Por: Felipe Medina
“Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón esta inquieto hasta que no descanse en Ti”, decía San Agustín desde lo más profundo de su alma, para expresar su sentimiento hacia Jesucristo y la necesidad de buscar al Dios de la Paz. Entender a un agustino y su teología es un poco complicado y simple a la vez. Intentaba Agustín, por todos los medios llegar a la verdad, la verdad de Dios en insondables diálogos en su interior, mente y corazón. Es complicado porque no paraba nunca de cuestionarse sobre la fe, para crecer y creer. Y es simple a la vez, porque Dios es simple, y su teología está centrada en la Encarnación del Verbo y en una relación personal con Cristo vivo entre nosotros. Su referencia a la Santísima Trinidad taladraba su cabeza, para aceptar lo que no podía entender por la simple razón. La imagen de unidad, amor infinito y la diversidad en el misterio trinitario mostraba la riqueza de vivir en comunidad y en una comunión de amor.
Los cardenales eligieron, después de un jesuita argentino venido del fin del mundo, a un nuevo Papa de origen americano, nacionalizado peruano, misionero en el Amazonas y en los valles altos del Perú, un monje agustino, el padre Robert Francis Prevost.
León XIV fue formado en la espiritualidad agustiniana, hombre de mirada serena y en permanente búsqueda de la paz y la unidad. Un Santo Padre para la iglesia y el mundo de hoy.
En la historia de la iglesia podemos ver a varios Papas que en su vida anterior fueron monjes, vivieron bajo un regla, en comunidad, con una profunda espiritualidad marcada por el silencio, la oración y el sacrificio. Han aportado a la vida de la iglesia, un soplo de espiritualidad y una experiencia dura de convivencia comunitaria, signada por el ejercicio del poder, la obediencia y la convivencia en la unidad y la diversidad. Han introducido en la iglesia una clara disciplina en la vida institucional. El padre Prevost reúne una vasta experiencia de gobierno, ya que fue por un largo período Superior General de la Orden de San Agustín, tiempo en que fijo su domicilio en Santa Mónica, pegado a las columnas de la Plaza de San Pedro en Roma, gran conocedor de la curia romana, de la cual formó parte por pedido del Papa Francisco. Como Superior General, recorrió todo el mundo, visitando a sus hermanos agustinos en Asia, África, América, Europa, Australia, etc. Llevo la conducción de una de las órdenes más numerosas de monjes misioneros que trabajan en su apostolado con una fuerte impronta social. Acompañó a sus hermanos, alentando su apostolado, corrigiendo con caridad y firmeza y confirmando en la fe y la misión a la comunidad. Estuvo muy ligado a los agustinos de Cafayate y de Buenos Aires. Hombre profundamente espiritual y políglota. Enamorado del Perú y de su gente, conocedor de la auténtica teología de la liberación, no la de la opción por la armas, sino la que proclama y defiende desde el dialogo, la paz y la justicia social y la verdadera opción por los pobres.
Los sectores conservadores quedaron perplejos con ésta elección, ya que esperaban un Papa restaurador; Prevost llegó con consignas muy claras referente al Concilio Vaticano II, al ecumenismo y la interreligiosidad, a la lucha incansable por la paz mundial, y a la defensa de la dignidad humana en todos sus estamentos. Algunos especulaban que se trataba de una ruptura pastoral con la linea del Papa Francisco, otros hablaban de una continuidad. Lo cierto es que -nadie lo quiere decir-, León XIV sigue la misma linea pastoral que sus predecesores, desde León XIII hasta Francisco, con su referencia ineludible al evangelio de Cristo.
León XIII publicó su encíclica Rerum Novarum, cuyo eco llega hasta nuestros días, donde puso los cimientos para una sistematización de la Justicia Social en la Doctrina Social de la Iglesia. Las “cosas nuevas” de ese tiempo eran la revolución industrial, la migración del campo a las grandes ciudades, la pobreza creciente, las injusticias laborales, y el crecimiento de la propuesta del comunismo ateo como camino para la defensa de los obreros. Los extremos siempre se tocan, y tanto el sanguinario capitalismo liberal como el violento comunismo que llevaban vertiginosamente a la sociedad toda al caos y la guerra.
Rerum Novarum fue una propuesta superadora de los extremos ideológicos con una base antropológica cristiana; si Dios se hizo hombre, el hombre, en cualquier circunstancia es un sujeto de derechos y su dignidad debe ser respetada siempre porque es hijo de Dios.
La elección del nombre León, que hizo el neo cardenal Prevost, no es casual, como no lo fue Jorge Bergoglio cuando eligió llamarse Francisco, por el fraile de Asís, proclamando una iglesia pobre para los pobres. Elegir el nombre de León implicó poner a la Iglesia en tensión y alerta, acerca que las “cosas nuevas”, que pueden ser buenas, pero sin una base ética pueden ser perjudiciales para el hombre de nuestro tiempo. Las cosas nuevas tienen que ver con el avance de la tecnología, inteligencia artificial, ruptura de principios y valores morales básicos, el resurgimiento de movimientos con posturas extremas socio políticas, las guerras fratricidas, el hambre y las injusticias, la destrucción sistemática del planeta en pro de la economía; el surgimiento de nuevos mesianismos edificados en una erróneo concepto de supremacía racial o la superioridad de algunas culturas sobre otras, etc., y hacia dentro de la iglesia la constante tentación de ser mundanos, atados a los poderosos del mundo, con referentes eclesiásticos que añoran el retorno a la cristiandad, donde solían ser venerados y servidos, como parte de un poder supremo y no como servidores de la humanidad.
Los últimos Papas han bregado por una iglesia servidora y libre frente a los poderes del mundo. León XIV mantiene a rajatabla ésta posición. Tal vez menos impetuoso y despojado de miedos y prejuicios como Francisco, pero no menos firme en su posición.
Para entender la personalidad de Leon XIV basta con ver su reacción ante los insultos y provocaciones del Presidente estadounidense Donald Trump, quien lo acusó de flojo, débil y temeroso. León no se sumó a la polémica, solo atinó a responder que su misión es predicar el Evangelio, y de eso no tiene miedo, es su deber. Y es su deber también velar por la Paz del mundo y el respeto por la autonomía de los pueblos en su desarrollo. Ahora bien, hacia dentro de la iglesia, quienes hablan de lineas, de derechas o izquierdas no entendieron el corazón de los últimos Santos Padres, como Pablo VI, Juan Pablo I y II, como Benedicto o Francisco; el único programa válido en la teología de León XIV son las Bienaventuranzas o Sermón de la Montaña, en Mateo 5, 3-12 o en Lucas 6, 20-23. Tanto Francisco, como León no se mueven ni con criterios políticos ni con los parámetros del mundo, su guía es el evangelio de Cristo, que hermana y obliga a los hombres y mujeres de hoy a ser solidarios por amor. (Mateo 25, 22)
Una iglesia triunfante no tiene nada que decirle al mundo, una iglesia servidora es un faro de luz y calor, en medio tanta oscuridad y confusión.
León XIV no viene a conservar o restaurar viejas tradiciones o costumbres, viene a predicar, iluminar, corregir, a darle un nuevo impulso misionero a la iglesia de Cristo. En un mundo roto, la iglesia debe ser un hospital de campaña; en un mundo dividido, ella debe ser un ejemplo de unidad en la diversidad de ritos, culturas y modos de religiosidad; en un mundo en guerra, la Iglesia, como Cuerpo Místico de Cristo, debe ser nuestra paz.
Recientemente, León XIV corrigió a alguien que dijo “portate bien, porque Dios ama a los buenos”. Dijo el Pontífice, “no, eso no es verdad, Dios nos ama a todos buenos y no tan buenos, como somos y nos llama a la conversión, no por miedo, sino por amor”.
León XIV es un monje agustino, con corazón de Pastor, y olor a oveja, a las pobres ovejas que peregrinan en Chiclayo, Perú. Un verdadero corazón inquieto que no descansará hasta llegar a los corazones más duros del mundo y a los corazones más cerrados en el interior de la iglesia.
* Licenciado en Ciencias Religiosas