El Milagro de Salta, una fiesta en el dinamismo de la historia

Por: Felipe Medina

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Cuando recorremos la historia del Milagro y toda su ritualidad nos damos cuenta que el mito siempre se impone a la realidad, y la gente en su memoria colectiva conserva el espíritu esencial de las fiestas, pero va agregando elementos que desdibujan la originalidad del hecho religioso;  a tal punto que, en no pocos casos, se va sobrecargando lo ritual, convirtiéndolo en algo insoportablemente pesado y generador de culpas.

El hecho central del Milagro tiene dos referencias insoslayables, la imagen del Cristo donado por el Obispo Victoria en 1592 y la aparición de la imagen de la Virgen Inmaculada a los pies del Sagrario, intacta, en un templo totalmente destruido por el terremoto en 1692.

La primera referencia para el pueblo, guiado por el Padre José Carrión, fue redescubrir al Cristo olvidado, cien años después, en el altar de las ánimas. El Cristo estaba intacto después del citado terremoto,  ya que se estaba detrás del altar mayor, que por su estructura sólida no colapsó. Se puede apreciar este tipo de construcción en todas las iglesias de la época, donde, el frente con el campanario y el presbiterio al fondo, tenían detalles de edificación más sólida para soportar toda la estructura de la nave. Un ejemplo similar es la destrucción del santuario del Cristo de Luren en Ica, Perú, en el terremoto del año 2007. Más allá de esta conjetura técnica, lo cierto es que el pueblo necesitaba una protección y el Padre Carrión sintió la necesidad de invitar al pueblo a sacar al Cristo por las calles de la destruida ciudad, para frenar las réplicas del fuerte terremoto que sepultó a la ciudad de Esteco.

En segundo lugar, la imagen de la Virgen estaba en el altar mayor del templo. Por los movimientos telúricos que destruyeron la iglesia, la imagen de la Inmaculada cayó a los pies del Sagrario ubicado a la usanza litúrgica de ese tiempo en el centro del mismo altar. El pueblo que buscaba consuelo y refugio, turbado por el miedo y la destrucción del terremoto, corrió al templo y encontró la imagen mariana en el piso sin daños, pero mostrando un camino de retorno, Cristo Eucaristía. Los terremotos cesaron por ese tiempo, y desde entonces, el Cristo del Altar de las ánimas y la Virgen Inmaculada fueron llamados con el título de Señor y Virgen del Milagro.

Salta era una ciudad construida en la cabecera del Valle de Lerma, fundada con fines comerciales, para ser nexo entre el Alto Perú y el Rio de la Plata. Sus habitantes eran, fundamentalmente, comerciantes y toda su economía tenía base en las ferias del Sumalao, donde se comercializaban las mulas y mercadería típicas para las faenas mineras del Potosí. En lugares tan prósperos era más fácil olvidarse de Dios. Sin embargo, los eventos naturales fueron perfilando un nuevo destino para estas tierras, Salta comenzaba a convertirse en un pueblo de fe, un pueblo de fe Cristocéntrica y Mariana, siendo hoy una marca registrada a nivel mundial. Su religiosidad atrae tanto como los paisajes naturales.

Con el correr de los años las fiestas del Milagro iban siendo modificadas por las necesidades, costumbres y normas eclesiásticas. La novena, parte esencial de los festejos, tal como la conocemos, data del año 1760, casi setenta años después del terremoto de 1692, escrita por el Pbro. Dr. Francisco Javier Fernández, con una fuerte fundamentación bíblica y la teología propia del Concilio de Trento y la influencia de la evangelización hispánica.  En Octubre de 1844 hubo otro sismo de gran magnitud y, además de sacar las imágenes en procesión, el padre Cayetano González exhortó a la población a realizar un pacto con el Señor y la Virgen del Milagro. Allí nació el Pacto de Fidelidad que se renueva año tras año. Es interesante ver como concibió un pacto con base bíblica, y no como un simple acto mágico ritual o de piedad ingenua. La clave del pacto es la alianza que hace Dios con el pueblo elegido, Dios es siempre fiel y el pueblo debe luchar para responder con la misma actitud de fidelidad, “Tú Dulce Jesús, serás siempre nuestro, y nosotros seremos siempre tuyos”.  Después de la celebración de la Misa en honor al Señor del Milagro y la procesión, el Pacto de Fidelidad del 15 de septiembre, marca la culminación  de las fiestas del Milagro. Todo se encamina para que el pueblo sienta, viva, entienda y crea que Dios está de su lado, y que ellos deben estar del lado de Dios.

Los detalles y rituales de estas fiestas fueron cambiando con el correr de los años. De una fiesta citadina, pasó a ser la fiesta de toda la provincia, lugar de peregrinación y referencia de pertenencia a la salteñidad. De tal manera, que no se puede entender la historia de esta tierra,  sin Güemes en su gesta libertaria, y sin el Señor y la Virgen del Milagro en la construcción de su fe.
Es destacable, en toda la historia de la fiesta, que transcurre entre luces y sombras, como toda realidad humana, que existe un elemento que perturba a la fe;  es el miedo. Hoy una fe edificada sobre el miedo al castigo divino es una construcción sobre arena. Allí está un desafío pastoral a un futuro no lejano, para no perder la esencia de la alianza entre un Dios fiel que ama a su pueblo y lo llama con lazos de ternura, a volver por el camino del bien.

El Milagro de Salta es una fiesta dinámica que crece y cambia. Eso le permite seguir sustentando la fe de varias generaciones. Una fiesta estática sería ritualidad vacía y angustiante. Cristo vino a liberarnos y por eso celebramos con alegría, el perdón y la paz. Este año 2020 de pandemia aprendimos que el mejor santuario para Jesús es nuestro propio corazón y el calor del hogar familiar, nuestra iglesia doméstica.

* El autor es Licenciado en Ciencias Religiosas

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