecernos, de asumir la solidaridad, de reconocer la singularidad irrepetible de cada persona y de sostener la incertidumbre sin buscar refugio inmediato en respuestas automáticas. La inteligencia artificial puede ayudarnos a responder consultas. Pero una sociedad verdaderamente humana seguirá necesitando personas capaces de formular las preguntas necesarias. Allí reside una de las tareas más importantes de nuestro tiempo.
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No debemos detener el avance tecnológico ni contemplarlo con temor, sino acompañarlo con una profunda conciencia ética. Recordar que el conocimiento sin responsabilidad puede transformarse en una forma de poder vacío. No olvidar que el valor de una civilización no se mide por la sofisticación de sus herramientas, sino por la dignidad con la que se trata a las minorías y a los más vulnerables; según el lenguaje bíblico, a la viuda, al huérfano y al extranjero. Porque la verdadera pregunta sigue siendo la misma. ¿Seremos también más sabios, más responsables y más capaces de cuidarnos unos a otros?
En definitiva, la cuestión no es si las máquinas llegarán a pensar como los seres humanos, sino si los seres humanos seguiremos cultivando aquello que ninguna máquina puede hacer por nosotros. Construir confianza, responder al llamado del otro, acompañar el dolor humano y transformar el conocimiento en sabiduría.
* Rabino. Co presidente del Instituto del Diálogo Interreligioso (IDI)