Abraham, un héroe muy humano

Por: Daniel Goldman

Emociona pensar que la imperfección de Abraham es la que lo hace patriarca.
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¿Qué aprendo al leer sobre la vida de Abraham en el libro de Génesis? Que era un héroe imperfecto. Así nos lo enseña, con la mejor de las intenciones, el relator bíblico.

Sus defectos son evidentes. Solo por nombrar algunos en una lectura inmediata: al enfrentarse a un rey poderoso, el Patriarca pretende hacer pasar a su esposa por su hermana. El miedo por no sobrevivir pudo más que la verdad.

Continuamos: cuando le es informado por los enviados de Dios que sería padre a una edad avanzada, socarronamente ríe y se burla, en vez de agradecer la regia noticia. Por último, en una historia un tanto confusa, estaba dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac por escuchar una voz desde algún recóndito lugar. ¡Se supone que ningún caballero de la fe (como lo denominó el filósofo Kierkegard) debería comportarse de esa manera!

Y, sin embargo, con todo ello, el Patriarca es admirado, emulado y amado. Percibo estos sentimientos como parte de una osadía rara y romántica a la vez. ¿No será que de allí surge el mensaje y la enseñanza de que debemos amar a los otros, imperfectos, como son?

Bajo la clave de la experiencia de esta lectura me es indispensable aseverar que las tradiciones Abrahámicas son creencias sustentadas en el amor. Cuando elijo leer esta historia de manera literal, me remito a acceder al hecho de que Abraham estaba lejos de ser perfecto. El patriarca era humano.

Y me emociona pensar que es precisamente esa imperfección la que lo hace humanamente patriarca.

Fíjense qué tierno. Debido a su admiración, los exégetas medioevales leyeron el libro desde otra perspectiva y trataron de morigerar sus defectos en el relato, porque el sistema interno de sus lógicas requiere que Abraham sea perfecto. Alegan que el suceso con el rey en realidad era un sabio plan para enseñar lecciones de carácter moral a los monarcas. Y que cuando se ríe por la noticia de su paternidad avanzada, ello era una expresión de alegría y no de cinismo e incredulidad. Y que cuando marcha a ofrendar a Isaac, él ya sabía que el sacrificio no sería consumado. Solo era una escenificación de carácter lúdico. Con cierta sentimentalidad, los intérpretes encuentran un justificativo para todo.

En Historia de la arrogancia, el pensador italiano Luigi Zoja sostiene que arrogante es quien se cree perfecto. Vivir es amar a los imperfectos. Si quisiera ampliar el concepto, en ese sentido también aprendo que nuestras tradiciones no son perfectas, ni unas mejores que otras. Las amamos porque son nuestras. Con sus imperfecciones. Amá a tu gente, “imperfectos como son”. Y –como me indicó Sergio, un querido amigo– qué bueno es hacernos amigos de nuestras propias imperfecciones. Calma mucho el espíritu y nos permite sanar.